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El valor de la afectividad

El amor estalla y, desde ese momento, no hay dudas. Es hermoso porque, aunque exclusivo y egoísta, también es capaz de grandes sacrificios. Arnaldo Pérez Wat.

09 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
El valor de la afectividad

Cada vez nos inclinamos más hacia la idea de que la causa de la mayoría de los desórdenes mentales y de los conflictos sociales es la falta de afectos que tuvo lugar en especial en la infancia.

Dejando el niño para otra ocasión, aclaremos que los afectos, como el amor, están condicionados por los caracteres culturales dominantes de las diferentes épocas y países y, desde luego, por predisposiciones del sujeto.

Hasta mediados del siglo pasado, el hombre era más propenso que la mujer a las pasiones del mando y la vida intelectual; el adolescente, a las aventuras, y el anciano, al orden meticuloso. No obstante, hay humoristas que se ríen de lo relativo del mando y afirman que algunos bebés nacen para mandar y/o gobernar y que los otros... son varones. Que la batalla de los sexos comienza cuando un hombre y una mujer se casan y son uno, y tratan de decidir cuál es ese uno. Que las mujeres son llamadas, además de "sexo débil", "sexo opuesto", porque nunca están de acuerdo con sus maridos.

Como se ve, casi siempre van a parar al matrimonio. Allí, podemos explicarlo de otra forma: el hombre propone y la mujer dispone; el marido propone y la suegra se opone; el soltero se opone y nadie se interpone. En cuanto a la superioridad del "sexo débil", hay que aclarar que ello obedece a la debilidad del sexo fuerte por el sexo débil.

El metejón. En lo tocante a las causas verdaderas del metejón, se nos queman los libros y respondemos con generalidades o con un círculo vicioso: es un trabajo psicológico, que se realiza en el sujeto de manera lenta y sorda. Un trabajo que lo fue preparando para sentir una brusca atracción, causada por una pasión inconsciente, en la que se mezclan las más diversas vivencias. El individuo queda predispuesto, como el combustible derramado que estalla a la menor chispa, y que puede ser cualquier detalle: una respuesta, un gesto, un mensaje de texto equivocado, etcétera.

Esa pasión se desarrolla confiscando la mayoría de las fuerzas espirituales y dominando de manera despótica la vida del enamorado. Pocas veces aparece como remedio otra pasión y se da un nuevo despertar, como si fuese un milagro. Por esto último, un padre, cuando su hijo se enamora perdidamente de una bataclana, para cambiarlo de mentalidad acude otorgándole cosas que antes le negó en forma rotunda: a estudiar pintura a Francia, dedicarse al boxeo, a la tauromaquia.

Existe en el amor una tendencia fija y obsesiva que desplaza todos los demás deseos, pero el enamorado siente que es lo mejor que pudo ocurrirle en la vida.

Crítica de la razón pura , de Immanuel Kant, es un esfuerzo gigantesco que aplasta muchas creencias anteriores. El más grande filósofo moderno coloca en la cúpula de esa construcción racional algo que corresponde a la imaginación: "La contemplación del cielo estrellado por encima de su cabeza, y el sentimiento del deber en el fondo de su corazón". Dicen que el gran pensador no conoció el amor, pero, sediento de algo estable, anhela que el alma se eleve y se sublime. En sus reflexiones, asoma la imaginación que es capaz de transfigurar al ser amado y otorgarle todas las cualidades.

Es que el amor triunfa, pese a los obstáculos de la razón. El amor estalla y, a partir de ese momento, no hay dudas. Es hermoso porque, aunque exclusivo, celoso y egoísta, también es capaz de grandes sacrificios. El enamorado suele hacer el ridículo, pero el hombre que no conoce el amor está en ridículo consigo mismo.