Temas del día:

Gestión pública. El retorno de la política cara a cara

La política, en tanto práctica de construcción colectiva, necesita de esos vínculos para volverse creíble. No se trata sólo de transmitir un mensaje, sino de encarnar una presencia.

13 de septiembre de 2025 a las 10:31 p. m.
Liliana Montero
El retorno de la política cara a cara
Gustavo Valdés, Juan Schiaretti y Maximiliano Pillaro; el armado de Provincias Unidas. (Gentileza).

Durante más de una década, se instaló la idea de que las redes sociales eran el gran escenario donde se definían las elecciones. Que un tuit ingenioso, un video viral o una campaña bien segmentada en Facebook podían inclinar la balanza de los comicios.

Y, en efecto, hubo un tiempo en que ese fenómeno fue real: las redes aparecieron como un espacio democratizador, capaz de disputar el monopolio de los medios tradicionales y de acercar a dirigentes y ciudadanos en un intercambio inmediato, reemplazando incluso el caminar la calle, el barrio, la ciudad.

Sin embargo, ese ciclo parece tener su límite. Hoy las redes sociales ya no cumplen el mismo papel como formadoras de opinión política.

Contacto directo

La saturación de información, la pérdida de credibilidad y la invasión de discursos de odio han erosionado su potencia como herramienta electoral. Y, paradójicamente, lo que vuelve a cobrar centralidad son las estructuras de los partidos, esas que se constituyen de personas de a pie, que se apoyan en el contacto directo, en el cuerpo a cuerpo y en el vínculo humano.

La ciudadanía está cansada. Cansada de tanto dato contradictorio, de fake news que circulan a la velocidad del rayo, de influencers que opinan de todo y de nada. Esa sobrecarga informativa ha producido un efecto inesperado: la gente dejó de tomar a las redes como fuente confiable de información política.

Hoy los usuarios se detienen en aquello que los divierte, los relaja o se viraliza como entretenimiento, pero no en un análisis serio de propuestas o programas de gobierno.

Las redes se volvieron un espacio de distracción, más que de deliberación. Y en todo caso lo que toma de la política en las redes es lo que tiene fuerza de sintetizar el mensaje, un jingle capaz de hablar en tres palabras del escándalo que erosionó la credibilidad de un gobierno.

La lógica de la pelea

A este desgaste se suma un problema aún más profundo: el avance del discurso del odio. En vez de fortalecer valores como la empatía, la solidaridad o el cuidado del otro, muchas plataformas amplifican la agresión, la polarización y el desprecio mutuo.

Allí donde alguna vez hubo expectativa de encuentro ciudadano, lo que predomina es la lógica de la pelea constante. La política, filtrada por ese tamiz, se transforma en un ring de insultos, muy lejos de las necesidades reales de la gente.

En este escenario, es imposible desconocer el peso de la realidad económica. Las medidas que ajustan jubilaciones, que recortan programas sociales, que encarecen alimentos o medicamentos y que golpean directamente el bolsillo de las familias tienen un impacto inmediato en la vida cotidiana.

Esa experiencia concreta —la heladera vacía, la tarifa impagable, la escuela que pierde recursos— también impacta en el humor social y, en consecuencia, en los resultados electorales. Factores como la falta de empleo, la precarización laboral o el deterioro de la salud pública se vuelven más decisivos que cualquier meme viral a la hora de definir un voto.

Confianza y sentido

Es en este contexto donde las estructuras partidarias y los gobiernos locales que son la puerta de ingreso de las demandas ciudadanas recuperan relevancia.

Allí donde las redes ya no generan confianza, el contacto humano vuelve a ser decisivo. Y aquí aparece un fundamento psicológico de peso: los seres humanos construimos confianza y sentido de pertenencia a través de la interacción presencial.

Mirar a los ojos, escuchar la voz en directo, percibir un gesto o un abrazo, activa mecanismos emocionales de seguridad y reconocimiento que ninguna pantalla puede reproducir.

La política, en tanto práctica de construcción colectiva, necesita de esos vínculos para volverse creíble. No se trata sólo de transmitir un mensaje, sino de encarnar una presencia.

El fenómeno se acentúa en momentos en el que las políticas públicas nacionales, lejos de ampliar derechos, tienden a recortar recursos a los sectores más vulnerables: las personas mayores, las infancias, los discapacitados.

Frente a ese panorama, el votante no busca un like ni un retuit: busca alguien que esté allí, que entienda su realidad, que no se esconda detrás de una pantalla sino que dé la cara en la calle.

Un apretón de manos

Las redes seguirán existiendo y tendrán su cuota de influencia, sobre todo como amplificadoras de mensajes. Pero la ilusión de que allí se decide todo empieza a estar agotada.

Las campañas que se reclinan exclusivamente sobre el marketing digital ya no alcanzan. El resultado electoral depende, cada vez más, de quien logra tejer presencia real, construir cercanía y sostener la trama de vínculos que hacen posible la política.

En definitiva, estamos asistiendo a un giro interesante: después de años en que la virtualidad parecía desplazarlo todo, la política nos recuerda que sigue siendo, ante todo, un acto humano. Y que, al final del día, no hay algoritmo que pueda reemplazar un apretón de manos, un abrazo sincero o la certeza de ser escuchado.

Ministra de Desarrollo Humano de Córdoba y candidata a Diputada Nacional por Provincias Unidas.