El próximo gobierno tendrá que ser de coalición
La Argentina tiene poca cultura de gobiernos en coalición, como sí la tienen en el ámbito regional Chile, Brasil y Uruguay: los tres países son gobernados por coaliciones.
A 12 meses de las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso), a 14 de las elecciones y a 16 del fin del mandato de Cristina Fernández (foto), cuatro alternativas políticas surgen en las encuestas. Ninguna de ellas es dominante –por encima del 40 por ciento– ni ninguna está por debajo del 15 por ciento –en el caso del FAU-Unen sumando todos sus candidatos–; por ende, ninguna es descartable como próximo gobierno. Todo puede cambiar en ese lapso, dado la crítica situación económica y social que hoy vive Argentina y que probablemente se agravará en los próximos meses.Además, las elecciones presidenciales recientes en Sudamérica –la ya realizada en Colombia y las que en octubre tendrán lugar en Brasil y Uruguay– mostraron o vienen mostrando fuerte volatilidad. Sólo la de Bolivia, el mismo mes, muestra una tendencia consistente hacia una nueva reelección de Evo Morales.La cuestión es que el gobierno argentino que asuma en 2015 probablemente tendrá que gobernar en coalición, pues la conformación del Congreso será la consecuencia de la relación de fuerzas de la primera vuelta, en la que el voto estará más disperso. Además, al renovarse sólo un tercio del Senado y la mitad de la Cámara de Diputados, el oficialismo puede quedar con una fuerza importante, sobre todo si quien gana no es justicialista.
Cuestión cultural
La Argentina tiene poca cultura de gobiernos en coalición, como sí la tienen en el ámbito regional Chile, Brasil y Uruguay: los tres países son gobernados por coaliciones de centroizquierda integradas por diversos partidos.
En nuestro país, no hay experiencias nacionales de coaliciones políticas exitosas en el gobierno. Hay que remontarse a la década de 1930, cuando la Concordancia, articulada por Agustín P. Justo, reunió a demócratas (conservadores), radicales antipersonalistas y socialistas independientes.
En la política argentina contemporánea, hay una experiencia provincial de coalición gobernante exitosa, que es la “Alianza por Santa Fe”: reúne a socialistas, radicales, la Coalición Cívica y la Democracia Progresista y ha gobernado la provincia durante casi siete años y Rosario durante casi dos décadas.
Si bien es una experiencia exitosa, la política nacional no la quiere registrar demasiado. No obstante, su matriz está detrás de FAU-Unen, que compite en esta elección presidencial.
El problema es que el último intento nacional de coalición gobernante fue la Alianza constituida en 1997 por el radicalismo y el Frepaso, que ganó la elección legislativa de ese año y la presidencial de 1999. Su breve gobierno de dos años terminó en un gran fracaso, que fue la crisis de 2001-2002.
Ello ha dejado la percepción en la política argentina de que no se puede gobernar en coalición. Frente a ello, el peronismo viene apareciendo como la alternativa de gobierno casi inevitable.
El peronismo
Desde que surge en la política argentina en 1946, ninguno de los cuatro presidentes no peronistas elegidos (Arturo Frondizi, Arturo Illia, Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa) logró terminar su mandato, por diversas causas. En cambio, el peronismo ha terminado cinco: el primer gobierno de Perón, los dos de Menem después y los recientes del matrimonio Kirchner.
Hay una clave para comprender este fracaso del no peronismo: su incapacidad de compartir el poder con la oposición.
Supongamos que en la universidad de Harvard un profesor plantea a sus alumnos un caso: en un país X (Argentina) gana las elecciones una coalición; pero la oposición tiene mayoría en ambas cámaras del Congreso (se trata de un país federal); el 80 por ciento de la población vive bajo gobiernos provinciales del partido opositor a dicha coalición; la “maquina electoral” –en nuestro caso, el Gran Buenos Aires– está controlada por esa misma fuerza que ha quedado en la oposición y en tal país X, donde el sindicalismo es una fuerza poderosa, este decisivo actor social también está controlado por el partido opositor. Pero resulta que la coalición gobernante no le da ni un subsecretario a ese partido opositor, que controla todos los niveles del poder político.
El profesor pregunta: ¿cuánto dura ese gobierno? La respuesta de los alumnos de Harvard será “sólo unos meses”, dado que sin asociar el partido opositor al poder no se podrá gobernar.
En el hipotético caso –hoy poco probable– de que el kirchnerismo ganara la elección, también necesitaría de una coalición. Renueva la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado, electos en 2011, cuando obtuvo el 54 por ciento de los votos.
Si ganara, lo haría en segunda vuelta, y las bancas que obtendría serían, por ejemplo, por el 30 por ciento de la primera vuelta, con lo cual perdería la mayoría que hoy tiene.
La jefa del gobierno alemán, Angela Merkel, tiene 70 por ciento de popularidad en su país, pese a que la economía en los últimos meses no ha crecido. Ella encabeza una “gran coalición” de su partido: el Demócrata Cristiano, que es de centroderecha, y el Socialdemócrata, de centroizquierda.
Es un buen ejemplo de un líder político contemporáneo capaz de generar una coalición. En cambio, Barack Obama, en los Estados Unidos, ha fracasado en tender puentes con la oposición republicana y su popularidad es una de las más bajas de un presidente norteamericano al promediar un segundo mandato.
En conclusión, el gran desafío político del próximo presidente argentino será tener la capacidad y la habilidad de saber gobernar en coalición. Las experiencias históricas, como los modelos contemporáneos, son buenos antecedentes para comenzar a discutir sobre el tema.
*Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

