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El primer día del tercer siglo

El tercer siglo ya empezó, está en marcha. Héctor Ghiretti.

09 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Héctor Ghiretti (Investigador del Conicet, Universidad Nacional de Cuyo)
El primer día del tercer siglo

No voy a entrar en la discusión sobre si la Nación Argentina se fundó en 1810 ó 1816. El 25 de Mayo fue una fecha fundamental en el proceso de formación de una conciencia política independiente y es razonable pensar que el inicio de nuestra vida como país tuvo lugar entonces. Prefiero pensar en este período de seis años, es decir, hasta 2016, como un tiempo fecundo de reflexión que nos puede servir para encontrar nuestro camino y nuestra misión en el mundo.

¿Por qué? Para muchas culturas, entre las que se encuentra la nuestra, el 10 es un número de connotaciones especiales, incluso sagradas. Diez son los dedos de nuestra mano; 10 son los mandamientos (el número tiene muchas apariciones bíblicas); 10 es para los antiguos pitagóricos símbolo de plenitud y de totalidad y también para los más difundidos sistemas de calificaciones académicas. El pensamiento está fundado en un sistema decimal. El número 100 equivale al cuadrado de 10: el número de plenitud multiplicado por sí mismo. Un centenario en la vida de los pueblos es una inconfundible ocasión de festejo: se celebra la supervivencia, la continuidad en el tiempo como comunidad organizada, algo que en sí mismo es un logro.

Y es motivo de reflexión: es un momento propicio para volver con el pensamiento y la memoria sobre el pasado, sobre las realizaciones y los cambios, las tragedias colectivas, las alegrías, los avances y los retrocesos. También para proyectarse al futuro.

Con sus conflictos, contradicciones e indefiniciones, los sucesos de 1810 responden a un proyecto inicial, amenazado y precario, a una pura potencialidad, a una aventura política de altísimo riesgo, pero que se lleva a cabo con sorprendente resolución.

Voluntad y razón. Si en aquel mayo primigenio prevalece la voluntad, 100 años después, en 1910, impera la razón. Con el influjo de las ideologías progresistas, el proyecto se trueca en destino manifiesto, en una seguridad científica, casi física, en nuestro futuro de grandeza. Parece la realización del proyecto, el camino definitivo.

Pero durante el segundo siglo argentino, algo se quiebra. Algo que se creía fuerte y sólido, pero que está aquejado de una debilidad estructural. Las certezas de 1910 van diluyéndose, no duran más que unas pocas décadas. El desarrollismo es el último gran proyecto nacional que se propone el desarrollo integral del país. Sucumbe, apenas superado el siglo y medio, ante la inestabilidad política y el despertar monstruosos de nuevas luchas.

Los gobiernos que se han sucedido desde entonces sólo han intentado pálidas y vacilantes reposiciones de viejos proyectos: obsoletos, claudicantes, derrotados de antemano.

Proyecto y voluntad política. El segundo centenario nos encuentra desprovistos de proyecto y, por tanto, de voluntad. Despojados de certezas y de razón. Nuestra existencia hasta el próximo centenario no está de ningún modo asegurada: miles de pueblos yacen sepultados en las arenas de la historia, víctimas de sus propios errores y de su incapacidad para mantenerse vivos.

En un mundo cambiante, sujeto a transformaciones aceleradas, probablemente aparezcan grandes oportunidades, pero también serios peligros. Por eso, no podemos desaprovechar las oportunidades, para poder enfrentar con éxito los peligros.

El tercer siglo ya empezó, está en marcha. Necesitamos una combinación de razón y voluntad para que 2110 nos encuentre de nuevo lanzados hacia el futuro. Como en 1810, como en 1910. La tarea empieza hoy.