El poeta y el pueblo
Quien da de beber al sediento, alimenta su propio espíritu. Quien se detiene a hablar con el mendigo, conforta su alma. Dichoso aquel poeta que puede asistir al alma en soledad.
El poeta arranca de la calle o desde un campo que nos hace evocar la belleza de una beldad en el valle o en el interior de un espíritu sensible. La mitad de los desastres del mundo se deben a los malos sentimientos. La otra mitad, a la ignorancia que nos embota con la percepción de lo mediocre.
Los individuos se van acondicionando a responder sólo a determinados estímulos y se tornan en conciencias insensibles para apreciar la poesía y el arte. En las ferias de libros, los volúmenes con la voz del poeta van enmudeciendo. Ediciones El Copista, entre otras raras excepciones, siempre reservaba un porcentaje de sus libros para los poemas.
Su creador, Eduardo Roqué Garzón, fallecido en marzo de 2010, ganó tres años consecutivos el premio al mejor libro impreso, y no era precisamente el dueño de un gran emporio. Curiosamente, quizá nunca ha habido en el país más escritores de poesías que en este momento, pero sus ediciones son más limitadas, y a veces en folletos de distintos centros culturales.
El periodista Guillermo Rodríguez, fallecido recientemente, escribió unos 25 libros, varios de ellos con poemas. Sin embargo, la mayoría de los lectores sólo lo conoce por su meritorio desempeño en los medios. Nos colocamos en el alma –o por lo menos en el lugar– de aquel poeta que sabe que tiene algo inédito que decir y que deambula de editorial en editorial sin poder hacerse oír.
Tendría que existir una tumba o monumento al genio desconocido, cuya obra hemos anulado o estamos sepultando, porque la vida transcurre obedeciendo a los caprichos de una turbia conciencia que maneja la opinión y que tiene en sus manos la facultad de eludir la verdad si se lo considera redituable.
Nos colocamos, también, en la mente de Friedrich Nietzsche, que, como todo grande, sabe que lo que expone es original y que tiene que suplicar a sus contemporáneos que presten atención a sus libros, algunos de los cuales, en aquella época, sólo fueron leídos por cuatro o cinco filósofos. Sin embargo, el mismo Nietzsche, en El eterno retorno , dice: "Consuelo a los principiantes: El niño llora y llora/ ¿Podrá algún día andar?/ No temáis, algún día ya lo veréis bailar/ y cuando en pie se tenga/ dará el salto mortal".
Por suerte, siempre se da la retroalimentación; siempre hay poetas que hablan al pueblo y sienten una alegría interior cuando prestan ayuda. Porque la fuente de la virtud es inagotable cuando las acciones se inclinan a saciar las ansias de amor del prójimo. Quien da de beber al sediento, alimenta su propio espíritu. Quien se detiene a hablar con el mendigo, conforta su alma. Dichoso aquel poeta que con su pluma puede asistir al alma en soledad.
Walt Whitman dice que “todas las verdades están esperándonos en todas las cosas... prestas a desplegarse más fragantes que las rosas en sus ramos vivos, siempre que las contemplemos con su sol primaveral. Pero ese sol debe arder en uno mismo y ha de ser el amor”.
Decididamente, el joven no puede renunciar a su destino frente al prójimo. Aunque la sequía espiritual se vea prolongada, porque los relámpagos de la mediocridad proyectan su luz al vacío sin esperanza de lluvia, siempre será posible que el poeta inquieto encuentre en sus caminatas nocturnas las estrellas de la belleza, anunciando que el numen creador tiene, en la fuente reconfortante del arte, el alimento necesario para no bajar los brazos en su misión de elevar la sensibilidad de los pueblos.
*Periodista.

