El peronismo ayer, hoy y siempre
En su última etapa, Perón creyó que podía encauzar los conflictos reconstruyendo con su autoridad un Estado resquebrajado. Fracasó de forma estruendosa y murió apenado.
En octubre, el peronismo cumple años. El 8 de octubre de 1895, hace 119 años, nació Juan Domingo Perón; el 17 de octubre de 1945, hace 69 años, se fundó el movimiento. Sobre el lugar de Perón en la historia, parece haber hoy un cierto acuerdo: las pasiones se enfriaron, los antiperonistas lo odian menos, los peronistas lo invocan menos y un número adecuado de calles y plazas con su nombre lo ubican entre los protagonistas del pasado.En cambio, cabe preguntarse qué queda hoy del peronismo. Para algunos, el peronismo murió y lo que sobrevive con su nombre son sólo fragmentos desarticulados, últimos vestigios de lo que supo ser un movimiento transformador.Para otros, está vivo y gobernando, y encuentran, más allá de sus cambios, un patrón permanente de hacer política, muy eficaz para ganar y conservar el poder.Para los historiadores, continuidad y cambio pueden ser dos facetas de una sola cosa, que permanece porque se transforma.
Cambio radical
El primer peronismo tuvo una característica definida e irrepetible, con la que imprimió un cambio radical en la Argentina.
El Estado regularizó la conflictividad laboral y dio a los sindicatos un lugar de privilegio que nunca perdieron. La redistribución de la riqueza generalizó el bienestar, se aceleró la movilidad y la sociedad se democratizó, en sus valores y en sus prácticas.
El gobierno tuvo plena legitimidad democrática, que ejerció de manera autoritaria, primero, y dictatorial, después, y consolidó una conflictividad facciosa que nunca fue reabsorbida del todo.
Perón cayó cuando su modelo comenzaba a perder sustentabilidad. El recuerdo de aquellos años felices y la ilusión del retorno del líder exiliado permitieron al peronismo sobrevivir 18 años en el llano.
Símbolo y fracaso
La proscripción le posibilitó conservar su imagen de movimiento mayoritario, sin pasar por la confrontación en las urnas. Perón fue el faro y el símbolo unificador de un movimiento que en esos años cambió mucho.
Sin los beneficios del poder, se organizó en torno de los sindicatos, que sobrevivieron a varios embates, y de políticos de provincias que conformaron distintos neoperonismos. Pero, además, se renovó de forma sustancial con la peronización de sectores juveniles variados, que querían fundirse con el pueblo verdadero.
Uno de sus emergentes fueron las organizaciones armadas, como Montoneros, que expresaron la voz de una sociedad crecientemente conflictiva y contestataria.
Esta segunda etapa del peronismo culminó con el retorno de Perón en 1972, reconocido por amigos y enemigos, y con un espíritu conciliador que entusiasmó a los no peronistas. Los peronistas le reclamaron algo más: el socialismo nacional o, más modestamente, la vuelta a la bonanza inicial.
Perón creyó que podía encauzar los conflictos reconstruyendo con su autoridad un Estado resquebrajado. Fracasó de forma estruendosa y murió apenado, mientras su movimiento conducía al país al cataclismo de 1976.
Así se cerró el ciclo de 30 años del peronismo con Perón y comenzó otro, que ya lleva cuatro décadas, de un peronismo sin líder natural, denominado justicialismo.
La reinvención
Los años de la dictadura fueron tan malos para ellos como para cualquier otra fuerza política. Las novedades vinieron en 1983, con la democracia constitucional y republicana, que de manera paradójica se construyó en un contexto de crisis y polarización social, iniciado a mediados de los años 1970 y continuado, con algunas treguas, hasta nuestros días. En ese contexto, el peronismo se reinventó.
La derrota electoral de 1983 fue muy importante para la renovación. En 1987, el peronismo reconquistó una porción sustancial del poder, que conserva hasta hoy, con algunos altibajos menores. En estos 30 años de democracia, cambió dos veces su liderazgo, de manera relativamente pacífica, con Carlos Menem y con los Kirchner.
Sus dos prolongados gobiernos tuvieron muchas diferencias, pero muchas más similitudes. Suele señalarse, con razón, que el primero estuvo signado por el neoliberalismo y el segundo, por el estatismo populista.
Podría agregarse que ambos líderes supieron captar el espíritu de sus respectivas décadas e interpretarlo con similar sobreactuación, a la que los Kirchner agregaron una preocupación por la dimensión discursiva y el viejo faccionalismo que Menem no necesitó desarrollar.
Ambos tuvieron una forma similar de ejercer el gobierno, desmontando de manera sistemática las instituciones republicanas para concentrar en el Ejecutivo nacional los recursos y las facultades decisorias.
Ambos utilizaron su poder para favorecer a grupos prebendarios, con lo que exacerbaron una práctica tradicional. Con una diferencia significativa: mientras Menem facilitó la acción de los ya constituidos, Kirchner organizó su propio grupo y generó su propia camada de nuevos ricos, encabezada por la pareja presidencial.
El aparato
La transformación más importante en estas tres décadas residió en el modo de hacer política y de acumular poder.
El peronismo desarrolló una organización territorial adecuada para la nueva política democrática, en la que el objetivo es acumular sufragios, y sobre todo para la nueva sociedad, con menos trabajadores sindicalizados y muchos más pobres necesitados de la ayuda del gobierno.
Sobre esa base, construyó un aparato político casi imbatible, cuyos únicos puntos débiles están en aquellos distritos donde la polarización social fue menor.
Este nuevo peronismo –que ya no recuerda ni las tres banderas, ni las 20 verdades, ni la marchita– atrajo a las nuevas camadas de jóvenes que se incorporaron a la política sin haber pasado por la militancia y la mística.
La practican como una profesión y eligen el espacio donde las carreras son más rápidas y más rentables y donde los controles éticos o penales son menores.
Con esta nueva estructura, el peronismo pudo dejar de lado tradiciones, principios y banderas, y seguir funcionando como una máquina política admirable.
Muchos dicen que esto no es peronismo. Pero, en verdad, todas las fuerzas políticas han cambiado mucho, en sus principios y en sus prácticas. Ni los radicales, ni los socialistas, ni los comunistas son los de antes.
Por ahora, el peronismo sigue siendo el mejor camino para quienes quieren llegar al poder, y bien puede decirse que esta es su esencia. Sólo otro período en el llano podría poner a prueba esta receta.

