El paso de las mujeres en marcha
Las mujeres siguen enfrentando obstáculos para ejercer en plenitud su condición. Entonces, para seguir derribando muros, es posible que haya que seguir sus pasos en la marcha.
Sin un estado de conciencia capaz de irradiar convicciones, no hay manera de modificar estructuras culturales, sociales, institucionales que se han mantenido casi inconmovibles durante siglos.
El 8 de marzo que acaba de pasar –fecha que en los comienzos del siglo 20 empezó a encauzar el incipiente río al que fueron a dar, millones de lágrimas después, las primeras mujeres que se atrevieron a mirar a los ojos a la sociedad ajustada al poder y a los deseos del varón– se convirtió en el disparador de una acción internacional.
En medio centenar de países, mujeres convocaron a sus compañeras de género a un paro y a marchas en reclamo de igualdad de derechos, de oportunidades, de reconocimiento y de otras igualdades impostergables, y contra la violencia machista que padecen a diario, al punto de la muerte y del espanto.
Los habitantes de este tiempo y de las décadas que nos precedieron asistimos a una de las mayores revoluciones que ha vivido la humanidad: el ascenso de la mujer a la escena pública y su creciente protagonismo en las decisiones que hacen al destino colectivo.
Estas mujeres en marcha, que en las calles argentinas volvieron a poner sus pies después de las movilizaciones con la consigna #NiUnaMenos, están cargando el ánimo de este tiempo.
Estado de conciencia
Más allá de algún episodio de provocación en uno y otro sentido, de los argumentos laterales que intentan sumarse a los centrales, estas manifestaciones representan ese estado de conciencia necesario para modificar las cosas y conducir hacia una sociedad más justa, al menos entre géneros.
Al día siguiente, se conoció la decisión del Tribunal Superior de Justicia de la Provincia de calificar como femicidio el tremendo asesinato de Paola Acosta, ocurrido en septiembre de 2014 y juzgado en octubre de 2015.
El Tribunal Superior de Justicia de la Provincia desestimó la consideración de que Paola no haya tenido una actitud de sumisión, como apuntó el fallo anterior, y enfocó su criterio en la relación desigual.
En octubre de 2015, en esta columna señalábamos: “Debajo de ese manto cultural que naturaliza a la violencia de género, hay que rescatar y preservar a las mujeres reales de ese concepto que les quita entidad y las vuelve constantemente un blanco, sean o no sumisas”.
Es posible que la repetición de femicidios esté expresando, entre otras cosas, una revulsiva reacción ante algunas dificultades de asumir y de comprender la facultad de vivir y de decidir sobre sus vidas de un modo independiente, que las mujeres han venido afirmando.
Las mujeres siguen enfrentando obstáculos para ejercer en plenitud su condición. Entonces, para seguir derribando muros, es posible que haya que seguir sus pasos en la marcha.

