El mundo que nos mira
Ese otro mundo que está tratando de encontrar caminos para acomodarse sin la tutela total de Estados Unidos quizá sea un espejo en el que mirarse.
El otro nos define; acaso nos da entidad, nos dice de nosotros muchas veces más de lo que sabemos de nosotros mismos, sobre todo cuando andamos a tientas en el desafío de ser uno o de ser nosotros. Sí, el otro siempre es el espejo en el que nos miramos. Pero ni uno es el mismo en todos los casos, ni los espejos son iguales. Cuando se trata de ser argentinos, a tantos suele inquietarles poco cómo nos vemos entre nosotros, y mucho, en cambio, cómo nos presentamos ante los ojos de afuera. Esta vieja historia de que nos preocupa tanto cómo nos ven vino con nuestra propia parición como entidad independiente. Pero no es por una cuestión de fragilidad psicológica, sino que más bien tiene que ver con los intereses de quienes nos miran y de los que aquí deciden por quiénes debemos ser bien mirados. De tanto en tanto, queda revelado cuál ha sido nuestro derrotero cuando aparecen miradas que recuerdan, cargadas de desencanto de hoy, lo bello que nos veíamos ayer. Como pasó hace unos meses con un artículo de la publicación inglesa The Economist , que añoraba los glamorosos días de principios del siglo 20 en los que éramos su colonia económica. Allá ellos cómo quieran mirarnos o dejar de hacerlo; el mayor problema es cuando asumimos la mirada de otros para vernos a nosotros mismos. Entonces, repetimos que aquella Argentina agroexportadora fue un lecho de rosas, aunque sólo la disfrutaran unos pocos aliados al capital inglés y la inmensa mayoría de la población se las veía con la miseria, excluida del sistema. Algo así sucede con la recurrente preocupación por “la imagen argentina en el exterior”. Es tan evidente la trampa que, en fin, casi que huelga hablar sobre ella: nunca nos vieron ni tan lindos ni tan blancos como cuando en la década de 1990 entregamos nuestro patrimonio más esencial y renunciamos a nuestros intereses para ponerlos al servicio de la prosperidad de unos pocos. Éramos el milagro argentino. Claro, cuando empezamos a pensar y a hacer por nosotros mismos, nos empiezan a ver feos. Cuando se habla de la imagen argentina en el exterior, lo que importa es cómo nos miran Europa y, sobre todo, Estados Unidos. Es el efecto de vieja prédica, oligárquica primero y luego neoliberal, que nos ha dicho que ese es el mundo que interesa. Por eso es tan repetido el mensaje de “nos aislamos del mundo” con el que se insiste cuando tomamos decisiones que no encajan con la sumisión que se exige de nosotros. En estos días, Argentina ha sido protagonista de un hecho trascendente para el planeta, al conseguir apoyo de las Naciones Unidas al proyecto para establecer un marco legal internacional a las reestructuraciones de las deudas soberanas de los países (antes recibió el respaldo del G-77 más China). Esto quiere decir que nuestra disputa con los fondos buitre ha sido asumida como el emergente de un asunto medular de todas las naciones. Es decir, estas condiciones de atropello con las que se manejan poderes financieros son destructivas para los pueblos. Fueron 124 países los que apoyaron la iniciativa (no estamos solos); hubo 41 abstenciones y 11 votos en contra, entre estos últimos estaban los de Estados Unidos, Japón, Alemania y otros señores de Occidente, esos que para algunos argentinos son “el mundo”. Ese otro mundo que está tratando de encontrar caminos para acomodarse sin la tutela total de Estados Unidos quizá sea un espejo en el que mirarse. Mientras tanto, en la política argentina, directamente aludida por esta gran discusión, hay muchos que sólo riegan su quinta y piensan en pequeño.

