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El Mundial, Kant y Einstein

La emocionalidad que genera el fútbol despierta energías que podrían producir maravillas en la convivencia y la construcción social de todos los días. Eugenio Gimeno Balaguer.

03 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Eugenio Gimeno Balaguer (Profesor universitario)
El Mundial, Kant y Einstein

Tanto en la cancha como en lo cotidiano, se puede ser colaborador o competidor, compartir los mismos puntos de vista o tenerlos distintos, pero lo que "conecta" es un compromiso común, en la cancha o en la vida; un compromiso con aquello para lo que uno siente que está.

Los valores compartidos vinculan. El poder de los grupos está en el trabajo de las personas y equipos creativos que estimulan a crear la alquimia de la sinergia -pregúntenselo a Lionel Messi-, porque las energías creativas generan la necesidad en el resto de funcionar al más alto nivel, para mantenerse al mismo ritmo que sus iguales. Esto lleva a establecer un compromiso por la excelencia, trabajando en equipo, oponiéndonos y sincronizando entre todos, desafiándonos mutuamente.

Los equipos creativos son heterogéneos, personas con habilidades diferentes y complementarias; dinámicos, porque encuentran la forma de usar sus diferencias y energías; bien definidos, a diferencia de un comité, que hace un trabajo rutinario, sus miembros son intercambiables por otras personas y, a veces, representan intereses muy específicos.

Fanáticos. Los equipos deportivos hacen que los fans se sientan parte de una enorme y poderosa organización; esto es cierto cuando los equipos ganan. Los fans están orgullosos de ser seguidores de equipos victoriosos, porque creen que de algún modo esa victoria les pertenece.

Las distintas propensiones a los comportamientos se manifiestan con entusiasmo con posterioridad a que el equipo gana una competencia. Y esto va desde la vestimenta hasta la forma de hablar y relacionarse. Surge el "nosotros" cuando alguien se refieren a la victoria, como también surge el "ellos" cuando se pierde.

Los que, por ejemplo festejan una victoria, tienen poco o nada que ver con la gloria alcanzada. En esas ocasiones, el comportamiento se convierte en un fenómeno de masas, en el que las personas pierden sus inhibiciones en el anonimato y, a veces, realizan acciones buenas y malas que en otras ocasiones no realizarían.

Ciudadanos fanáticos. Necesitamos formar grupos humanos que sean distintos de los grupos de fans ; en los que las personas sean más ellas, tengan una conciencia de mayor identidad dentro de la multitud; diferenciarnos de la alegría o la tristeza pasajera, según sea el resultado. Necesitamos generar inteligencia social a partir de las inteligencias individuales, como en el fútbol.

Habría que rescatar algo muy valioso de este fenómeno: la emocionalidad que genera fuerza y actitud positiva, despierta energías que podrían producir maravillas en la mejora de la convivencia y la construcción social.

Immanuel Kant, filósofo del siglo XVIII, sostenía que cada generación, provista de los conocimientos ya descubiertos e incorporados, podría prolongar, por sí sola, una educación que desarrolle todas las facultades de las personas y así conducir a la especie humana hacia el imperio de la Justicia y la equidad.

Albert Einstein, nacido casi tres cuartos de siglo después de que Kant murió, estaba obsesionado por las ideas que le dieron la fama y se imponía a sí mismo entrevistar a poetas para aprender más sobre la intuición y la imaginación, a las que daba un rol fundamental en el desarrollo de la inteligencia.

Del Mundial, Kant y Einstein, podemos recoger la unión de las personas en finalidades compartidas. Kant, ¿era un inocente? Einstein, ¿no conocía el fútbol? El desafío continúa: ¿cómo hacer para encauzar esa fuerza emocional bien orientada a la vida de cada día?