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El mito del “fin de ciclo”

La única señal de una posible extinción del poder kirchnerista fue la decisión del juez Ariel Lijo respecto del vicepresidente Amado Boudou.

14 de junio de 2014 a las 12:01 a. m.
El mito del “fin de ciclo”

"El fin de ciclo" es, en buena medida, un mito; la certeza falsa que la oposición repite como un mantra, con la esperanza de que se vuelva realidad. Sencillamente, el poder kirchnerista es de una naturaleza tal que no puede acabar por una derrota electoral. Su existencia y poder están ligados a las capas de sedimento establecidas en la estructura del Estado, en universidades públicas y privadas, en empresas públicas y privadas, en un vasto aparato mediático y una legión de organizaciones que también están sostenidas de manera directa o indirecta desde las arcas públicas. En ese inmenso espacio, muchos puestos, cargos y ascensos dependieron durante estos años de la adhesión al liderazgo y de los servicios cumplidos en las batallas que este libra. Más sutil que el carné de afiliación que exigía un peronismo remoto, pero en esencia lo mismo.Retirarse del gobierno con tanto poder económico y mediático no es precisamente un "fin de ciclo". Por eso el Gobierno prepara la cueva donde invernará un aparato de dirigentes y de militantes cuyo entusiasmo seguirá contando con buenos alicientes.Gobernadores, intendentes y empresarios con vulnerabilidades económicas que los conviertan en necesitados de favores oficiales cederán espacios (con sueldos, honorarios y contratos) para que permanezca latente esa maquinaria que, cuatro años más tarde, volverá a brotar en el tronco central del Estado y en sus ramas más vigorosas. De cara al futuro Mientras su estructura inverne, el kirchnerismo tendrá, en el rol de oposición, igual o más poder de fuego que quien ocupe el gobierno. Al menos el suficiente para desangrar esa gestión, de modo tal que la elección de 2019 permita el retorno triunfal de Cristina a la presidencia de la Nación. Planteado en términos electorales, el "fin de ciclo" es más imaginario que real, porque se limita a la gestión gubernamental sin contemplar el poder estructural. Por eso no son los vaticinios de la oposición los que permiten vislumbrar el futuro. La única señal de una posible extinción del poder kirchnerista fue la decisión del juez Ariel Lijo respecto del vicepresidente Amado Boudou.Hay estamentos judiciales que siempre constituyen los mejores puntos de observación de lo que vendrá. Cuando se trata de decisiones cruciales para el poder, el tiempo que se toman ciertos magistrados puede no tener que ver con las pruebas que requieren las certezas jurídicas, sino con el lapso que se necesita para tener certeza sobre la dirección que tomarán los vientos del futuro.Teniendo claro que una eventual culpabilidad del vicepresidente va mucho más allá del propio Boudou, es posible suponer que, para bajar el pulgar, el juez no sólo debió tener un alto nivel de certeza respecto de la responsabilidad del mandatario sino, sobre todo, una certeza casi total de que en los próximos años el viento político soplará en dirección contraria al kirchnerismo.Desde su punto de observación, Lijo podría estar viendo lo que no es posible ver desde otros puntos. Otros casos En el caso Bou-dou, hay similitudes y diferencias con históricos escándalos judiciales que terminaron derribando a dos vicepresidentes: el norteamericano Spiro Agnew y el español Narcís Serra. La similitud con el juicio que dejó a Richard Nixon sin vicepresidente, en 1973, es que a Spiro Agnew buena parte del Partido Republicano lo consideraba un arribista ajeno a los valores del conservadurismo norteamericano.Muchos le cuestionaban que hasta se hubiera cambiado el nombre para ganar competitividad en un electorado reacio a la inmigración. Su verdadero apellido era Anagnostopoulos.Otros republicanos le cuestionaban haber pasado su juventud cerca del Partido Demócrata, en el que su padre era un destacado dirigente.El pasado neoliberal y ucedeísta de Boudou, además de su vertiginoso ascenso dentro del kirchnerismo, siempre generó resquemores y sospechas en el peronismo nativo.La diferencia es que el proceso que hizo caer a Spiro Agnew fue por un caso anterior al gobierno del que era vicepresidente. Lo acusaron de haber cobrado sobornos cuando era gobernador de Maryland; o sea, no tocaba en absoluto a Nixon, quien terminó cayendo dos años más tarde por el caso Watergate.En cambio, si Boudou fuera hallado culpable, pondría bajo sospecha al fallecido expresidente y a su esposa. Es inconcebible que maniobrara para adueñarse de Ciccone Calcográfica sin el aval (o la orden) de Néstor Kirchner. Nadie se aventuraría por sí mismo en un intento de apropiación de la imprenta que puede fabricar billetes.El otro caso que muestra similitudes y diferencias con las tribulaciones de Boudou es el español. Narcís Serra era el vicepresidente de Felipe González y debió dejar el cargo en 1995, por el espionaje del servicio de inteligencia de ese país que llegó, incluso, al mismísimo rey Juan Carlos.La similitud es que el escándalo por el que fue procesado el socialista catalán dejó la sensación de que tenía como máximo responsable a Felipe González. Parecía imposible que semejante actividad ocurriera a espaldas de aquel carismático presidente.La diferencia es que Serra dejó la vicepresidencia para salvar a "Felipillo" y al gobierno del Partido Socialista Obrero Español (Psoe), mientras que el vice argentino parece decidido a arrastrar consigo al Gobierno hacia el abismo judicial que podría implicar este proceso.Hay otra diferencia: Narcís Serra es un estupendo pianista, mientras que Boudou no exhibe precisamente virtuosismo cuando sube a los escenarios donde toca La Mancha de Rolando.