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El mensaje de la encrucijada argentina

La mayoría de los países del mundo entendió que nadie más debe ­pasar por la encrucijada argentina frente a la deuda ­externa.

13 de septiembre de 2015 a las 12:01 a. m.
El mensaje de la encrucijada argentina

L a fuerza se abre camino por sí misma y, a veces, para justificarse monta simulacros de razón. La razón, sin la fuerza, no tiene más amuletos posibles que la claridad de sus conceptos y la tenacidad para persistir. Los argentinos sabemos bien que la deuda externa no es un asunto que habita en una suprarrealidad, sino que tiene existencia contante y sonante en la vida de cada uno de nosotros. Fue la piedra que la dictadura militar nos dejó colgada al cuello. Una vez recuperada la democracia, fuimos un país tembloroso para tomar decisiones, sometido al poder financiero internacional y sus recetas para ahogar el destino de los pueblos. Esa fabulosa deuda no fue por un dinero que vino a situarnos en un estado de cosas mejor, sino que fue parida por la especulación, por la corrupción y, Domingo Cavallo me­diante, por el inédito acto socialista de algunos empresarios que transformaron algo privado en algo de todos: sus deudas. La cifra astronómica siguió creciendo a pesar de que rematamos los bienes más preciados del Estado. Hasta que no pudimos más, hasta que no tuvimos más sangre para la sed de los insaciables. Y nos derrumbamos. Aquello fue trágico, doloroso, perdimos el presente y estuvimos a punto de perder el futuro. El único camino posible era intentar volver a crecer para pagar. Y así pasó. La inmensa mayoría de los acreedores, más del 90 por ciento, entendió que debían sumarse a una reestructuración de la deuda. Sólo quedó agazapada una pequeña parte, que compró por monedas esperando dar el gran zarpazo. Y el momento llegó cuando finalmente estuvimos de pie. No podía esperarse que fuera de otra manera. En­tonces, todo el esfuerzo por atreverse a respirar, a tomar decisiones propias, quedó bajo amenaza. Lo que el mundo entendió por abrumadora mayoría en la asamblea de las Naciones Unidas (136 votos a favor, 41 abstenciones y seis en contra) es que esta encrucijada nuestra debe ser una lección. Nadie más debe pasar por lo que pasamos y estamos pasando nosotros. En casi todos los sistemas de derechos de los países está contemplado que el acuerdo con la mayoría de los acreedores obliga a los demás. Pero en las relaciones entre países, no; es una selva en la que se imponen con descaro los más fuertes. Esas son las reglas de juego que el mundo ha entendido que hay que cambiar. Hay quienes atenúan la trascendencia de la resolución señalando que se tomó en un ámbito político, sin otros alcances. De eso se trata: la lucha es en el campo político, al menos las que podemos dar los más débiles. A partir de ahí, podemos aspirar a llegar a la conciencia misma de la humanidad, y luego a los hechos, como ha sucedido con tantas otras cosas que fueron legisladas internacionalmente. El sufrimiento y la tragedia del pueblo argen­tino le han dado finalmente un mensaje al mundo. Pero si no hubiésemos sido capaces de ponernos otra vez de pie, de hablar mi­rando a los ojos de todos, de poner claridad en nuestros conceptos, no hubiéramos sido escuchados.