El mal no dura 100 años
La memoria fresca debería decirnos que acostarnos cada día con deuda externa nos garantiza 100 años de insomnio, a contar desde la próxima noche.
No hay mal que dure 100 años, no. Es que no hay cuerpo que lo aguante y siempre termina estrangulando antes, mucho antes.
Los argentinos sabemos bien que la deuda externa no es un asunto que habita en una suprarrealidad, sino que ha tenido existencia contante y sonante en la vida de todos y la de cada uno.
¿Cuánto pasó desde que dejó de ser un concepto ajeno y lejano, y se convirtió en un filo real que venía por nuestra libra de carne? Al final de la sangrienta dictadura cívico-militar, nos encontramos con que con esa inmensa piedra en el cuello debíamos echarnos a andar la democracia.
Fuimos, entonces, un país tembloroso para tomar decisiones, sometido al poder financiero internacional y a sus recetas para ahogar el destino de los pueblos (“Hicimos probablemente muchas tonterías, muchos errores con la Argentina”, diría en 2011 el exdirector del Fondo Monetario Internacional Michel Camdessus).
Pedimos más y más créditos, parche sobre parche; algunos, sólo para pagar intereses. Hasta vendimos las empresas del Estado, es decir, los bienes de toda una sociedad conseguidos a través de generaciones, para cumplir con la voracidad de los pregoneros de la libertad de mercado.
Hasta que no tuvimos más sangre para la sed de los insaciables. Y apenas 18 años después, finalmente fuimos a dar de nariz contra el piso. Tomamos conciencia de la debacle en aquellas catastróficas imágenes de diciembre de 2001. Éramos un país saqueado.
Cuando la crisis nos restregó con arena el paladar, hubo un presidente fugaz que declaró el default . Ya no había nada que saquear aquí y aparecieron los fondos buitre comprando por monedas los bonos de nuestros acreedores. La impresión que dio de nuestra miseria fue grande.
Y después de transitar un proceso de desendeudamiento, volvimos a endeudarnos, primero, con Venezuela y, en el último año y medio, nuevamente con la banca internacional, a tasas más elevadas que otros países de la región.
En estos días, emitimos deuda por 2.750 millones de dólares, que se pagarán en 100 años. Es inevitable la evocación del préstamo que, en 1824, Bernardino Rivadavia pidió a la banca inglesa: con sólo ocho años de existencia argentina independiente, se cargó la espalda de varias generaciones (la terminó de pagar Juan Perón en 1947).
La memoria fresca debería decirnos que acostarnos cada día con deuda externa nos garantiza 100 años de insomnio, a contar desde la próxima noche.

