El invierno, un tango desamparado
Aquí los días no se hunden bajo el peso de la nieve como en la vieja Europa; aquí, la claridad remolonea sobre la escarcha y aún cuenta con el esplendor del sol del mediodía para no rendirse.
El aire se vuelve espeso, casi materia. Lo desnudan las manos en la quietud aterida, los ojos abrumados de tanta humedad; lo suspiran los labios con aliento de fantasmas, mientras la cara parece hundirse en la brisa y no la brisa en la cara.
El invierno es un albur argentino. Lo sabemos, aunque un inesperado viento cálido trae presentimientos de agosto y aun de primavera.
Como que el sur más profundo y verdadero es nuestro lugar en el mundo. Estamos casi solos aquí (Chile y Uruguay comparten esta latitud del destino), debajo del último trópico; más arriba, la América latina y morena que nos contiene y nos define en una gran identidad que respira la levedad de aires más cálidos.
Y no es que, para bien o para mal, sea sólo el sitio que nos ha tocado, sino que estamos hechos de invierno y de sur; es la marca que llevamos, la esencia que nos determina muchas veces a la hora de hacer y de expresarnos, y que también nos inspira cuando frotamos la lámpara.
Aquí los días no se hunden bajo el peso de la nieve como en la vieja Europa; aquí, la claridad remolonea sobre la escarcha y aún cuenta con el esplendor del sol del mediodía para no rendirse.
Las calles, de noche, se quedan taciturnas, asfixiadas de ausencias. Y alguna vez, entre el insomnio del silencio, es posible que el bandoneón de Astor Piazzolla atraviese los poros de las paredes en un desvelado diálogo con piano y violín (como en el tema Soledad ).
Y entonces, uno entiende que allí, en ese manantial de sonidos único y nuestro como pocas cosas hay tan nuestras, se puede sentir el sur, el hálito del invierno y una dosis de urbanidad melancólica que arrastra los sentimientos hasta un dulce desamparo.
Uno entiende en qué cosas tan bellas hemos sido capaces de transformar la introspección y el sentimentalismo bravo y profundo, esos rasgos que tantas veces nos retratan y que nos han estampado la condición de ver el mundo desde esta australidad final.
A veces, como si fuera un estigma, hemos sabido ser más sabios y más bellos en las honduras de la tristeza.
Nuestro bucólico elogio invernal se desmorona frente al frío hecho materia: el desamparo se vuelve amargo y despiadado cuando el invierno martiriza a multitudes de argentinos que atraviesan las noches tiritando o jugándose la vida por un poco de calor.
Y no es el frío el que desespera y a veces mata, sino las inequidades y miserias de un país que no abriga a todos sus hijos.

