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El invierno, un tango desamparado

Aquí los días no se hunden bajo el peso de la nieve como en la vieja Europa; aquí, la claridad remolonea sobre la escarcha y aún cuenta con el esplendor del sol del mediodía para no rendirse.

30 de julio de 2017 a las 12:01 a. m.
El invierno, un tango desamparado

El aire se vuelve espeso, casi materia. Lo desnudan las manos en la quietud aterida, los ojos abrumados de tanta humedad; lo suspiran los labios con aliento de fantasmas, mientras la cara parece hundirse en la brisa y no la brisa en la cara.

El invierno es un albur argentino. Lo sabemos, aunque un inesperado viento cálido trae presentimientos de agosto y aun de primavera.

Como que el sur más profundo y verdadero es nuestro lugar en el mundo. Estamos casi solos aquí (Chile y Uruguay comparten esta latitud del destino), debajo del último trópico; más arriba, la América latina y morena que nos contiene y nos define en una gran identidad que respira la levedad de aires más cálidos.

Y no es que, para bien o para mal, sea sólo el sitio que nos ha tocado, sino que estamos hechos de invierno y de sur; es la marca que llevamos, la esencia que nos determina muchas veces a la hora de hacer y de expresarnos, y que también nos inspira cuando frotamos la lámpara.

Aquí los días no se hunden bajo el peso de la nieve como en la vieja Europa; aquí, la claridad remolonea sobre la escarcha y aún cuenta con el esplendor del sol del mediodía para no rendirse.

Las calles, de noche, se quedan taciturnas, asfixiadas de ausencias. Y alguna vez, entre el insomnio del silencio, es posible que el bandoneón de Astor Piazzolla atraviese los poros de las paredes en un desvelado diálogo con piano y violín (como en el tema Soledad ).

Y entonces, uno entiende que allí, en ese manantial de sonidos único y nuestro como pocas cosas hay tan nuestras, se puede sentir el sur, el hálito del invierno y una dosis de urbanidad melancólica que arrastra los sentimientos hasta un dulce desamparo.

Uno entiende en qué cosas tan bellas hemos sido capaces de transformar la introspección y el sentimentalismo bravo y profundo, esos rasgos que tantas veces nos retratan y que nos han estampado la condición de ver el mundo desde esta australidad final.

A veces, como si fuera un estigma, hemos sabido ser más sabios y más bellos en las honduras de la tristeza.

Nuestro bucólico elogio invernal se desmorona frente al frío hecho materia: el desamparo se vuelve amargo y despiadado cuando el invierno martiriza a multitudes de argentinos que atraviesan las noches tiritando o jugándose la vida por un poco de calor.

Y no es el frío el que desespera y a veces mata, sino las inequidades y miserias de un país que no abriga a todos sus hijos.