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El fútbol, cada tanto

Al menos por unas semanas, los argentinos volvemos a sentirnos parte de un solo pueblo. Héctor Ghiretti.

23 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Héctor Ghiretti*
El fútbol, cada tanto

Una tarea fundamental del Estado moderno es la formación y consolidación de una identidad común entre los habitantes del espacio físico que domina. Ese problema no existía en las pequeñas comunidades originarias, cuya pertenencia y reconocimiento mutuo estaban dados por la convivencia.

Pero en la medida en que el poder del Estado alcanza un vasto territorio, es preciso desplegar medios específicos de identificación entre sus habitantes y respecto de la unidad política.

Las estrategias de formación de la identidad, que dio lugar a la llamada Nación-Estado, operan por diferenciación u homologación.

En el caso de las primeras, la identidad se forjaba de modo indirecto a través del contraste o confrontación respecto de otro sujeto colectivo, real o ficticio, que podía devenir en enemigo político y al que se le podía asignar un contenido de carácter cultural, lingüístico, racial o religioso diverso.

En el caso de la homologación, la formación de la identidad responde a un proceso directo de unificación y cohesión internas. Son variadas, pero hubo dos instituciones fundamentales que dieron un carácter común a los habitantes del suelo argentino: la educación pública y el servicio militar obligatorio.

Esas instituciones permitían una identificación que atenuaba o relativizaba las diferencias entre los argentinos: tanto de orden regional (es decir, "horizontales") como de orden social (es decir, "verticales").

Educación y servicio militar. En la educación pública y el servicio militar obligatorio coincidían y convivían argentinos de todo origen y condición. Si no se terminaban estableciendo relaciones fraternas, al menos servía para que se reconocieran entre sí como parte de un pueblo y eventualmente se entendieran.

Pero hace años que la conscripción fue eliminada: las Fuerzas Armadas se "profesionalizaron" (no hay profesionalización posible si no se proveen los medios proporcionados). La institución militar perdió, así, esa particular función de identificación nacional.

Y probablemente no exista síntoma social más evidente de la penosa degradación de la educación pública que el progresivo éxodo de la clase media de sus aulas. Hoy, quien tiene cierta capacidad económica no duda en gastar parte de ella para asegurar un nivel satisfactorio de educación.

Esto no siempre fue así. Mis padres no dudaron en enviarme a la escuela pública. Eso es algo que no podría hacer con mis hijos con la misma claridad de criterio. La educación estatal dejó de ser el plástico que unía a los argentinos de diversa extracción social.

Los medios de comunicación, que podrían haber asumido esta función cohesiva, han frustrado las esperanzas que despertaron. El resultado es una homogeneización individualista y degradada, que embrutece al pueblo y lo cosifica.

Batalla y espectáculo. ¿Qué nos queda? La justa deportiva conserva de forma incruenta la épica, el carácter físico y agonal del combate armado. Dos ejércitos identificados por colores se enfrentan en un campo de batalla pactado, para medirse y doblegar al otro.

A esto se agrega la componente propia del espectáculo público. Y si la contienda se plantea en términos de pugna entre naciones, el atractivo se vuelve irresistible. En el Mundial, es posible confrontar en forma directa con las grandes potencias independientemente del producto interno bruto (PIB), poder militar, el ingreso per cápita o el desarrollo tecnológico.

Al menos durante unas semanas, los argentinos volvemos a sentirnos parte de un solo pueblo. Nos unimos en un mismo afán, un mismo sufrimiento, una misma alegría. Vencemos esa condición de masa de seres yuxtapuestos a la que nos ha conducido la aplastante victoria del individualismo posesivo, cada uno operando según intereses altamente racionalizados, y nos dejamos llevar por los afectos, los colores, la suerte de nuestros campeones.

El fútbol nos permite regresar, al menos en parte, al tiempo de las batallas, de los héroes, la vida peligrosa y de la desmesura, de la entrega de la propia vida en aras de la comunidad. Es la recreación del todo o nada.

Pero, ¿alcanza con el fútbol? Es evidente que no. Bien dice el pensador mejicano Antonio Pérez Fonticoba que un país no puede fundar su identidad en la selección nacional. A veces, ni eso se da: he podido escuchar los bocinazos y gritos de júbilo con los que en ciertas ciudades españolas (vascas y catalanas) festejaban la eliminación de España en los mundiales pasados.

Una identidad nacional tampoco se construye sobre una mera apelación al bienestar material de sus habitantes, como implícitamente nos quieren hacer creer: debe exceder tanto al fútbol como a la abundancia.

En su trivialidad, lo que sucede en el campeonato del mundo es un testimonio formidable. Nos habla de las aspiraciones y también de las frustraciones de las sociedades.

Los argentinos tenemos el deseo oculto de convertirnos en un auténtico pueblo, a pesar de que la vida nos lleve a valorar el interés individual, al cálculo mezquino y permanente de proporcionalidad entre medios y fines.

¿Es posible conseguirlo sin una cuota de un compromiso afectivo, que lleva a la abnegación en beneficio de lo que es común? Quizá sea el tiempo de estar dispuestos al sacrificio y no exigírselos exclusivamente a nuestros jugadores.

*Investigador del Conicet, docente de la Universidad Nacional de Cuyo