El fin de una crisis terminal
Ningún gobierno de los que se sucedieron desde 1983 hasta la fecha ha logrado instaurar esta discusión trascendente, con el interés de ubicar a la Argentina en un proyecto de auténtico crecimiento.
La serie de acontecimientos que en el plano político y en lo económico-social se están produciendo en el país es señal de que, más que indicar la terminación de un ciclo, define una situación terminal y un verdadero cambio de época. Porque los regímenes y modelos que tradicionalmente han sido engendro del neoliberalismo y de la especulación han agotado el tiempo y los márgenes que les otorgaban el engaño y la hipocresía.
Nuestros problemas
Como síntesis de tales sucesos, destacamos las siguientes causas:
Fracaso del acuerdo estratégico regional. El Mercosur –como ámbito de discusión y planificación estratégica a nivel regional para la superación de los problemas estructurales que padecen los países miembros– no sólo no cumplió con su cometido sino que malogró las enormes posibilidades de ensamble de las potencialidades regionales con el fin de lograr una auténtica integración cultural, política, social y económica.
Sólo ha sido el escenario de las maniobras de intereses sectoriales y proyectos particulares de una dirigencia carente del sentido de integración que profesan los pueblos de la región.
Crisis de deuda. Dada su debilidad política, la administración actual está jugando hoy una carta muy peligrosa en las postrimerías de su gestión (el grueso de cuyo peso tendrá que ser atendido por los futuros gobiernos): embarcar al país en una nueva ola de endeudamiento público sin capacidad de repago, después de haber traspasado el grueso de la deuda impagable a organismos del propio Estado para privilegiar el pago de la deuda con terceros (acreedores privados y organismos financieros internacionales).
De esta forma, se legaliza el proceso ilegítimo que es el endeudamiento progresivo iniciado esencialmente en los regímenes de facto; mientras el país perdía su rumbo industrial y productivo, se atrofiaban las esperanzas de millones de argentinos y se liquidaban y enajenaban las reservas estratégicas del país.
Falta de un proyecto nacional. Para integrarnos regionalmente y al mundo, primero, debemos definir y consolidar nuestra propia identidad.
Ningún gobierno de los que se sucedieron desde 1983 hasta la fecha ha logrado instaurar esta discusión trascendente, con el interés de ubicar a la Argentina en un proyecto de auténtico crecimiento económico y desarrollo social que la convierta en una potencia industrial autónoma y soberana, y la saque del papel de proveedora de materias primas y víctima privilegiada del capitalismo financiero internacional.
Democracia de elites para las elites. La marginación social y la falta de participación directa y efectiva del pueblo en la solución de los problemas fundamentales ha convertido al sistema democrático en un trampolín para lanzamientos de candidatos, tomando a la Argentina como un campo al servicio de proyectos personales, muchos ajenos al interés nacional. Así lo demuestran las políticas públicas especulativas a través de privatizaciones, reestatizaciones y proyectos mediáticos y electoralistas.
Degradación y desintegración social. Como resultado de erradas políticas de Estado –llamadas de inclusión–, jamás se atacaron las verdaderas causas de las crisis económicas y sociales que sufrimos en los últimos 30 años, lo cual produjo la cristalización de situaciones de desigualdad social que, potenciadas por el narcotráfico y la corrupción, contribuyen a un proceso de desintegración social.
Hace pocos días, una entidad empresaria de Córdoba dijo que los empresarios debíamos hablar de cosas que nunca nos animamos a hablar.
La responsabilidad social de los empresarios, como la de los demás sectores organizados de la sociedad, es aquella que liga el destino de las misiones institucionales, de familias, hijos y nietos, al destino de este país. Mal podemos alentar esperanzas en un exterior en convulsión cuando no intentamos en lo interno conciliar una estrategia nacional.
Cuando llegan situaciones como la actual, los empresarios solicitan los procedimientos de crisis, los gremios se movilizan en resguardo de los puestos de trabajo y los gobiernos proyectan medidas de coyuntura.
Pero nadie advierte que hemos llegado al fin de una época decadente de nuestra historia y que vivimos un punto de inflexión ante una sociedad ávida de recuperar el protagonismo para pensar y reconstruir una Argentina revalorizada en sus acreencias y virtudes.
Momento de actuar
Es hora de asumir una actitud de franco rechazo al statu quo reinante y, más allá de superar esta coyuntura, estamos obligados por las circunstancias a pergeñar en forma definitiva los ejes principales del destino industrial, laboral y social de Córdoba y del país. Es necesario reformular una educación para que esté impregnada de valores y principios esenciales, enraizada con el trabajo y la producción. También hay que terminar con la pobreza estructural e integrar a millones de argentinos al circuito productivo y poner al frente de estas propuestas a gobernantes, instituciones y dirigentes que demuestren con el ejemplo que están al servicio del país y no para servirse de él.
El cambio de época incluye establecer un sistema democrático donde el pueblo sea el principal protagonista y donde la corrupción y la especulación no tengan cabida.
*Exministro de Obras Públicas de la Provincia de Córdoba, 1973 a 1974

