Temas del día:

El fantasma de las democracias manipuladas

Lo sucedido en Brasil con el desplazamiento de Dilma Rousseff puede haber seguido los caminos institucionales escritos en la ley, pero la sensación es que la certeza de la democracia como genuina representación de mayorías ha recibido una dolorosa estocada.

04 de septiembre de 2016 a las 12:01 a. m.
El fantasma  de las democracias manipuladas

Es como que si la férrea voluntad popular que representa la potencia de las urnas se volviera una sustancia maleable, lábil, que, puesta a atravesar los vericuetos del poder, puede deshacerse como una hoja marchita. Lo sucedido en Brasil con el desplazamiento de Dilma Rousseff puede haber seguido los caminos institucionales escritos en la ley, pero la sensación es que la certeza de la democracia como genuina representación de mayorías ha recibido una dolorosa estocada. “Más allá de la legalidad invocada, (es) una profunda injusticia”. El pronunciamiento del Gobierno uruguayo acerca de la destitución, entre otros de una región que ha visto las cosas de distinta manera, apunta a la esencia del significado del hecho. Mucho se ha dicho en estos días sobre la paradoja de que una decisión de 61 senadores (muchos de ellos con procesos judiciales pendientes) pasó por encima nada menos que a los 54 millones de votos que obtuvo en la última elección la dirigente del PT. Las razones esgrimidas aparecen resbaladizas, sobre todo si se tiene cuenta que el “crimen” cometido por Dilma ni siquiera la inhabilita a presentarse en las próximas elecciones, lo que pone en evidencia, además, que se trató de quitarla y de tomar el poder ahora. Mientras tanto, entre los antecedentes difíciles que el episodio deja para el presente y el después es que, tras consumarse la maniobra, el nuevo gobierno pone en marcha un rumbo político, económico e ideológico diferente del que recibió el respaldo de las urnas. Es decir, entró en acción un proyecto que no fue ungido por la voluntad popular y que será llevado a cabo pese a esta, en función de otros intereses. Nada de lo que sucede en la región nos es ajeno. Hemos visto ya desde el siglo 20 cómo los tiempos históricos sudamericanos suelen presentarse casi sincronizados. Pero sobre todo porque, desde hace ya más de dos décadas, empezamos a caminar juntos. Después de desactivar viejos fantasmas, hemos comprendido el sentido de un destino común, la conveniencia de funcionar como un bloque político, histórico y cultural. El Mercosur plantó una conciencia de realismo elemental en el proceso globalizador: es nuestra manera de potenciar las negociaciones con otros bloques y la solidez política en este mundo en el que se arrasa con los débiles. Y nada puede hacernos más débiles que democracias manipuladas.