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El día en que volví a ser peatona

Mariana Otero describe sus sensaciones tras volver a usar el transporte público. Más en Días Contados. 

18 de junio de 2016 a las 12:01 a. m.
El día en que volví a ser peatona
DÍAS CONTADOS. El día en que volví a ser peatona (Ilustración de Juan Delfini).

Podría decir que en este último año me recibí de peatona. O, mejor, que me gradué como usuaria del transporte público urbano e interurbano de Córdoba el día en que mi oftalmólogo coincidió con el encargado de renovarme el carné de conducir en que tendría que olvidarme para siempre de conducir de noche. Soy una miope consagrada. De aquellas que acumulan historias tragicómicas vinculadas a la escasa visión y que, en muchas ocasiones, se convierten sin querer en personas antipáticas. Es que la gente no tiene por qué saber que uno reviste en las filas de los chicatos para el Guinness.Todo empezó cuando la maestra de danzas españolas le dijo a mi mamá que su niña de 6 años podría tener algunos problemas visuales. Palabras más, palabras menos, la profesora le informó, con sutileza, que sospechaba que mi torpeza en los escenarios estaría relacionada con algún tipo de defecto visual.Con el paso del tiempo, podría jurar sobre cualquier texto sagrado que la incapacidad para coordinar las coreografías radicaba no sólo en las 13 dioptrías de miopía y unas cuantas de astigmatismo en mi ojo derecho y unas pocas más en el izquierdo, sino en mi escaso talento para la danza. O en ambas.Desde entonces, miro la vida detrás de anteojos de variados formatos y colores. Las cosas comenzaron a aparecer detrás de un cristal hasta que comencé (también para el récord) a sumar cirugías oculares.En un primer momento, el deseo adolescente era tirar las gafas a la basura. Después, con las hormonas ya más alineadas, el objetivo fue, simplemente, mejorar mi calidad de vida. Así fue que en las últimas dos décadas pasé ocho veces por varios quirófanos, clínicas y manos con bisturí.La primera operación fue una queratotomía, en la que el cirujano realizaba cortes radiales en la córnea, de diferentes longitudes y partiendo desde la periferia.Había que encomendarse a toda deidad para que el cirujano tuviera la destreza necesaria para cortar de manera milimétrica ese pequeño órgano justo donde se suponía que debía hacerlo.Eran los primeros "experimentos" de ese tipo y los desesperados pacientes nos convertíamos en conejillos de indias. Después llegaron las "correcciones" con láser, un desprendimiento de retina, una suturación de los cortes radiales que, a la larga, generaron distorsiones visuales, un trasplante de córnea, una lente intraocular y una operación de cataratas. La historia clínica es tan frondosa que los médicos siguen luciéndose con mi caso en los congresos internacionales.Los consultorios comenzaron a ser tan familiares que, con el tiempo, les fui quitando dramatismo a las circunstancias. A tal punto que hasta me divierte que uno de mis oftalmólogos le diga a su ayudante-aprendiz que observe con detenimiento a uno de sus pacientes "cíclopes". Después de tanta anestesia y bisturí, uno de mis ojos dijo basta. Un dolor de cabeza La renovación del carné de conductor se convirtió en los últimos años en un dolor de cabeza. Con tantas cirugías, pasaba demasiado tiempo en proceso posoperatorio y mi licencia siempre estaba en riesgo.Llegué a ser habitué en la Dirección de Tránsito, a tal punto que algunos deben haber creído que trabajaba en el lugar. Recibía saludos de los empleados municipales y la psicóloga dejó de darme instrucciones sobre los tests psicotécnicos: los conocía de memoria.Las primeras veces me otorgaron la licencia por tres meses, mientras que a todos se la renovaban por cinco años. Luego, por seis meses y, la última vez, por un año.Lo celebré bastante, aunque ya no podría conducir de noche.Así las cosas, las circunstancias me obligaron a retornar a las paradas de ómnibus. La última vez, había sido al promediar 1993, cuando le compré a mi amiga Silvana una Zanella 50 centímetros cúbicos y me despedí, por un tiempo, del transporte urbano. Al bondi, otra vez Cada día ofrendo unas cuantas horas de vida a las rutas y calles de la ciudad. Desde Villa Carlos Paz al trabajo regalo unas cuatro horas, dos de ida y dos de vuelta. Cada semana, dejo un día de mi vida en manos de los choferes.Abordo el primer interurbano en la esquina de mi casa, para descender en la esquina de avenida Colón y Santa Fe y caminar dos cuadras para tomar el 21 o el 25, que me dejan en la puerta del diario. De regreso, se complica más. Si salgo con la luz del día, hago el recorrido a la inversa.Si ya es de noche, tomo un taxi hasta la plaza Colón, espero el ómnibus, me bajo en la Terminal de Villa Carlos Paz y hago trasbordo a un vehículo que se dirija hacia los barrios del sur de esa ciudad.En tanto recorrido, además de leer y de mirar compulsivamente alguna serie por Netflix en mi celular, me dedico a analizar el comportamiento humano. Aunque sé que mis observaciones carecen de rigor científico estoy convencida de que mis conclusiones podrían replicarse en cualquier ciudad del país.Entre tantas cosas, en este tiempo improductivo, descubrí que las paradas de ómnibus despiertan las pasiones más primitivas de los seres humanos. Hay como un deseo animal de ser el primero, de llegar antes, de tener el mejor espacio en un pasillo abarrotado de manos y de cuerpos, mochilas y carteras que no se corren, porque se han ganado un lugar. Y eso no es poco en la jungla urbana.En las garitas, cuando las hay, la gente suele acomodarse de manera desordenada. Todos miran su celular, chatean, hablan fuerte o se evaden en la música que disparan sus auriculares. Cuando el vehículo asoma, pocos lo ven. Pero cuando frena y abre la puerta con ese chillido único, se produce una avalancha casi brutal. El último sube primero y el primero puede llegar a quedarse afuera si no interpone su humanidad frente a la muchedumbre que casi siempre luce hastiada. Es la supervivencia del más fuerte. Cuando se consigue el trofeo mayor, que naturalmente es un asiento, hay que compartido con un desconocido. En los interurbanos, se experimenta mejor. Y, otra vez, renacen disimuladas disputas de poder. El apoyabrazos suele ser el principal objeto de pelea. ¿De quién es ese dispositivo? ¿Del que llegó primero? ¿O de quien se animó a empujar con sutileza hasta que el brazo contrario desiste en una pelea que, a todas luces, es absurda?Con tanta experiencia, uno ya es capaz de detectar a aquel que va a roncar, a festejar goles, a conversar, a cantar al ritmo de la radio y al que compartirá a los gritos la conversación privada que tendrá, por teléfono, con novios o amantes.Las conversaciones ajenas tienen un no sé qué. Son seductoras. Es difícil sustraerse al embrujo de esas historias.Por supuesto, hay quienes disimulan un poco, bajan la voz o intentan moderar sus enojos. No todos lo consiguen. Hay otros que tienen una capacidad especial para evadirse del entorno, desangrarse en cada palabra y convertir sus historias en culebrones colombianos.Hace poco, dos mujeres ubicadas en la primera fila desnudaban sus almas. "No me digas que te engaña. ¡Te engaña!", decía una, sin dejar que la otra respondiera.  "¡Te engaña!", repetía eufórica, mientras bajaban del ómnibus. Esta vez fue una pena: me quedé con las ganas de conocer los detalles de la infidelidad. Una plegaria para el chofer Que el chofer esté de buen humor es fundamental para el desarrollo del viaje. Y, claro, que las unidades funcionen. Pasé una prueba de fuego un día de llovizna, cuando el interurbano en el que me conducía (con unos enganchados de Damián Córdoba) se fue apagando como una velita, como decía un excompañero de trabajo.El problema es que cuando uno es peatón (peatona, en mi caso), anda siempre con los tiempos acotados. Justos, sin demasiados márgenes para el error. El hombre se detuvo en la banquina a esperar el próximo vehículo, mientras los pasajeros esperábamos alguna explicación. Pasaron unos 15 minutos y nada."Señor, ¿sabe a qué hora pasa el próximo?", dije, mirando el reloj e imaginando todas las disculpas que le debería dar al ministro que me estaba esperando para una entrevista pactada con varios días de anticipación. "Ni idea, madre", me respondió. Ahí sí que monté en cólera. La imprecisión del chofer pasó a un segundo plano ante el "madre", que me molesta tanto como el "mamá" con el que se dirigen a mí algunos docentes del colegio de mis hijos, el "mamita" del verdulero, el "bombón" del quiosquero. Estuve a punto de decirle que, por fortuna, no era su madre, porque para serlo debería tener al menos 70 años y, por suerte, me faltan varias décadas. O que si era una manera cariñosa de dirigirse a las mujeres, se fijara si, en verdad, no surtía el efecto contrario al que estaba deseando.También sentí la tentación de mentirle y decirle que era soltera y sin hijos y que desde hace años trataba con mi terapeuta una eventual maternidad que no llegaba.No hice nada de eso. Simplemente, me acomodé los anteojos que me acompañan desde siempre, mandé un mensaje al ministro para explicarle mis desgracias y me quedé callada hasta que llegó el ómnibus de refuerzo en el que, esta vez, cantaba Nino Bravo.