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El desafío de la Iglesia Católica

La Iglesia es un organismo que necesita resolver temáticas estratégicas, de liderazgo y gestión, más allá de las dimensiones espirituales de su naturaleza.

04 de enero de 2014 a las 02:02 p. m.
Sergio Krupatini*
El desafío de la Iglesia Católica

La Iglesia Católica enfrenta un desafío histórico y las decisiones que adopte de ahora en más marcarán en profundidad su futuro.

La Iglesia es ciudadana de la complejidad. Su tamaño, influencia global e historia milenaria la transforman en un actor clave en la dinámica de los tiempos. Pero deberá ser mucho más efectiva al navegar los escenarios inéditos que le esperan.

El papa Francisco es un protagonista de la actual coyuntura, al enfrentar un punto de bifurcación en el que la decisión implica un cambio crítico en la dirección que se adopte.

La elección de Jorge Bergoglio no fue un hecho casual: es jesuita y líder emergente de un contexto como el argentino, con exigencias y dinámicas inéditas. Su imagen de bonhomía, humanidad y simpatía no nos debe desviar de su calidad de guerrero.

El desafío

El desafío de la Iglesia no atañe a su identidad básica. Su identidad está expuesta en los Evangelios y es inmutable. Habrá quienes adscriban o no a ella, pero eso es otro problema. La Iglesia es un organismo que necesita reconvertirse y resolver temáticas estratégicas, de liderazgo y gestión, más allá de las dimensiones espirituales de su naturaleza.

Debe revitalizar su identidad y hacerla llegar de modo eficaz a los múltiples actores con los que interactúa, debe lograr que esa identidad sea percibida con profundidad en relación con la problemática concreta del hombre.

Algunos síntomas que enfrenta: pérdida de fieles; debilitamiento de su lealtad; disminución de las vocaciones; descrédito social por escándalos de pedofilia y corrupción; polémicas frente a su posición ante nuevas temáticas (aborto, otras identidades sexuales, sacerdocio femenino, celibato, nuevas configuraciones familiares).

El desafío se focaliza en los vehículos que son los elementos tangibles e intangibles que transportan la identidad de la Iglesia hacia el mundo. Se conforman con doctrina, opiniones, acciones, organizaciones y configuraciones de acercamiento a los hombres y la sociedad.

La identidad es la base de sentido y de inspiración. Los vehículos la corporizan y canalizan. Su propia organización no es un dogma; es sólo uno de los tantos formatos posibles. Las asociaciones de caridad son un formato para la ayuda social, que es un vehículo de la identidad pero no la identidad misma. Ya lo advirtió Francisco: la Iglesia no es una organización no gubernamental.

¿Claudicamos en nuestra identidad si permitimos el bautismo de un hijo de madre soltera? ¿Se pueden proporcionar nuevas respuestas a la problemática de los divorciados?

¿Cómo desenquistar a sectores de la curia romana cuya actividad se ha transformado en un vampirismo energético? Una organización puede ser devorada por la sangría que le efectúan sus propios componentes. El desafío apunta a lograr una mayor flexibilidad en un entorno complejo y global.

Veremos nuevas formas de interrelación. El obispo de Roma dará testimonio de “pisar el barro”: el contacto concreto y vital con la realidad del mundo. La identidad será así la base de cohesión más potente.

La estructura reclama simplificarse. De un enorme ministerio teológico hacia un organismo vivo. Habrá más comunicación entre la cúpula y los últimos estratos de la estructura. El rol del Papa será una combinación entre roca de soporte y piedra que incomoda, que promueve el cambio, el skandalon . Y podrá actuar parafraseando a San Agustín: "Apóyate en la identidad y haz lo que quieras".

*Especialista en estrategia de las organizaciones.