El "coimagate" bolivariano
El menemismo y el kirchnerismo recurren al argumento ideológico para defenderse del reproche ético sobre la corrupción. Claudio Fantini.
Mediante la desopilante arbitrariedad de un impostor en el trono de Polonia, Alfred Jarry propone, en Ubu rey , la metáfora de la corrupción desenfrenada que engendra el despotismo.
Las diversas interpretaciones de esta obra vanguardista del siglo XIX confluyen en un punto: en todo poder construido sobre desmesuradas ambiciones personalistas, terminan imponiéndose, si es necesario con violencia, las ambiciones del más fuerte.
Mucho de lo que ocurre en el escenario político argentino parece escrito por el dramaturgo francés que inspiró el teatro del absurdo. En particular, la intensa y turbia relación comercial con Venezuela.
Tratándose de dos de los liderazgos más personalistas y verticales de Sudamérica, aunque con una notable diferencia entre uno y otro, parece lógico sospechar que sus entornos pergeñen truculentos negociados.
Al fin de cuentas, en la antigüedad, Platón comenzó a razonar sobre la relación inexorable entre concentración de poder y corrupción que, en el siglo XIX, el historiador inglés John Acton resumió en su célebre apotegma.
Verticalismo y corrupción. Aun sin llegar al extremo del poder absoluto, existe una relación directamente proporcional entre acumulación de poder verticalista y niveles de corrupción. Normalmente, comienzan siendo sistemas de corrupción centralizada. O sea, esquemas en los que sólo pueden enriquecerse de manera ilícita y sin ser investigados los dueños del poder, el empresariado amigo y los altos funcionarios que actúan como intermediarios entre ambos.
Pero, como una suerte de ley física de la realidad, la corrupción va carcomiendo al resto de la estructura política, mediante un mecanismo similar al fenómeno que la medicina del siglo XVII llamó "cenestesia": proceso mediante el cual los órganos del cuerpo van ajustando sus respectivos funcionamientos de acuerdo al de los demás.
Del mismo modo, la corrupción gubernamental necesariamente corrompe, sobre todo en las economías en las que más influencia tiene el Estado. Por eso, Franklin Roosevelt, al lanzar el New Deal (política económica basada en una fuerte intervención estatal) se obsesionó en crear los mecanismos de control que minimizaran los riesgos de corrupción.
Que ni el kirchnerismo ni el chavismo evidencien tal obsesión, explica la sospecha en torno de la profusa relación que mantienen.
Vox populi. Con los sobornos que se habrían pagado para hacer negocios con Venezuela, pasa como en una de las tiras del inefable Quino. La maestra dijo: "El orden de los factores..." y Manolito completó la fórmula afirmando: "...no altera el producto". Pero cuando la maestra lo felicitó diciendo que lo sabía por haberlo estudiado, el amiguito de Mafalda aclaró: "No señorita, lo sé porque es vox populi".
En la Argentina, que a los empresarios se les exigía coimas para vender sus productos al país bolivariano, era un extendidísimo vox populi desde antes de que muchos medios se volvieran críticos al Gobierno nacional.
Al poco tiempo de iniciarse ese fluido intercambio durante la presidencia de Néstor Kirchner, una inmensa cantidad de gente decía haber escuchado a algún empresario relatar que había pagado o había perdido el negocio por negarse a pagar un elevado porcentaje de la transacción.
Mucho antes de que el embajador Eduardo Sadous dijera lo que dijo, circulaban versiones con las mismas cifras de las que se habla hoy.
Incluso, antes de que apareciera la valija de los 800 mil dólares en el vuelo oficial de funcionarios argentinos y venezolanos, buena parte del país sabía, por boca de empresarios, sobre el alto precio económico y moral que tenían los negocios con el país caribeño.
También es vox populi que el gobierno usa la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) como un tormento insoportable para las empresas que se insubordinan. Primero lo padecieron aquéllas que pautaban publicidad en medios periodísticos a los que el kirchnerismo identificó como enemigos. Ahora, muchos empresarios estarían explicando el miedo a la Afip y a las operaciones de la Secretaría de Inteligencia, no a los jueces ni a la prensa sino a los que antes los escucharon hablar de los porcentajes que debían pagar.
En síntesis, demasiada gente dice que demasiados empresarios revelaron -cuando no temían- lo que ahora callan por temor.
Justificación ideológica. Es obvio que a la corrupción no la trajo el kirchnerismo. La corrosiva gangrena se extendió con el menemismo. Así como ahora guardan un patético silencio sectores de la izquierda y del periodismo que en los \'90 investigaban y denunciaban, en aquella década hicieron un silencio indigno las empresas beneficiadas en la repartija del Estado y los liberales obnubilados por un peronismo frívolo y privatizador.
Las dos gestiones recurrieron al argumento ideológico para defenderse del reproche ético. El menemismo justificaba desde el liberalismo la corrupción de las privatizaciones al decir que, una vez privatizado todo, necesariamente desaparecería, porque quedaría muy poco Estado para corromper. Y el kirchnerismo se justifica diciendo que todos los gobiernos son corruptos, pero a éste no lo perdonan porque es "nacional y popular".
La ideología como coartada siempre tiene dos víctimas fatales: la ética y la lucidez.

