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Ejército y política

La designación como comandante en jefe del general César Milani ha despertado una intensa polémica que conmueve a la política nacional.

28 de julio de 2013 a las 01:52 p. m.
Ejército y política

¿A  quiénes les damos las armas y qué se hace con ellas?

Los patricios de Cornelio Saavedra fueron la guardia de pólvora de la rebelión contra el virrey español, en 1810.

Diez años después, con la guerra por la Independencia aún caliente e irresuelta, el Ejército del Norte, conducido por Manuel Belgrano, regresó a Buenos Aires convocado para usar las armas contra sus rivales del interior. En el camino, un grupo de voluntades, entre las que estaban las de los cordobeses Juan Bautista Bustos y José María Paz, se sublevó en Arequito.

El general José de San Martín, en cambio, desobedeció las órdenes porteñas que le mandaban desenvainar su sable para pelear contra hermanos, y el Ejército de los Andes y su misión emancipadora siguieron adelante. Luego de la victoria en Perú, sin respaldo, el Libertador dejó todo en manos de Simón Bolívar y marchó al exilio; las tropas más gloriosas de nuestra historia se hundirían en las últimas batallas.

Desde aquellos comienzos de nuestros brazos armados, pasaron, luego de las décadas de sangría interior, la guerra infame de la Triple Alianza contra Paraguay, la Campaña del Desierto contra los indios…

El Ejército ha respondido de distintas maneras en los momentos argentinos. Fue el custodio de los intereses de elites del poder económico y político, así como a veces acompañó a movimientos populares, como el intento revolucionario del radicalismo de 1905, donde gran parte de los uniformados alzaron sus armas, o el golpe de 1943, que derivó en la gestación del peronismo.

Mientras tanto, en 1930 había sido cooptado por los sectores económicos desplazados del control político por Hipólito Yrigoyen y llevó a cabo el primer golpe de Estado, encabezado por Félix Uriburu, con una clara orientación reaccionaria que derivó en la denominada “década infame”, por el fraude y la corrupción.

Desde la asonada de 1955, se pronunció un ejército vigía de Occidente y del liberalismo, represor de las mayorías y, finalmente, genocida: el de la última dictadura militar que sirvió a intereses de una minoría mientras se dejaba a su disfrute toda la perversión asesina que ha estremecido a la condición humana como pocas veces en la historia. Tan extasiados estaban con su poder de dolor y muerte, que acaso muchos ni siquiera entendían bien al servicio de qué y de quiénes hacían lo que hacían.

El Ejército nunca ha estado al margen de la política, por acción o por omisión. Siempre ha jugado un rol, incluso con el pretendido profesionalismo de la década de 1990. Y muchas veces es el Estado político el que se ha visto impotente por no poder imponer una política para las Fuerzas Armadas.

La designación como comandante en jefe del general César Milani ha despertado una intensa polémica, que conmueve a la política nacional. Se lo señala como participante de dos hechos de violación de derechos humanos. Si esto es así, no hay manera de redención posible más que a través de la Justicia, como ha venido sucediendo en los últimos años con los autores de delitos de lesa humanidad.

Pero acaso tampoco debe perderse de vista que gran parte de la visceralidad de las reacciones son efecto de las declaraciones de Milani a propósito de su convicción de acompañar el proyecto nacional. Y la indignación proviene de muchos que se han valido de esas armas para sus intereses.

Nuestras Fuerzas Armadas deben existir hasta que el mundo no sea otro. De lo que debemos prevenirnos es de que sean usadas por sectores minoritarios y, en cambio, alentarlas en la misión de acompañar a las mayorías en su proceso de afirmación nacional.