Egipto, final y principio
Hosni Mubarak ya es parte de la Historia, y el próximo capítulo de Egipto y del conflictivo Medio Oriente ha comenzado a escribirse. Claudio Fantini.
No estaba abatido ni titubeante. La multitud llevaba ya 17 días demoliendo su imagen, y la jornada había sido una tempestad de presiones cruzadas en la cúpula del poder. Sin embargo, el presidente Hosni Mubarak apareció el jueves ante las cámaras de televisión, impecable y sin señales de cansancio físico o psicológico. Ni siquiera estaba tenso cuando –con voz firme y serena–anunció exactamente lo contrario de lo que los manifestantes esperaban escuchar. El jueves, la Plaza Tahrir estaba lista para festejar, pero Mubarak dijo que se quedaba, con la calma con que se anuncia un aumento salarial. Fue un baldazo de agua helada. La sensación de que dimitía no se había instalado por sí sola, se había alentado desde la cúpula del poder militar. Tanto fue así que Washington y las capitales europeas dieron por hecho que Mubarak anunciaría su retiro. Por eso, Barack Obama quedó tan estupefacto con el discurso como los manifestantes de la histórica plaza.Finalmente, quedó en claro que el raïs desvariaba, arrastrando en su deriva a los militares y al vicepresidente Omar Suleiman. Cuando a renglón seguido el crescendo de la furia multitudinaria les demostró que la aceptación social de la que goza el ejército se evaporaría si seguían acompañando la delirante obstinación de Mubarak, los militares y el vicepresidente le hicieron firmar la renuncia y lo sacaron de El Cairo. ¿Cómo se explica el último inútil y temerario intento de mantener un poder que a todas luces ya había perdido? Una cúpula dividida. En todo caso, lo único claro es que la cúpula militar estuvo dividida e indecisa hasta ayer por la mañana. Todos veían a Mubarak como un cadáver político sin certificado de defunción, pero nadie se atrevía a firmarlo. La disyuntiva era seguir el consejo (presión) norteamericano y sacar al raïs del Palacio de Heliopolis o mantener la lealtad al hombre que proviene de sus filas y que tantos beneficios, poder y prebendas le dio a las Fuerzas Armadas. Estados Unidos es el aliado que les aporta 1.300 millones de dólares anuales en armamentos y tecnología bélica. Pero el presidente que tenían que derribar era nada menos que el general Muhamad Hosni Sayyid Mubarak, "mariscal del aire" y "héroe del Sinaí" por planificar el bombardeo que en 1973 puso a Israel cerca de la derrota como no lo había estado nunca. Además, les había cedido las empresas estratégicas y un rol protagónico en el Estado. Apuestas cruzadas. ¿Por qué las potencias occidentales quisieron deshacerse del antiguo aliado? Tal vez les darán impunidad a sus crímenes represivos y a su corrupción, pero no quisieron repetir el error cometido en Irán, cuando se empecinaron en sostener al despótico Reza Pahlevi, incrementando la animadversión de las masas. Acertadamente, Obama quiere que, desde la Plaza Tahrir, Estados Unidos sea visto como la potencia que acompaña la decisión del pueblo egipcio y no como la fuerza que obstruye esa voluntad popular. De ese modo, la era "post Mubarak" tendría chances de mantener el rol de Egipto en la región. Parece una paradoja que Teherán coincidiera con Washington en el llamado a que Mubarak cayera. La diferencia está en qué espera cada uno de esa renuncia. La teocracia iraní, cuyo fundador Ruhola Jomeini predicó la rebelión contra los regímenes árabes por considerarlos apóstatas, estaba obligada a promover el derrocamiento apostando a la radicalización del proceso, mientras que Estados Unidos y Europa pretenden una democratización sin ánimo antioccidental.En otra paradoja, y aunque no la digan, los regímenes árabes querían lo mismo que Israel: la continuidad de Mubarak. Por ser autocracias represivas y corruptas, saben que la caída de un déspota egipcio tentará a sus pueblos a imitar la rebelión. Mientras, Israel teme que, sin Mubarak, Egipto caiga en manos de la Hermandad Musulmana, organización fundamentalista que en la década de 1970 se envenenó del odio a Occidente de su ideólogo Sayyid Qutb, abandonando la moderación de su fundador Hasan al Bana.Israel teme que si los islamistas controlan Egipto, ayudarán a su brazo jordano a derribar a la monarquía hachemita. También ayudarán al brazo sirio contra el régimen baasista. Los islamistas son fuertes en Jordania porque Abdulá II heredó de su padre, además del trono, el repudio al rey Hussein por haber masacrado a 10 mil palestinos en septiembre de 1970. También son fuertes en Siria porque Bashir el Assad no sólo heredó de su padre la presidencia, sino el aborrecimiento fundamentalista por haber aplastado la rebelión religiosa de 1982 en Hama, con un bombardeo que dejó 20 mil muertos.Con la Hermandad Musulmana controlando Egipto, Jordania y Siria, mientras Hizbolá maneja el gobierno libanés y Gaza sigue en manos de Hamas, sobre Israel se cerraría un agresivo cerco geopolítico.Ese temor hace que Jerusalén no perciba que déspotas como Mubarak alientan con su corrupción el fanatismo religioso que combaten, y que en la Hermandad Musulmana de estos días estén creciendo los moderados que siguen el ejemplo turco y se alejan del modelo iraní.Mubarak ya es parte de la Historia, y el próximo capítulo de Egipto y del Medio Oriente ha comenzado a escribirse.
*Director del Departamento de Ciencias Políticas de la UES21.

