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Educación y competitividad en el año del Bicentenario

El grupo de intelectuales que integró la llamada Generación del 37 puso énfasis en la exaltación de lo nacional. Carlos Sánchez.

22 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Carlos Sánchez *
Educación y competitividad en el año del Bicentenario

El grupo de intelectuales que integró la llamada Generación del 37 (1837), entre los que se destacaron Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, preocupado por las cuestiones culturales y socioeconómicas que frenaban el progreso argentino y en búsqueda de una identidad, puso énfasis en la exaltación de lo nacional y en el reconocimiento de las peculiaridades costumbristas.

Aspectos económicos y culturales atinentes a ello fueron recogidos por la Ley de Educación Común (1.420) de 1884. Se reconocía allí una relación directa entre educación y economía. La educación pública debía crear las bases que hicieran posible un trabajo pleno y eficiente, indispensable para un aumento sostenido del producto individual y colectivo y, a la par, afianzar el sentimiento argentino, sumando a esto el efecto integrador de la alfabetización.

Lo cierto es que, en pocas décadas, la Argentina alcanzó un notable crecimiento que le permitió festejar el primer Centenario de su independencia exhibiendo ante el mundo de aquella época la imagen de un prometedor progreso y de construcción de la identidad nacional.

Pero los tiempos que siguieron al primer Centenario no acentuaron en materia educativa y cultural esas prometedoras condiciones; por el contrario, dieron lugar a otras que debilitaron las virtudes exhibidas al inicio.

Más fracasos que éxitos. Es así como hoy, 200 años después de aquel 25 de Mayo de 1810, una mirada al camino recorrido identifica más fracasos que éxitos.

Este comportamiento ha respondido sin dudas a causas múltiples, tanto endógenas como externas. Entre las primeras, no puede dejar de señalarse a la cultura argentina como una causa; no la única, pero sí relevante. Puesto que una población no es espontánea y naturalmente culta, lo que se requiere para ayudar a remediar esa suerte de debilidad es un adecuado y eficiente sistema educativo que opere de modo directo sobre la subjetividad misma, a fin de cultivarla.

La educación, comenzando por la enseñanza básica, la escuela primaria -en realidad, por todos los niveles y modalidades- debe ser un reclamo prioritario de la sociedad civil y un compromiso de los gobiernos, no sólo para instruir, para transmitir conocimientos científicos objetivos, sino a la vez para inculcar respeto por valores, por la convivencia social, para inculcar un ideal de vida y un proyecto de sociedad.

La universidad, prioridad. Como parte de esta problemática general, la educación universitaria y su relación con la capacitación para el desarrollo requieren una atención prioritaria.

La organización y los contenidos del sistema educativo deben proporcionar a la sociedad argentina los elementos necesarios para que el país pueda competir en el plano económico con el resto de los países, y esto es más necesario que nunca en este momento de la globalización. Su objetivo social debe ser el logro de niveles de competitividad global que le permitan mantener un desarrollo económico sostenido en el tiempo. Es en este punto donde la educación universitaria juega un papel crucial para que el país pueda competir con éxito en el actual "torneo" internacional para el desarrollo.

Estadísticas internacionales proporcionadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) indican que la educación universitaria exhibe en el mundo un número creciente de estudiantes. Se quintuplicó entre 1970 y 2007, y en América latina y el Caribe aumentó 10 veces. Esto implica un gran aumento en matrícula y en cantidad de graduados secundarios.

Es así como la tasa bruta de graduación o porcentaje que completaron el ciclo medio en la gran mayoría de las regiones del mundo supera con amplitud el 40 por ciento, mientras que en la Argentina está apenas por arriba de esa cifra.

Además, nuestra tasa de graduación universitaria es baja en términos internacionales, como también lo es al comparar qué proporción de la matrícula universitaria corresponde a los estudios que generan competencia para el desarrollo tecnológico, para innovar. No sólo la tasa de graduación es baja en términos comparativos y absolutos, sino que además también es bajo -14 por ciento- el porcentaje de graduados en ciencias y tecnologías respecto del total de egresados universitarios.

Las cifras revelan una intrínseca debilidad del sistema terciario como proveedor de una capacitación conducente al logro de la llamada competitividad global.

Por el contrario, lejos de ayudar al desarrollo de un ambiente que garantice un trabajo pleno y eficiente, crea condiciones para el desempleo y la baja productividad.

Nuestra educación ha perdido capacidad de integración social, puesto que genera una suerte de fraccionamiento entre pocos ciudadanos que reciben la formación adecuada al desarrollo de la economía y muchos excluidos que sólo pueden incorporarse a tareas de menor productividad y salarios.

En el Bicentenario, y mirando hacia adelante, se impone la necesidad de que la sociedad ponga en marcha un amplio proceso de revaloración y revisión del esfuerzo que realiza en el nivel terciario de educación.

* Ex docente de la Universidad Nacional de Córdoba; ex rector de la Universidad Empresarial Siglo 21