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Una red indestructible

Un perverso entramado de intereses teje una indestructible red de explotación de mujeres, que se expande sin pausa bajo dictaduras militares o gobiernos civiles democráticamente elegidos.

02 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Una red indestructible

Es un drama harto conocido y es un drama de antigua data que no solucionó ningún gobierno, fuere dictadura militar o un civil legitimado por elecciones competitivas. En prácticamente todas las rutas vecinas a centros poblados y en importante número de caminos rurales, existen seudowhiskerías que no son otra cosa que prostíbulos. También es conocido que muchas de las mujeres que son obligadas a prostituirse fueron secuestradas en nuestro país o transformadas en mercancías de un infame tráfico con países vecinos, sobre todo con Paraguay. Es notorio, asimismo, que las mujeres prostituidas que tratan de huir suelen pagar con sus vidas esa búsqueda de liberación. Y es sabido que los explotadores de esos lenocinios poseen sus propios cementerios, donde sepultan a sus víctimas, sobre todo a aquellas que quedaron embarazadas y se negaron a abortar. Y que los delincuentes que no confían en el recurso de la inhumación clandestina siempre tienen disponible un quemadero de ladrillos para reducir a cenizas a las rebeldes asesinadas. Y hasta se conocen alucinantes casos de cadáveres utilizados como alimentos de cerdos hambrientos. Todos sabemos de todo eso y de mucho más. Lo que no sabemos es por qué misterio quienes no advierten las macabras actividades de esas seudowhiskerías son los policías de las zonas donde funcionan esos centros de explotación. Sólo queda presumir que esos llamados servidores del orden público son de una pasmosa ingenuidad, que se activa cuando tienen gratuito acceso a las bebidas y la carne trajinada que ofrecen esos deleznables negocios. Negocios que también son conocidos por los políticos de sus zonas de influencia, pero rara vez se escucha a uno de ellos hacer denuncias desde las tribunas, las bancas o los medios de comunicación.Por cierto, hay una gran diferencia entre las actitudes de la Policía y de los políticos: los primeros están blindados por la impunidad corporativa; los segundos, paralizados por el miedo o el dinero. ¿Y qué decir de muchos jueces y fiscales, que sólo emergen de su espeso sopor cuando el poder político procura algún rédito electoral y necesita de ellos para actuar de oficio y archivar sus procedimientos? Todos ellos –los policías, políticos y magistrados que participan o cierran sus ojos ante la trata de personas– juran a repetición dar su vida por la honradez y la lucha contra la corrupción. Quienes verdaderamente dan sus vidas son las desdichadas mujeres, secuestradas, trasladadas a lugares distantes de sus hogares y sometidas a maltratos de todo orden hasta que se resignan a la explotación de sus cuerpos, hasta la definitiva desaparición, salvo una mediación piadosa e infrecuente del destino.