Discriminación. El racismo no es “una broma inocente”
El episodio de la turista argentina en Brasil y otro aparente agravio en un partido de Champions League reafirman que las bromas y las cargadas que muchos consideran inofensivas son agresiones graves.
Dos episodios recientes volvieron a instalar un debate incómodo en Argentina: la persistencia del racismo en la vida cotidiana y la facilidad con la que muchos lo minimizan o justifican.
El primero de esos hechos ocurrió en Brasil y tuvo como protagonista a Agostina Páez, una abogada argentina de 29 años que fue detenida en Río de Janeiro tras ser acusada de insultos raciales contra empleados de un bar en el barrio de Ipanema, Río de Janeiro.
Un video que circuló ampliamente mostró a la turista mientras imitaba gestos asociados a un mono durante una discusión con trabajadores del lugar. La Justicia brasileña consideró el hecho como un delito racial, castigado en ese país con penas de hasta cinco años de prisión.
Aunque Páez quedó en libertad bajo fianza, no puede abandonar Brasil mientras continúe el proceso judicial. La acusada pidió disculpas públicas y afirmó que se trató de una broma sin intención racista.
El segundo episodio ocurrió en el fútbol europeo y también involucró a un argentino. Durante un partido entre Benfica y Real Madrid por la Champions League, el brasileño Vinícius Júnior denunció que el juvenil argentino Gianluca Prestianni lo había llamado “mono” tras un festejo del delantero.
La acusación provocó alta tensión en el campo de juego. El árbitro detuvo el partido para evaluar la denuncia, aunque no aplicó sanciones al futbolista argentino porque no pudo escuchar el insulto.
Ambos casos, con sus diferencias, revelan un mismo trasfondo: la dificultad que existe en Argentina para reconocer el racismo como un problema social real.
Con frecuencia, gestos, comentarios o burlas se presentan como simples “cargadas”, “chistes” o “bromas”. Esa interpretación, extendida en la vida cotidiana, suele impedir que se advierta el carácter discriminatorio de esas conductas.
Sin embargo, la reiteración de esos gestos o expresiones constituye una forma de racismo, incluso cuando quien las pronuncia afirma no tener una intención discriminatoria. El problema no reside en la intención individual, sino en la naturalización cultural de ciertos códigos que reproducen prejuicios históricos.
El fútbol suele amplificar este fenómeno. Las rivalidades deportivas generan un clima de competencia que muchas veces da lugar a provocaciones y cargadas. Pero lo que en Argentina se considera una burla típica de cancha tiene otra dimensión en países como Brasil, con una historia marcada por la esclavitud de la población afrodescendiente.
Argentina, en cambio, construyó durante décadas una narrativa nacional centrada en la idea de una sociedad homogénea de origen europeo. Esa mirada contribuyó a invisibilizar a comunidades originarias, por ejemplo, y a dificultar la identificación del racismo como un problema estructural. Tiempo atrás, el entonces presidente Alberto Fernández llegó a decir que "los mejicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos", con una cita erróneamente atribuida a Octavio Paz.
Episodios como los recientes debieran ser una oportunidad para revisar prácticas que muchas veces pasan inadvertidas.
La escuela, las familias y los medios de comunicación tienen un papel clave en esa tarea. Hay conductas que no se deben justificar bajo el argumento de la tradición o del humor.
Reconocer el problema constituye el primer paso para enfrentarlo.


