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Necesitamos una sociedad de iguales

Las mujeres sólo ocupan el 24 por ciento de los puestos laborales en el área de ciencia y tecnología, a pesar de que representan el 40 por ciento de los egresados de las carreras del sector.

29 de agosto de 2021 a las 12:02 a. m.
Necesitamos una sociedad de iguales
Soledad Salas y Laura Minuet, de Mujeres en Tecnología, impulsoras del WiDS 2020 en Córdoba. (José Hernández)

Un estudio demuestra las desigualdades de género que caracterizan a nuestro campo científico. Las mujeres sólo ocupan el 24 por ciento de los puestos laborales en el área de ciencia y tecnología, a pesar de que representan el 40 por ciento de los egresados de las carreras del sector.

El Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) realizó una investigación de alcance regional, en la que comparó los datos argentinos contra las realidades de Brasil y de México. El resultado fue el mismo: en los tres países se advierte un desfase similar. En otras palabras, las mujeres con vocación científica, una vez que concluyen sus estudios universitarios, encuentran obstáculos que les dificultan insertarse como investigadoras.

No es la primera vez que se analiza la cuestión. La perspectiva patriarcal, que fomenta una diferencia entre los géneros, sobrevive en todo el sistema educativo de distintas maneras. La ciencia y la tecnología siguen asociándose a lo masculino, mientras que la salud, la educación y las tareas de cuidado son vistas como femeninas.

Para revertir ese imaginario, hace falta fomentar otro patrón cultural desde el comienzo del proceso de escolarización. En la escuela, la enseñanza de las Matemáticas, por ejemplo, debiera estar mediada por una visión de género. España y otros países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) están promoviendo reformas en ese sentido.

Las sumas y las restas seguirán dando el mismo resultado. Pero si a los docentes no les preocupa que una niña desarrolle la misma confianza que un varón en su dominio de las Matemáticas, bajo el supuesto de que las mujeres luego estudiarán carreras en las que no las necesitarán, pues no tendrán la misma paciencia ante un varón que ante una mujer, entonces la baja cantidad de mujeres que siguen carreras como Ingeniería podría depender de aquella experiencia diferencial, no de una supuesta falta de interés “innata” en la disciplina o de que no sean aptas para ella.

Por supuesto, también sería necesario impedir que la “predominancia masculina” en el campo científico generara reglas de juego que favorecieran especialmente la promoción de los varones. Si una mujer decide ser madre, por ejemplo, una licencia transitoria la deja un largo tiempo sin producir nuevos conocimientos. Y si su investigación se detiene o avanza a menor ritmo, produce menor cantidad de artículos académicos, un insumo vital para sus periódicas evaluaciones, de las que dependen las promociones. El varón, en cambio, cuando decide ser padre, no enfrenta el dilema de tener que elegir entre la paternidad y su profesión, porque de sus hijos se hace cargo fundamentalmente la madre.

Por eso, en Argentina, la presencia femenina en la carrera científica es mayoritaria en los escalones iniciales de la pirámide y va disminuyendo a medida que se sube de categoría, hasta representar una minoría en la cima.

La brecha de género nos impide construir una sociedad de iguales, que es lo que necesitamos.