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La gestión no es un asunto de fe

El jefe de Gabinete de la Nación, Juan Manzur, encomendó la suerte del país a la Divina Providencia, cuando se supone que la política es la encargada de mejorar las condiciones del país.

02 de octubre de 2021 a las 12:02 a. m.
La gestión no es un asunto de fe
La súplica de Juan Manzur: “Ojalá que Dios nos ayude porque realmente nos hace falta”

“Ojalá que Dios nos dé una manito”, dijo esta semana el nuevo jefe de Gabinete de la Nación, Juan Manzur, con lo cual convirtió la gestión de las cuestiones públicas de la Argentina en un asunto de fe. Como si buena parte de lo que hay que hacer en el país dependiera de poderes ultraterrenos.

Nunca antes nos había sucedido que un funcionario designado para que las cosas mejoraran –algo que según parece no podía hacer el anterior ocupante del cargo– reconociera que ya no se trata de una cuestión de eficiencia y saberes acumulados, sino de fe. Puede inferirse, a la hora de decodificar el mensaje, que sería oportuno encomendarse a la divinidad que uno prefiera.

El deseo manifestado públicamente por Manzur adolece, sin embargo, de un aspecto discriminatorio: deja afuera a quienes son ateos o no practican religión, cuya falta de fe podrá condenarlos a una eterna y repetitiva crisis. O sea, a la prosecución de las presentes condiciones en una suerte de rulo temporal proyectado al infinito, en el que cada día el ciudadano de a pie se enfrenta con los mismos dramas que sucesivos intendentes, concejales, ministros, gobernadores y presidentes habían prometido solucionar durante sus respectivas campañas electorales.

Y es entonces cuando se escucha al responsable de coordinar a los ministerios encomendar la suerte del país a la Providencia, como si este fuera el remedio que nadie antes había considerado; el que acabará con la inflación, con la pobreza, con el desempleo, con la inseguridad y con la corrupción.

La tentación de andar involucrando a la divinidad en cuestiones tan terrenales como el déficit fiscal y la impresión a destajo de moneda sin valor conlleva, además, el riesgo cierto de comprobar que la fe no mueve montañas y una subsecuente crisis que obligaría a nuevos cambios de gabinete. Otra vez el rulo temporal de la repetición continua a la que los argentinos ya nos hemos acostumbrado a la fuerza.

Sabios como pocos, los rusos les encontraron el remedio a estas cuestiones en una simple frase: “Reza, pero no dejes de remar hacia la orilla”. Muchos ministros ignorantes del sentido práctico de la expresión siguen rezando con similar convicción a la de un jugador empedernido, seguro de que su número saldrá en el próximo tiro de la ruleta.

Lamentablemente, la fe y las convicciones religiosas, la generosidad de los dioses o el poder de las oraciones masivas nunca han remediado esas cosas de las que los hombres deben ocuparse con diagnósticos atinados, sentido común, responsabilidad, programas de gobierno y honestidad, entre otras cosas. Y ninguna de esas virtudes y aptitudes parecen estar a la vista cuando todo lo que puede apreciarse es que cambiaron las personas pero el mensaje vacuo, inocuo y desesperanzador es el mismo de antes.

De tal manera es difícil que alguien recupere la fe perdida en la capacidad transformadora de la política, que marca tanto nuestra vida en la Tierra.