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Desfiles y mezquindades

Lo más grande de los festejos fueron las multitudes y los desfiles militares, de las provincias y de los países latinoamericanos. Lo demás, una abominable exhibición de agravios y pequeñeces.

27 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Desfiles y mezquindades

La presidenta de la República, Cristina Fernández de Kirchner, viajó a Caracas para asistir al desfile militar con que su colega y amigo Hugo Chávez celebró el Bicentenario de Venezuela. Pero no pudo asistir al desfile militar con que el país celebraba los dos siglos del primer gobierno patrio. De esta contradicción podría deducirse que tiene un curioso sentido de las distancias, no sólo geográficas sino de los valores nacionales e ideológicos.

La interpretación más difundida de su clamorosa ausencia es que temía ser abucheada. Tampoco habría asistido a la reinauguración del Teatro Colón, por temor a ser silbada. Al parecer, su sentido auditivo sólo está acondicionado para percibir los vivas y aplausos de ciudadanos del conurbano, que acuden a sus actos públicos atraídos por las dádivas de todo tipo, incluidas las monetarias, o impelidos por el temor de perder algún plan de asistencia social. Por lo demás, los Kirchner jamás pueden olvidar que en 2004, en el corazón del conurbano bonaerense, más de 500 mil personas asistieron a un desfile militar, y desde entonces vetaron las paradas de las Fuerzas Armadas. Sólo la tradición y el protocolo les resignaron a aceptar la del sábado último.

Fieles a su estilo, los Kirchner se dieron su propia programa. Mantuvieron el exilio del vicepresidente Julio Cobos de los actos oficiales, y no tuvieron la grandeza cívica de invitar a los ex presidentes al banquete oficial, cualesquieras hayan sido las calificaciones de sus gestiones.

Hay en esto una ominosa sobrecarga de mediocridad intelectual y moral, un estilo bárbaro de hacer política. Sobre todo, si se recuerda a los ex presidentes del Uruguay, Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle y Tabaré Vázquez reunidos en la presentación de un libro del primero, o a los ex mandatarios de Chile Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet analizando en consulta situaciones de emergencia o participando de un festejo patrio. Eso es práctica civilizada, que nada tiene que ver con el canibalismo que los argentinos entendemos como praxis política.

El excelente desfile que clausuró los festejos no disipó la tristeza y la decepción que produce la visión de un país escindido.

El 16 de junio de 1858, en una áspera campaña presidencial, Abraham Lincoln pronunció su más dramática advertencia. Dijo: "Una casa dividida contra sí misma no puede durar. Creo que este gobierno no puede sostenerse permanentemente mitad esclavo, mitad libre. No espero que la Unión se disuelva, no espero que la casa se derrumbe, espero que deje de estar dividida. Se convertirá en una sola cosa, o sucederá todo lo contrario". Lo que sucedió fue la terrible Guerra de Secesión (1861-1865).

La ofensiva sistemática de odios, agravios y mezquindades jamás fortalecerá los cimientos de la noble casa común que es la República.