Dos tragedias y un denominador común: la imprevisión
La improvisación es una mala consejera en todos los órdenes, pero la improvisación gubernamental que cuesta la vida de personas indefensas es imperdonable. Carlos Alberto Rossi.
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la ciudad de La Plata, en la provincia de Buenos Aires, están viviendo una tragedia en simultáneo. Esta fue producida por intensas lluvias y causó varias decenas de muertes, cientos de heridos, daños materiales incalculables y un impacto enorme en todas las víctimas de estas dos importantes ciudades. Las preguntas devienen inexorables: ¿qué pasó? ¿Quiénes son los responsables directos? ¿Podrá ocurrir de nuevo un fenómeno similar?
Intentaré dar respuestas en estas líneas enfocando el problema desde la óptica legal y también desde los aspectos técnico, humano y solidario.
Óptica legal. Como en la mayoría de los países del mundo, la República Argentina tiene una Ley de Protección Civil que establece, con claridad, que, ocurrido un desastre, la atención del siniestro corresponde al intendente de la ciudad afectada. Superado el intendente o jefe de Gobierno, son los gobernadores de esas localidades afectadas quienes pasan a comandar la acciones. Y si estos se vieran desbordados, por la magnitud de lo sucedido, corresponde al Poder Ejecutivo Nacional sumarse con todos sus recursos para conducir y dar urgente respuesta a la situación generada por el desastre.
En consonancia con esta ley nacional, las provincias también dictaron en sus jurisdicciones sus propias leyes, que les indican a gobernadores e intendentes cómo se debe actuar antes, durante y después de un desastre.
En todas estas leyes, se fija como compromiso ineludible de quienes tienen a su cargo la conducción nacional, provincial y municipal trabajar en cuatro áreas específicas: mitigación (prevención), respuesta, rehabilitación y reconstrucción.
Por lo visto, leído y escuchado en estos luctuosos días, los máximos responsables de cada una de las áreas ni siquiera leyeron la ley. Digo esto porque el desorden y la desorientación imperante demuestran de manera palmaria que carecen de un plan de contingencias, el que obviamente debería haber sido implementado, practicado y valorado no sólo por las autoridades, sino también con las organizaciones no gubernamentales (voluntariado) y los vecinos en su conjunto.
Óptica técnica. Toda ciudad que se jacte de tal debe elaborar obligatoriamente mapas de riesgos, que indiquen con claridad cuáles son los procedimientos y acciones que se deben desarrollar ante distintos tipos de siniestros. No sólo deben elaborarse mapas de riesgos para enfrentar inundaciones, sino que también los debe haber para otras contingencias, como huracanes, tornados, terremotos, incendios, accidentes químicos, nucleares, etcétera.
Elaborado el mapa de riesgo, este debe ser compartido, consensuado, practicado (mediante simulacros) y evaluado en forma conjunta entre las autoridades, las organizaciones de voluntarios y la comunidad a la cual se considera que puede ser afectada. Pero todo esto debe ser realizado en el primero de los tres tiempos que tienen los desastres: el “antes” (la prevención).
Lo que no se hizo en el “antes” no se podrá hacer ni ejecutar en el “durante” ni en el “después”. Es más, si no hemos aprovechado el hermoso tiempo que nos da el “antes”, el resultado y la valoración del comportamiento de las autoridades en la tragedia serán inexorablemente negativos y a las autoridades, hostigadas por la reacción de los afectados, les harán buscar atajos políticos, excusas inadmisibles y reproches mutuos.
Pero, digan lo que digan, está claro que no sólo no hicieron las obras de desagües imprescindibles para el escurrimiento de las aguas, sino que tampoco elaboraron planes con sus vecinos, para saber qué hacer y qué no hacer en el mientras tanto. Es más, el hecho de no estar ejecutadas las obras de desagües, en Capital Federal y provincia de Buenos Aires, obligaba más a las autoridades a trabajar en planes preventivos, atento su alto grado de vulnerabilidad.
La improvisación es una mala consejera en todos los órdenes, pero la improvisación gubernamental que cuesta la vida de personas indefensas es imperdonable.
Hoy está claro que las ciudades han crecido de manera magmática, sin planificación adecuada y sin tener en cuenta que cada intervención humana importante, tarde o temprano, encontrará su respuesta en la propia naturaleza.
El desastre ya ocurrió, las vidas inocentes y los bienes se perdieron. Y mientras los funcionarios buscan el mejor asesoramiento legal y comunicacional para pagar el menor costo posible, aparecerán en los hogares de los argentinos y en las organizaciones no gubernamentales, con el apoyo de los medios de comunicación, lo mejor del ser humano: la solidaridad.
Ese valor tan nuestro que nos hace abrir placares y alacenas en búsqueda de una ayuda para abrigar y alimentar a esa enorme legión de argentinos que hoy sufren en la intemperie sus pérdidas irreparables.
*Exsenador de la Nación, expresidente del Comité de Emergencias de la ciudad de Córdoba.

