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Dos prensas

Entre la prensa de la capital y del interior, no sólo hay diferencias salariales, de vulnerabilidad o exposición al peligro, sino también de niveles de solidaridad y de atención oficial. Ricardo Trotti.

14 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Ricardo Trotti (Periodista)
Dos prensas

El secuestro de periodistas en la Ciudad de México ha puesto en evidencia la existencia de dos clases de prensa; como ocurre en toda Latinoamérica, una del interior, en las provincias, y la otra, la de las capitales o grandes urbes.

El contraste es abismal. No se trata sólo de diferencias salariales, de acceso a preparación profesional, de vulnerabilidad o exposición al peligro, sino también de niveles de solidaridad profesional y de protección y atención gubernamental.

La reacción y la presión de la prensa nacional, así como la repercusión internacional y la rapidez policial para liberar a los periodistas –dos de ellos de medios prominentes: la televisora Televisa y el periódico Milenio– contrastan con la poca atención del gobierno y la escasa solidaridad del gremio periodístico sobre la violencia y el incremento de asesinatos (70) y desapariciones (19) de informadores que se registraron con impunidad en el último lustro en el interior.

México no es la excepción. En Argentina Brasil y Colombia, la prensa nacional e internacional y los gobiernos reaccionaron ante los asesinatos de periodistas de medios importantes, como José Luis Cabezas en Buenos Aires o Tim Lopes en Río de Janeiro, o ante el ataque de los narcotraficantes a la sede de El Espectador, en Bogotá.

La prensa nacional mejicana, ahora atacada, tendrá la solidaridad con marchas y muestras de afecto. La del interior, siempre vulnerada y hasta ahora casi ignorada, seguirá esperando la solidaridad gremial y política, que sus secuestrados aparezcan y los asesinatos sean resueltos, y que el Congreso y el Poder Ejecutivo nacionales reaccionen tras un reclamo de años por mejores leyes, más amparo y protección.

Muchos, con razón, dicen que la gravedad de los secuestros de esta vez no era sólo por las capturas, sino porque el crimen organizado extorsionó a los medios para que trasmitan videos, so pena de asesinar a los periodistas. Pero en el interior –Baja California, Tamaulipas, Sinaloa o Durango– la prensa reclama desde hace años por estar secuestrada y sus líneas editoriales vulneradas. Ante la inacción, directores y periodistas admiten que se ven obligados a autocensurarse como protección o, peor aún, a dejar que los narcos dicten la pauta noticiosa, comprando silencio o titulares.

Algo de culpa. El periodismo estadounidense también es responsable indirecto de la existencia de estas dos prensas. El retiro masivo de corresponsales de suelo mejicano crea un vacío informativo y minimiza la presión sobre los gobiernos. Un solo párrafo en una tapa de The New York Times o The Wall Street Journal tiene mil veces mayor influencia y presión económica sobre un gobierno que el machaqueo continuo y de años que puede hacer un diario local.

Pero no es tiempo para rasgarse las vestiduras. Este caso de secuestros podría ser el punto de inflexión que la prensa mejicana necesitaba. El gobierno está con la guardia baja y abierto a conceder lo que se le reclama, como lo viene haciendo la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) desde hace más de una década: federalización de crímenes contra periodistas, no prescripción de esos delitos, aumento de penas contra quienes los cometan e instituciones que velen por todo esto, con recursos y presupuesto.

Pero no todo depende del gobierno, ni las marchas entre periodistas son suficientes; son las manifestaciones del pueblo a las que los políticos temen y quieren agradar.