Donald Trump como expresión de una sociedad
Trump derrumbó lo políticamente correcto de su sociedad y dio voz a millones de estadounidenses. Y ese parece ser su triunfo.
A finales de abril último, comenzaron a sonar las alarmas mundiales sobre el fenómeno de Donald Trump. The Economist describía un eventual triunfo del magnate como una tragedia para los republicanos, los norteamericanos y el mundo. The Wall Street Journal definía a la liberal Hillary Clinton como la esperanza conservadora y llamaba a adherirse a su candidatura, ya que un triunfo de Trump significaría una regresión al peor conservadurismo y enterraría, al menos por una generación, cualquier posibilidad de construcción de toda esa franja del pensamiento estadounidense. Hillary, la candidata con mayor imagen negativa que se recuerde, sería el mal menor. Si gana la candidata demócrata, sólo significará una elección perdida; el triunfo del candidato republicano podría implicar la destrucción de su partido.Todo parecía indicar que una vez obtenida su nominación, Trump se dedicaría a restañar las heridas internas y a modificar su discurso; contra todos los manuales de la seducción política, lo mantuvo y dobló la apuesta.Quizá su personalidad no le ha permitido operar los cambios necesarios para triunfar, pero un análisis más profundo lo ubica, aun con sus miles de millones de dólares, como el emergente de una cultura que representa a un vasto sector del electorado y de la sociedad norteamericana.El manejo de los resortes políticos, económicos y culturales de la democracia representativa moderna en su cuna –los Estados Unidos– ha dejado de lado a grandes sectores del pueblo que no se ven representados por lo "públicamente correcto".Es probable que, cada vez más lejos de la victoria, Trump obtenga más votos que los que las encuestas le otorgan, por la vergüenza de muchos en expresar de forma abierta su adhesión a un discurso grosero, racista, misógino y lleno de ofensas étnicas. Pero aun derrotado, habrá desnudado los temas y los lenguajes que dominan el carácter de un sector importante de la sociedad norteamericana y expondrá una brecha social profunda.Desde el podio prominente de su candidatura, se convirtió en el heraldo que ha expresado en el ámbito más elevado de la lucha política lo que se dice en las redes virtuales, y sus votantes expresan algo más que el repudio a la clase política. En los think tanks (usinas de pensamiento) estadounidenses, se está profundizando el análisis. La cómoda etiqueta de populista no alcanza.
La paradoja
La explosión tecnológica, la continua acumulación de capital en sectores cada vez más reducidos y el progresivo incremento de las desigualdades en la sociedad estadounidense no han podido explicar que el estilo de vida norteamericano haya sufrido una transformación que dejó a millones sumidos en la desorientación y la incertidumbre.
De modo paradójico, aparece un multimillonario, un emergente de las élites, con una vaga promesa del regreso al sueño americano, expresando a sectores para quienes la conversación soez y vulgar, la pornografía, la cosificación de la mujer y el rechazo a otras etnias son parte de su sentimiento y su cultura.
Trump derrumbó lo políticamente correcto de su sociedad y dio voz a millones de estadounidenses. Y ese parece ser su triunfo. Aunque pierda. Por eso, los únicos que se espantan son los que expresan a las élites que, incluso sabiendo que Hillary Clinton triunfará, sospechan que el fenómeno es más complejo y trasciende una elección o la suerte de un partido político.
El sistema bipartidista estadounidense nunca ha sido alterado o amenazado, pese a la existencia de numerosos partidos políticos de todo pelaje y color. Sólo el millonario Henry Ross Perot y el republicano Pat Buchanann desafiaron al sistema en la década de 1990, al conseguir inscribirse en los 50 estados, pero no pudieron sostenerse en el tiempo.
Ni Perot ni Buchanann se alejaron de la corrección política. Los Estados Unidos de los años 1990 exhibían una sociedad vigorosa, triunfadora de la Guerra Fría, en ejercicio del poder unipolar e irradiando una cultura popular dinámica y llena de creatividad.
No sólo cambió el sistema de poder global, sino también las relaciones internas. No importará si Trump gana o pierde.
Millones de norteamericanos piensan como él. El desafío que aparece a la vista trasciende la labor de reconstrucción del Partido Republicano y el ejercicio del poder por parte de la cuestionada y desprestigiada Hillary Clinton.
Es tarea de toda una sociedad que, si bien en su historia ha descansado en las espaldas de élites esclarecidas, hoy parece haber roto ese contrato con la amenaza de la fractura de un sistema.
En el acotado mundo de las democracias occidentales, se sigue repitiendo el fenómeno.
* Exdiplomático

