Dolor por el viejo caudillo
El 3 de julio de 1933, las mayorías expresaron, con su llanto, su conciencia del desamparo que sobrevendría. El país nunca había visto hasta allí semejante manifestación de desconsuelo.
Fue uno de los capítulos más profundos en la memoria del dolor popular argentino. La muerte de Hipólito Yrigoyen hundió en la congoja a esa inmensidad llamada pueblo, que en silencio construye la vida de un país y que en su marcha por el tiempo a veces consigue soplar las velas que trazan el rumbo del destino nacional, y otras se quedan a oscuras, de espaldas a la historia. El 3 de julio de 1933, las mayorías expresaron, con su llanto, la conciencia del desamparo que sobrevendría. El país nunca había visto semejante manifestación de desconsuelo. Cuatro días después, centenares de miles acompañarían el funeral, mientras que en todo el país los partidarios del viejo caudillo se reunían para compartir la pena. Córdoba, donde la causa radical había echado raíces fuertes, era uno de los centros más dolientes: en mareas, la gente abordaría el Ferrocarril Central Argentino para llevar a Buenos Aires su amargura del adiós. Y mientras las multitudes lloraban, había otra Argentina que, sin ruborizarse, expresaba su desprecio por el muerto y lo que este representaba. Aquel país puede parecer irreconocible para las generaciones de hoy, pero una parte esencial del presente se edificó en los agitados años de comienzos del siglo 20. Yrigoyen fue el líder que encauzó la reivindicación de los sectores que históricamente habían estado al margen de las grandes decisiones (los olvidados del interior, los trabajadores rurales, los pequeños ganaderos) y que abrió la puerta para el nuevo país que se estaba modelando con la incorporación de los inmigrantes y sus hijos, así como la conformación de una clase media que aspiraba a la movilidad social a través de la educación. La lucha que Yrigoyen encabezó como intérprete de la demanda de las mayorías fue que esa Argentina ocupara el lugar que le correspondía y que le estaba vedado por una parodia de democracia donde el voto era prerrogativa de algunos, además del siempre presente recurso del fraude.Ante estas condiciones, el radicalismo había enarbolado el abstencionismo electoral y hasta se lanzó al asalto del poder a través de las armas, como en el fracasado intento de revolución de 1905. Tanta lucha alcanzaría su objetivo cuando, ante la elocuencia de la realidad, el presidente Roque Sáenz Peña concretó la ley del voto universal, obligatorio y secreto. El pueblo había conseguido la libertad de elegir a sus representantes.Así, en 1916, las mayorías llegaron al poder e Hipólito Yrigoyen, un excomisario de Balvanera, hijo de vasco y criolla, un conductor de masas al que pocos le habían visto la cara, que jamás había pronunciado un discurso en público y que sin embargo había conseguido que su palabra se multiplicara hasta amalgamar un movimiento nacional, se convertía en presidente de la Nación.No llegaba para transformar el modelo exportador, pero sí para intentar distribuir la renta agraria, para repartir oportunidades sociales y para sostener con hidalguía la independencia frente a los poderosos.Volvió al poder en 1928 y, aunque demasiado envejecido, seguía representando al mismo país. Pero sus debilidades fueron la excusa para el aciago golpe militar de 1930.La muerte lo encontró pobre y en silencio. Y el pueblo lloró por él y por su derrota: la inauguración de la "década infame" volvería a instaurar el fraude y a amparar oscuros negociados que afirmaron una dependencia que sumió al país en una de sus noches más oscuras y vergonzosas (después, otro movimiento nacional surgiría en la escena).Pero aquel 3 de julio de 1933 ya había quedado grabado con lágrimas calientes en los ojos de la tristeza nacional.

