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Dios y Galileo, otras hipótesis

El desarrollo de las ciencias fue sumamente benéfico para la teología católica. Ayudó a que se dejara de lado una lectura acrítica de la Biblia. Rafael Velasco.

19 de noviembre de 2011 a las 12:01 a. m.
Rafael Velasco, sj*
Dios y Galileo, otras hipótesis

El artículo del profesor Roberto Rovasio titulado "Dios o Galileo, ¿una falsa oposición?", en el que hace una mirada crítica de algunas afirmaciones que atribuye al padre José Gabriel Funes, director del Observatorio Vaticano, me ha dado que pensar. En su artículo –entre otras cosas–, Rovasio sugiere la hipótesis de que el abordaje de este tema de fe y ciencia es una suerte de "estrategia" de la Iglesia Católica para querer decir que ambas –fe y ciencia– se "complementan a la perfección", una suerte de estrategia ubicua para "no quedar afuera" y pretender algo que no es.Es verdad que la historia da varios indicios negativos: han sido numerosas las atrocidades realizadas por la Iglesia en su afán de sostener su hegemonía en el terreno de la verdad; es verdad que hay aún sectores eclesiales bastante fundamentalistas. Pero pretender que de Galileo a nuestros días no se ha avanzado nada y que sólo se han dado cambios "estratégicos", es manejar la hipótesis más negativa. Otras hipótesis posibles. El interés de la Iglesia por la ciencia y su intención de dialogar podría responder también a otras hipótesis: por ejemplo, el interés genuino. Indicios: existe una academia pontificia de ciencias creada en 1603 (¡cuyo primer director fue casualmente Galileo!) a la que pertenecieron y pertenecen numerosos premios Nobel, como Ernest Rutherford, Max Planck y Niels Bohr. La historia, además, muestra que innumerables avances científicos fueron fruto de descubrimientos de clérigos; el Observatorio Vaticano fue creado no ayer, sino hace 120 años. Se podría seguir.Otra hipótesis sería que el desarrollo científico ha planteado importantes preguntas a la teología y que esta las asume y trata de comprender mejor sus propias formulaciones teológicas.De hecho, el desarrollo de las ciencias fue sumamente benéfico para la teología católica. Ayudó, justamente, a que se dejara de lado una lectura literalista acrítica de la Biblia, para avanzar en una reflexión crítica de los textos (que son la fuente de la fe de los cristianos).Ayudada justamente por ciencias como la historia, la lingüística, la paleontología y la arqueología, la teología fue profundizando en una mejor comprensión del mensaje de las escrituras.La crítica literaria de los textos ayudó a descubrir la diversidad de géneros literarios que hay en la Biblia (poemas, evangelios, cartas, apocalipsis, etcétera) y que cada género tiene su diversa clave interpretativa literaria; la crítica histórica ayudó a comprender la historicidad (o no) de algunos textos y contribuyó a una comprensión del contexto en el que fueron escritos, para evitar interpretaciones anacrónicas. Y así podríamos seguir.Por ejemplo: los relatos del libro del Génesis que cuentan la creación quedaron demostrados como géneros literarios (mitos) que pertenecen a dos tradiciones teológicas e históricas muy diferentes –separadas por 500 años–, que no pretenden decir cómo fue la creación sino qué sentido tiene todo lo creado y la vida del ser humano en este mundo (desde la fe, claro está). Y así se pueden citar innumerables ejemplos más.Esta lectura crítica de la escritura ayudó a comprender en qué sentido podemos interpretar la Biblia sin confundirla con un libro de historia o un libro que tenga verdades científicas. La Biblia es un libro que contiene verdades útiles para la fe y la felicidad de las personas.Es verdad –Funes también lo afirma en sus conferencias– que fe y ciencia son diversos por sus métodos y por sus pretensiones. No hay por qué intentar compatibilizar dos modos de pensar y de conocer diversos. Hablan desde métodos y perspectivas diferentes. Nuevas perspectivas. Los cambios de perspectiva que ha habido en la Iglesia Católica respecto de la ciencia y de casos como el de Galileo son fruto de esta evolución –tal vez demasiado lenta– del pensamiento del magisterio católico, que fue asumiendo lo que la teología ha ido descubriendo y elaborando con la ayuda de algunas ciencias. En este sentido, el Concilio Vaticano II significó un cambio grande (una suerte de revolución copernicana) en la comprensión de la Iglesia Católica respecto de la modernidad. Desde estas cuestiones, tal vez se comprenda el interés real por el conocimiento científico y la posibilidad de diálogo (que no significa pretensión de compatibilizar o colonizar) entre el mundo religioso y el mundo científico. Un diálogo que al menos desde un sector de la Iglesia consideramos positivo.Como se ve, hay otras hipótesis interpretativas. El profesor Rovasio eligió una. Tal vez estos indicios que refiero aquí no son demasiado conocidos. Es verdad que Rovasio no tiene por qué saber todas estas cosas... pero al menos debería saber que las ignora.

*Rector de la Universidad Católica de Córdoba