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Dígale usted

“Dígale usted”, suplica la madre de Juanchi, un adolescente que no se separa del teléfono celular desde que lo recibió en su cumpleaños número 12.

21 de febrero de 2016 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski | Médico
Dígale usted

Dígale usted", pide la mamá de Ramiro, un varón de 2 años con ojos de yo no fui. "Que no coma tantos caramelos, porque después no prueba bocado". La pediatra mira al niño, luego a la madre, y pregunta: "¿Y quién compra los caramelos?". "Dígale usted", suplica la madre de Juanchi, un adolescente que no se separa del teléfono celular desde que lo recibió en su cumpleaños número 12. "No lo deja ni para ir al baño; chatea día y noche; creemos que está enfermo. Pensábamos que íbamos a estar más conectados, por seguridad, ¿vio? Pero no. Dígale usted, a ver si la escucha".La psicopedagoga (consultada por dificultades en el aprendizaje de Juanchi) se acomoda los anteojos y suspira."Dígale usted", reclama el padre de Guada, una nena de 4 años, sonriente y silenciosa. "Cada mañana elige la ropa; que esto no pega con aquello, que polleras no, que quiere lentes de sol... Al final, llegamos siempre tarde al jardín. Yo le hablo, pero es inútil. Dígale usted". El pediatra observa y recuerda varias consultas similares durante la semana."¿Y si se lo dice usted?", imploran los padres de Julieta. La maestra los citó para conversar sobre la niña, que acaba de cumplir 9 años. "Descuida los útiles escolares, no quiere usar delantal, come en clase y no escucha consignas". La seño propone revisar los rituales de convivencia, pero los padres confiesan que "es imposible; Juli tiene un carácter fuerte y no acepta órdenes. Ya no sabemos qué hacer; en casa, es peor", remarcan. "Usted podría enseñarle modales y ponerle límites, porque a nosotros... ni nos mira".Pedagogos, pediatras y docentes –entre otros profesionales– son convocados con frecuencia a intervenir con niños díscolos.Algunos padres coinciden en la sensación de que su palabra ha perdido valor. Piensan que otro –experto, versado o especialista– podría aportar la "palabra autorizada" para modificar esas conductas infantiles que se han desbordado.La expresión "dígale usted" es una alarmante confesión de impotencia. Los chicos perciben esa caída de la autoridad paterna y muestran síntomas de modo rotundo.Esto no ocurre en todas las familias, pero sí en las suficientes como para que los profesionales interpelados reaccionen, al menos exponiendo las situaciones que conducen al desesperado "dígale usted".Las extensas jornadas laborales –tanto de padres como de madres– dejan a muchos niños al cuidado de otros. Así, padres e hijos pasan separados la mayor parte del día, porque "hay que llegar a fin de mes". Pero, a la hora de reencontrarse, es difícil establecer claras pautas de crianza. Chicos expectantes y padres permisivos (ambos cansados) construyen otros rituales de alimentación, descanso y juegos, más relajados y caóticos.Los mayores sienten culpa por haber estado ausentes y los chicos quieren cobrar esa deuda de ausencia. Las rutinas se relajan. Los hijos se van transformando en socios con voz y voto sobre cada decisión doméstica.No pocos padres confiesan: "Después de estar todo el día afuera, no quiero que duerma en su cama; la/lo llevo a la nuestra". Otros no quieren "arruinar la cena, el único momento en que –aseguran– comemos juntos".En algunos casos, la falta de rituales ya viene incorporada en los mismos padres, que no cambiaron su vida anterior sin chicos y siguen comiendo en la cama, despreciando el desayuno, abusando de golosinas y multiconectados.Mejor dígale usted que apague el celular.Dígale usted que caramelos, sí, pero no todos los días.Dígale usted que es bueno estudiar.Dígale usted –padre/madre– que trabaja mucho pero que piensa en ellos; que los extraña y que los elige cada día.Explique que una amorosa autoridad paterna es indispensable.Pero sea usted el que habla. Para no caer en la impotencia de pedirle a otro que diga lo que a usted le corresponde.