Un difícil camino
Hace 17 siglos que la Iglesia Católica, de distintas maneras y grados, lleva en sus entrañas una estructura imperial. Esta es la realidad con la que se debe enfrentar Francisco. Oreste Gaido.
Seguramente, con el paso del tiempo se irán aplacando los arrebatos emocionales provocados por el papa Francisco y llegará el momento de las evaluaciones objetivas que eviten frustraciones y desencantos tan propios de nuestra experiencia. No hay que subestimar los primeros pasos, muy alejados de la banalidad y demagogia que produjeron el embelesamiento nacional. No es poca cosa abandonar de pronto expresiones mayestáticas, el boato y la opulencia, toda una simbología teatral propia de los imperios. Pero conviene decirlo con absoluta claridad: se trata sólo de signos externos, visibles, detrás de los cuales yace una realidad, una dura y más que prolongada realidad: la Iglesia Católica hace 17 siglos que, de distintas maneras y grados, lleva en sus entrañas una estructura imperial. Esta es la realidad con la que se debe enfrentar Francisco, obviamente no tan fácil de suprimir como sus signos. La cristiandad. A partir del siglo IV, con Constantino y la imposición de la Iglesia como depositaria de la religión del imperio, comienza en ella una concepción convertida con el tiempo en germen de su conversión lisa y llana en poder político y temporal. El cristianismo de la Iglesia primitiva, comunidad evangélica, se convierte en cristiandad, cuya concepción dominante es la absorción por parte de la Iglesia de la sociedad civil. Esta no existe sino como derivación de quien posee la verdad absoluta; su naturaleza emana de una mera delegación de la autoridad eclesiástica.Esta estructura imperial de la Iglesia, además de todos sus símbolos que aún perduran, da comienzo a una estructura sociopolítica, una estructura de cristiandad que exigía autoridad monárquica, organización centralizada, dinero, territorios y hasta ejércitos para su expansión y defensa. La neocristiandad. La historia demuestra que la sociedad no se dejó absorber tan fácilmente y siguió su imparable camino de secularización, independencia y autonomía. Hechos históricos memorables y harto conocidos constituyeron fuertes cachetazos a una Iglesia de cristiandad convertida en estados pontificios, que, con suerte diversa en su expansión, terminaron en 1870 con la unificación de Italia, en las pocas tierras del actual estado vaticano. Frente a la contundencia de los hechos, y frente a un mundo de espaldas a ella, la Iglesia terminó aceptando su autonomía pero, abroquelada en sus últimas 44 hectáreas, se siguió manteniendo como estructura imperial, con la mayoría de sus atributos. Reconoció la existencia de la sociedad civil secularizada, pero en vez de dejarse absorber por ella en una actitud de puro servicio, tal como lo exige el Evangelio, construyó una sociedad paralela con sus viejas estructuras, emulando a menudo en muchos niveles sus instituciones (educativas, recreativas, políticas, asistenciales), pero especialmente convirtiéndose en factor de poder institucional al presionar sobre la cúspide del poder civil. Nace la estructura de neocristiandad imperante y con vida vigorosa en la actualidad. Teísmo metafísico y teísmo mitológico. Como cualquier institución con historia, también la Iglesia manifiesta, en sus formas concretas, profundas raíces doctrinales. A la estructura de cristiandad y a su adaptación moderna de neocristiandad corresponde un teísmo, o mitológico o metafísico, que marcó fuertemente el centro de su mensaje, la imagen de Dios. O bien se lo presentaba envuelto en mitos, en construcciones de la fantasía y la imaginación que pusieron a Dios en los límites de un cuento o de una fábula propia de niños o mentes primitivas. O bien a Dios se adhería como el ser absolutamente otro, inmutable, creador increado, todopoderoso, omniperfecto, conceptos propios de la clásica metafísica griega racionalista que selló fuertemente la teología católica y que iba en detrimento y subvaloración de lo creado, del espacio, del tiempo, de la historia. A estos teísmos se contrapone el teísmo evangélico, que presenta un Dios hecho hombre, carne, Jesús de Nazaret, que baja a la tierra lo sagrado y que con su vida testimonia y da sentido a la esencial dimensión trascendental del ser humano, depositando en la construcción histórica basada en la solidaridad del amor, la única obligación para quien opte por él.Obviamente, en este teísmo evangélico no hay lugar para estructuras de poder. Hay sólo lugar para el testimonio y la proclamación de la palabra. Para la presencia silenciosa como levadura, semilla que debe morir, fermento, humilde señalamiento de un camino que se debe elegir libremente y no bajo la presión de ningún poder en nombre de Dios. Complicaciones. Cabe preguntarse qué puede hacer el papa Francisco para que sus gestos no caigan en lo que un importante intelectual osadamente denominó superchería. En primer término, romper rápido con la estructura de neocristiandad. Limpiar la administración curial dominada por una burocracia celibataria dedicada al poder y al dinero. Preguntarse por la razón profunda de la extendida pedofilia en su seno. Preguntarse qué finalidad tiene su diplomacia que inunda de nuncios al mundo entero.Llamarse, pero especialmente comportarse como obispo de Roma, con lo que esto significa de colegialidad de la Iglesia universal, y no monarca, y para colmo infalible.Con respecto a su testimonio docente, aceptar el supremo don de la libertad del ser humano. Él es quien en definitiva resuelve en la profundidad de su conciencia. Si, como es su deber, habla del aborto, de la familia, del celibato, de la igualdad de sexos, descubra por fin que la sagrada libertad humana brota de construcciones culturales que maduran con el paso del tiempo.Que la Iglesia se meta en la sociedad civil, mejor sin ser notada. El compromiso es de los bautizados, no de la institución. Ya dijo Francisco que la Iglesia no es una ONG. Debería decir con igual firmeza que no es una corporación. Y si se preocupa valientemente por los pobres, que no sea para prometerles el reino de los cielos, sino para que se conviertan en sujetos activos del acontecimiento político, para que democráticamente y sin mesianismo ni violencia se alcancen la justicia y la equidad.
*Licenciado en Filosofía y Teología por la Universidad Gregoriana de Roma y por la Universidad estatal de Innsbruck, Austria. Exdirector del Studium Theologicum del Seminario Mayor de Córdoba

