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Días contados: Nisman

16 de mayo de 2015 a las 12:01 a. m.
Días contados: Nisman

Antes El 18 de enero se iba sin herencia. Yo estaba relajado, mirando la tele. Tirado sobre el sillón después de haber presenciado un anodino empate entre River y Estudiantes, por una de esas copas de verano que a nadie importan. No tenía más expectativas que dar con algún resumen de goles europeos para cerrar el día. Repasé los canales de deportes, pero nada pedía demasiada atención. Así que me puse a mirar los tuits en mi teléfono, que tampoco prometían demasiado pero siempre distraen.No recuerdo exactamente qué decía el primer mensaje que mencionaba a Alberto Nisman, pero sí el tono. Era una queja. De alguien contra alguien, que lo retaba por la ocurrencia de decir, nada menos, que al fiscal de la causa Amia acababan de encontrarlo en su departamento, sobre un charco de sangre, en un extraño incidente. Imposible. Una broma de red social, pensé. La creatividad argentina suele derrapar a ciertas horas.Cerca de las 23.40 comenzó a circular más información. El periodista Damián Pachter fue quien había avisado minutos antes (23.35) de un "incidente" con Nisman y eso había provocado una secuencia de tuits inabarcables.Recuerdo, sobre todo, que en aquel momento pensé en mis compañeros del diario. Pensé que una broma así sólo divierte a todos, menos a los que están por cerrar una edición de un periódico o a los que están editando una web y deben, por defecto, ponerse a chequear todo tipo de data que llega. Alguien dijo lo mismo en otro tuit y me reí. Era ridículo siquiera el intento de engañar con esa información. De tanta gravedad. ¿Nisman muerto? Ja.Deje los tuits, fui hasta la heladera, me serví Coca Cola y volví a ver la tele. Quise apagar el teléfono, casi como un gesto de protesta, pero volví a mirarlo. Busqué a Pachter. Lo estaban insultando porque, después de haber dicho que había un "incidente" con Nisman, pedía paciencia porque estaba "chequeando". Cómo podía ser tan irresponsable de dar una noticia sin haber corroborado la veracidad, me dije.Llegó la medianoche sin goles europeos. Yo debía estar ya en la cama. Pero no. Algo había en ese runrún pesado y confuso. Algo que comenzó a hacerme ruido. No sé qué nuevo tuit leí, pero empecé a sentirme incómodo. Varios periodistas la seguían contra Pachter porque no se rectificaba sobre el "incidente" con Nisman y entonces pensé que, si en ese instante yo hubiera estado en Buenos Aires, me subía al auto y me iba hasta Puerto Madero. Seguro. En ese divague estaba cuando di con el periodista Gabriel Bracesco, a quien no conocía ni seguía en Twitter.Uno desarrolla cierto olfato y puede determinar, con cierto porcentaje de acierto, si es "verdura" una versión periodística o si tiene algo que podría estar abriéndonos una puerta. Con lo de Nisman, olía a lo segundo.Bracesco hizo lo que había que hacer: fue el primer periodista en subirse a su auto, dejar su casa y llegar hasta Puerto Madero. Le di "seguir" en Twitter y no volví a despegarme de su time line hasta hoy.Lo demás, es conocido. Pachter tenía razón: Nisman estaba muerto. La tele empezó a informar mucho después que Twitter y la noticia conmocionó a todo el país y rebotó por el planeta.Recién a las 5 de la mañana, apagué la tele y el teléfono. Mi familia dormía, pero yo no pude relajarme. Habían encontrado muerto al fiscal más importante de la Argentina, el que acababa de denunciar a la presidenta de la Nación. Era contemporáneo de esa noticia, pero no me lo creía.Varios amigos, como yo, se habían quedado despiertos. Hacía horas que comentábamos, vía WhatsApp, lo que veíamos. Comentábamos una noticia que nos sobrepasaba y que sintonizaba en nuestra capacidad de asombro. Uno en México. Otro en Suiza. Como si estuviéramos en una larga sobremesa con una resaca absurda. Durante El lunes desperté temprano. Había dormido lo que pude y volví a encender el teléfono. Desde ese día, no hice otra cosa que pensar en aquella noche. Pasé más de tres meses atado al caso. A niveles de encandilamiento que superan mi media. Leí, leí, escuché todo lo que pude y no lograba levantarme sin que el primer pensamiento del día fuera qué pasará en las próximas horas en el caso Nisman. Nada extraordinario, si no hubiera empezado a notar ciertas alteraciones en la conducta diaria. Extraños casos de desconexión. Como el de la tarde en la que fui a la cocina a prepararme un sándwich. Estaba atento a la televisión, no sé por qué nueva revelación de la Justicia.Me armé el bocado, envolví la mortadela y la guardé. Volví al televisor y entonces mi esposa me chistó. "¿Viste lo que acabás de hacer?", me preguntó. La miré curioso, sin saber qué devolverle como respuesta."Guardaste la mortadela en el cajón de las herramientas", me respondió, sin darme tiempo a explicarle nada.Quedé estupefacto. No recordaba haberlo hecho. La memoria a corto plazo estaba anulada. Supuse, rápido, que era una broma; pero no lo era. La mortadela estaba ahí. En el cajón de las herramientas.Me reí, nervioso, y volví a sumergirme en el caso Nisman. La voracidad por atrapar un pedazo más de la historia se comió la torpeza de mi proceder con el embutido. Unas horas después, a punto de dormirme, supuse que había sido un hecho aislado en mi conducta, así que podría contarlo como anécdota.Pero no fue un hecho aislado. Días después volví a desconectarme. Atrapado por el noticiero del mediodía, vaya a saber con qué nuevo detalle del departamento del fiscal, me llegó una alerta de esas que avisan el vencimiento de una boleta del teléfono.Salí rumbo a un RapiPago para pagar la deuda (porque me iban a cortar el servicio). Salí sin llevar la factura. Pero, pensé, como podía darle mi número al cajero, daba lo mismo. Así que llegué al local, mencioné las siete cifras de mi cuenta y, cuando la chica me dijo cuánto era, aboné y salí.A los dos días, me cortaron el teléfono. Qué raro, si yo había pagado la deuda. Entré al sitio on line de Telecom y verifiqué la deuda. Y estaba igual. No había sido cancelada. Volví al RapiPago en el que había estado horas antes, repetí la acción y, cuando terminé de mencionar en voz alta el número telefónico, me iluminé. O me conecté. Estaba repitiendo las mismas cifras por las que ya había pagado."Pará –le dije a la chica– porque creo que ese no es mi número". La mujer me miró con una sonrisa incómoda. Sin entender. Le pedí unos segundos y busqué en mi bolso el ticket anterior.Efectivamente, había pagado la factura de otro cliente. El número que había tenido yo, pero seis años atrás, en otra casa, en otro barrio. Sentí un vacío y guarde el ticket . Sin aclararle nada a la cajera. Ahora sí, pagué por mi línea y me fui.Me fui, apesadumbrado y preocupado. Absorto ante tanta desmemoria. Me estaba pasando algo parecido a lo del protagonista de Memento , ese personaje de la película de Christopher Nolan que debía escribirse en la piel las últimas acciones de su vida porque las olvidaba enseguida.O tal vez sólo era un argentino más, absorbido por una situación inédita y subyugante. Un tipo que vivía una alteración que terminaría alguna vez (seguro, en los próximos días) y con ese final, yo dejaría de comportarme como un enfermo.Me tranquilicé porque opté, de manera arbitraria, por la segunda opción. Debían ser las características extraordinarias de un hecho que, una vez desinflado, no volvería a encadenarme. Con el tiempo, todo se aclararía y lo de Nisman pasaría a la historia.Así que les conté las dos anécdotas a mis amigos, se rieron un poco y yo me tranquilicé. Ninguno le dio demasiada importancia; además, ya no había tanta data del caso en la tele o en los diarios. Empezaba el efecto "desinflamiento". Después Tiempo después, entendí que el caso Nisman había invadido mi cotidianidad a niveles de colonización. Más allá de la mortadela y el teléfono. Sentados a la mesa, almorzábamos mi hija de 6 años y yo. El tele prendido con el caso del fiscal, otra vez, y yo siguiendo las noticias, otra vez. De nuevo absorbido. "Pa, al final: ¿lo mataron o se mató?", me preguntó mi niña. Ni idea cómo había llegado a semejante duda. Pero ahí estaba, preocupada por un tipo que hasta enero de este año ni ella ni yo, ni la mayoría del país, conocía. La miré, sonreí y apagué el aparato apretando el botón off del control con fuerza. Cerré los ojos un par de segundos, respiré hondo y tomé un trago de agua. Luego de pedirle perdón a mi hija, me propuse dejar de consumir como adicto toda esa información que no paraba de fluir. Como, supongo, ese tipo de decisiones que se toman para dejar un vicio profundo y que necesitan ser acompañadas por mucha voluntad.Ayudó que de a poco, y como la causa avanzaba cada vez menos (todavía no sabemos si se mató o lo mataron), la parafernalia mediática se fue desinflando. Pero, aunque eso ocurrió (sigo pensando que soy parte de una novela de policial negro, aunque sin la gracia ni el cinismo de mi querido Raymond Chandler), las recaídas son fáciles y tentadoras.Así que ahora disimulo un poco en casa (suelo llevarme el teléfono a escondidas, para no dar indicios de mi debilidad, y me pongo al día con Bracesco y con otros que se han convertido en expertos). Hasta soy capaz de responder con un "no sé" cuando alguien, en una mesa de domingo, saca el tema de Nisman.Pero, cuando quedo solo, admito, mirándome al espejo, que nunca voy a dejar de sobresaltarme por alguna alerta ante cada novedad. Por periodista y por argentino. Sigo leyendo todo lo que se publica (me devoré el libro de Gerardo Young que, por otra parte, es buenísimo y muy revelador) y sigo pensando en lo tristemente extraordinario de haber sido contemporáneo del caso Nisman.Eso sí, quizá nunca pueda responderle a mi hija qué pasó aquella noche del 18 de enero de 2015. Ni yo... ni nadie.