Día de la dignidad
El feriado del martes no lleva consigo nombres propios sino el colectivo superior, ése que reclamó ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho en la familia. Alejandro Mareco.
Las palabras no son precisas; son el resultado de centurias y hasta milenios de búsqueda para aprehender un concepto. Pero si acaso terminan siendo escurridizas, es que los conceptos también lo son: o es que vuelan como una hoja en los vientos de la historia, o es que los ojos que los oyen los tienen grabados en el corazón con distintas emociones, y las emociones son las que les dan sentido, finalmente. Ya lo decía el escritor checo Milan Kundera: para él, “manifestación-multitud” representaba el total que suprimía las identidades individuales; años después, en su exilio francés, advertiría que, al revés de la contrariedad que le causaban esos conceptos, para su novia francesa invocaban una luminosa puerta abierta hacia la libertad, la justicia, el final del atropello, y siguen los conceptos… (esto está escrito en La insoportable levedad del ser ). En una entrevista de extraordinaria sustancia publicada ayer en estas páginas La dignidad es un concepto difícil para unos, sencillo para otros. La Real Academia se la destina a los reyes, los papas, los obispos, los generales… Cuando uno busca un sinónimo, se encuentra con la palabra decoro: “Nivel mínimo de calidad de vida para que la dignidad de alguien no sufra menoscabo”. Hasta el diccionario está hecho para halagar a los poderosos. Pero todos sabemos, con el pecho, lo que significa. El martes será otro día de la dignidad, locro incluido.

