Temas del día:

Día de la Industria

El mundo futuro no es promisorio en lo económico ni en lo espiritual. Pero es probable que antes de fin de siglo haya grandes revoluciones.

02 de septiembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
Día de la Industria

La Real Academia consigna que el uso del término “industria” es ya frecuente en el Siglo de Oro español (siglo 15 y parte del 16) como “maña, destreza o artificio para hacer algo”.

En segunda acepción, en 1843, añade: “Operaciones materiales ejecutadas para la obtención, transformación o transporte de uno o varios productos naturales”.

Precisamente en dicho siglo, el 2 de septiembre de 1587, salió, desde el puerto de Buenos Aires procedente de Tucumán y con destino al Brasil, el primer cargamento; la primera exportación de nuestro país.

Consistía en lienzos, mantas, frazadas y otros productos elaborados en el Norte. Todavía no llevaba la leyenda “Industria argentina”, pero, en reconocimiento de tal hazaña, se designó esa fecha como Día de la Industria.

¿Y de qué manera llegaron al puerto porteño? Es que todavía en plena Ilustración (siglo 18) por la ruta del Alto Perú, de Buenos Aires a Salta, un camino de l. 600 kilómetros, el viaje de ida y vuelta duraba unos tres meses.

Salían 10 o 12 carretas también fabricadas en Tucumán. Todas de madera y cueros; nada de metal. Las ruedas de madera, tucumanas, de dos metros de diámetro, aguantaban cuatro viajes.

Todo en el vehículo, y en su carga de unas cuatro toneladas, se ataba con tientos que vendrían a ser el antecedente del alambre que posteriormente se convierte en el símbolo de la “Industria argentina”. Y siempre se repite que “el argentino arregla todo con un alambre”: un motor, un grifo, un mueble, una bicicleta y hasta un alambrado. A lo mejor es por eso que la Academia mantiene, en la definición de “industria” y en primera acepción, los calificativos de maña y destreza.

A principios del siglo pasado, se hacía más evidente que la industria pugnaba por imponerse como la base de la civilización en una competencia internacional.

Las influencias financieras y políticas invadían las fronteras de casi todas las naciones. Asimismo, desde que comenzó la globalización (industrialmente, mayor concentración; socialmente, menor distribución) se tiene la impresión de que los de abajo se van más abajo y los de arriba, más arriba.

El individuo y la legislación, por su parte, se van acostumbrando a ejercitar la previsión en vistas a una industrialización basada en una tecnología creciente. Los empresarios y los gobernantes quieren encontrar a quiénes hacer responsables de sus fracasos, de la pobreza, inflación o cualquier otra crisis económica.

En el siglo 20 y hasta hoy, en muchos de los países “subdesarrollados” se acentúa cierta indiferencia por la acción que signifique un esfuerzo personal para progresar. Resulta más cómodo esperar el paternalismo del Estado porque la globalización dispone cómo debe trabajar el individuo y en qué industria.

Los países “desarrollados” continúan encaminados hacia aquel peligroso final que ya insinuó la carrera armamentista (llámese “la industria de la guerra”), que marca el rumbo de la venta de armas. Esa industria clandestina, como la de las drogas, parece imposible de controlar.

El mundo futuro no es promisorio en lo económico ni en lo espiritual. Pero es probable que antes de que finalice este siglo haya grandes revoluciones científicas y políticas. Seguramente con el monitoreo del mapa del cerebro se tendrá mucho más claro cómo se comunica el pensamiento entre neurona y neurona y se aclare el problema de qué es la conciencia.

La industria del cerebro electrónico no nos disputará el manejo del mundo, pero logrará orientar al hombre sobre bases menos destructivas. Así, con una moral sólidamente fundada en el bien, se podrá vivir en esa paz que hoy reclama la mayoría.

*Periodista.