En el día del aborigen
Ponemos énfasis en denunciar una felonía cometida hace siglos por el conquistador, pero hoy se cometen crímenes contra los indígenas. Arnaldo Pérez Wat.
Los indios quilmes, unos 1.800, fueron expulsados de Tucumán por el gobernador Alonso Mercado y Villacorta, en acuerdo con la Real Audiencia de Buenos Aires. La penosa marcha salió en 1665. Un tercio quedó en Córdoba, otros escaparon y 750 llegaron a Buenos Aires. Allá fueron explotados hasta principios del siglo XIX. En su reducto inexpugnable de los valles, habían desafiado a los españoles durante 130 años, hasta que los redujeron por el hambre, pues nunca pudieron ser tomados por asalto en sus parapetados desfiladeros. Sentados en la roca del valle andino, el gemir incesante del viento les indicó el destino inexorable de su raza. La sangre de aquellos indígenas ha quedado cubierta por el tiempo y por las grandes ciudades. Ahora, por sus caminos transitan solapadas intenciones. Sobre la Cordillera, más arriba de su imagen, más arriba del viento, los satélites espían y traen otras estrategias. El materialismo avanza más velozmente en distintos sentidos, porque sobre el planeta ya no hay tierras para conquistar sino sólo para colonizar (comprar o esquilmar). El conquistador apareció destruyendo y dominó. Hoy, no hay hado nefasto ni fantasmas sino en el recuerdo; hoy todo está en el mundo interior, en la ambición que degenera en codicia. Una mirada despectiva. En febrero, murieron en Salta varios collas acosados por el hambre. El gobernador Juan Manuel Urtubey deslindó responsabilidades y recién cuando la prensa se puso a contabilizarlos, se dispuso a tomar medidas. La mitad más uno escuchaba la noticia y se encogía de hombros. Parece natural: desde nuestro sillón, no podemos extender la mano y detener la topadora que hace tiempo deja sin agua a sus asentamientos y a los de Formosa. Ponemos gran énfasis al denunciar una felonía cometida hace siglos por el conquistador y retaceamos nuestras energías para comprometernos con alguna ONG, o con lo que fuere, para evitar el crimen de lesa humanidad que se comete hoy con el indígena.El 29 de agosto de 1946, la Cámara de Diputados de la Nación comenzaba a sesionar por la tarde. La sexta edición de los diarios informaba sobre el "sacrificio" que realizaba un contingente de aborígenes que había llegado caminando desde el norte, al mando del teniente Mario Augusto Bertonasco. Venía a pedirle al coronel Juan Perón el título de las tierras que trabajaba en Salta y Jujuy.LR1 Radio El Mundo recibió a un grupo de esos nativos en una audición nocturna del periodista uruguayo Juan José de Souza Reilly. Éste cedió el micrófono a un pequeñito que se quedó mudo. Se escuchaba que le dictaban desde atrás para que dijese "buenas noches". No hubo caso. No faltó quién comentara: "¡Pero cómo traen esa gente a una emisora!" Son juicios equivalentes, más o menos en la misma proporción, a los que emiten hoy quienes llaman "bolitas" a los descendientes de incas que vienen en busca de trabajo.El contingente llevaba varios días en la Capital Federal, pero el acontecimiento no era noticia pues los legisladores estaban con un problema mayor. Por fin, el Gobierno resolvió devolverlos a sus pagos y les facilitó un tren, pero el grupo se negaba a regresar. Con una compañía de gases lacrimógenos, efectivos de la Prefectura y un cuerpo de bomberos, los hicieron circular y los metieron en el convoy. Irónicamente, cerca de tres siglos y medio después de la expulsión de los quilmes, también por el Camino Real, los collas hacen casi el mismo recorrido, pero a la inversa, en busca de prosperidad.

