Detrás del entusiasmo, los nuevos desafíos
La recuperación de la petrolera, en la que prevalecieron los argumentos emocionales sobre la justificación racional, le devolvió al oficialismo el clima épico. Carlos Sachetto.
A quienes integran la primera línea del cristinismo duro, les cuesta mucho no dejarse llevar por la euforia de los buenos momentos. Cada vez que contabilizan el beneficio de una iniciativa de Gobierno que les hace recuperar adhesiones, fantasean con la eternidad del poder y vuelven a convencerse de que todo es posible. Imaginan entonces que con el solo impulso de los deseos y la ausencia de alternativas políticas serias, podrán reformar la Constitución y preparar para más allá de 2015 la tercera presidencia de Cristina Fernández.Esa fue una de las primeras actitudes que se disparó tras la estatización de YPF, iniciativa que también fue acompañada por la oposición parlamentaria. Hasta entonces, el Gobierno transitaba por un camino de intrascendencias, errores y desdichas que lo alejaba en forma paulatina de los niveles más altos de popularidad. Para adelante. La recuperación de la petrolera, en la que prevalecieron los argumentos emocionales sobre la justificación racional, le devolvió al oficialismo el clima épico. Para celebrarlo, nada mejor que la ruidosa demostración de fuerza en Vélez, y a la vez el avance silencioso de todas las operaciones puestas en marcha bajo la consigna del "vamos por todo". Se incluye, por cierto, evitar que la Justicia ponga trabas. Dentro de esa inocultable algarabía, en lo alto del poder subyacen algunas preocupaciones y temores. "El efecto YPF durará sólo unos pocos días más", reflexiona un ministro que siempre mira el futuro con optimismo. El impacto de la quita de subsidios a los servicios públicos, que ya se siente en los sectores medios, y la inflación real que golpea a todos pero empobrece a los de menores ingresos siguen siendo una amenaza permanente, pero no la única.Aunque no haya un reconocimiento explícito del oficialismo, hay dos cuestiones sobre las que el Gobierno despliega por estos días toda su capacidad de operar. Una es el encauzamiento del conflicto con el camionero Hugo Moyano y el futuro de la CGT. La otra es la aprobación en el Senado del pliego de Daniel Reposo, propuesto por la Presidenta para ocupar la Procuraduría General de la Nación en reemplazo de Esteban Righi.La preocupación por Moyano parte del convencimiento de que se ha llegado a un punto sin retorno, porque a Cristina ya no le interesa ningún arreglo con él. En el mejor de los casos, el camionero quedará fuera de la CGT y habrá ruptura en el movimiento obrero. Pero admiten en el Gobierno que Moyano conservará por algún tiempo, con su poderoso gremio y algunos aliados, una peligrosa capacidad de daño a través de los conflictos laborales. Hasta donde llegue esa pelea, llegará también un nuevo desgajamiento del peronismo tradicional. Pero eso no inquieta al cristinismo, porque si hay algo de lo que estuvo vaciado el acto en Vélez, fue de contenido peronista. La joven militancia y una nueva simbología pasaron a decorar las modernas escenificaciones del aparato político de Cristina.La otra obsesión oficial es contar con los votos suficientes para que el Senado designe a Reposo como procurador general. La Presidenta en persona monitorea todos los días a sus operadores parlamentarios para conocer si se avanza hacia ese objetivo, que también tiene una carga simbólica. Después del alejamiento de Righi por no ser suficientemente disciplinado con la voluntad presidencial, la llegada de Reposo implica un mensaje inequívoco para jueces y fiscales: no interferir en las acciones de los funcionarios protegidos.Es diferente el caso de YPF, donde se sumó la oposición, pero a simple vista ahora no parece fácil que el oficialismo gane la batalla del procurador en el Senado. En este tipo de desafíos suele aplicarse la teoría del vale todo. El Gobierno no quiere dar un paso atrás y está decidido a imponerse hasta por encima de las formas. Mala imagen. El apartamiento del juez Daniel Rafecas de la causa en la que se investiga al vicepresidente Amado Boudou y el probable mismo destino que le tocaría al fiscal Carlos Rívolo han repercutido negativamente en la Justicia. Fuentes de Tribunales admiten que Rafecas no debía seguir en la causa por haber cometido la torpeza de intercambiar mensajes de texto con el abogado de una de las partes, y hasta que el propio juez buscó su apartamiento para evitarse problemas. Pero reconocen que Boudou se salió con la suya y el expediente entrará ahora en un túnel largo y oscuro. Miran también con expectativas a la Corte Suprema, y se preguntan hasta cuándo podrá mantenerse incontaminada de estos hechos que desvalorizan la idea y el significado de la verdadera justicia.

