Desilusión adolescente
Hay muchos tipos de romances a lo largo de una vida, y es mejor saberlo desde chico: algunos no son lo que esperabas.
–Uhh, ¡qué cara triste!
–Hola, pa… No estoy bien, y desde hace días…
–¿Te pasó otra vez?
–Sí… otra vez.
–Vení, dame un abrazo. ¿Cómo te puedo ayudar?
–No sé; siempre es lo mismo. Pensé que había encontrado a alguien en quien confiar, me entusiasmé… y vos sabés cómo soy yo: enseguida me ilusiono, empiezo a sentir cosas más profundas y después… ¡chau!
–Ya te lo dijimos. Todos vivimos lo mismo, y más de una vez. Tuvimos que pasar por muchas experiencias hasta encontrar lo que era para nosotros. ¿No serás muy exigente?
–No, pa, te juro que no. A mis amigos y amigas les pasa lo mismo. Nos confiamos y, después, ¡frustración! Hoy está todo bien y al rato ¡desastre!
–Me preocupa que se desilusionen desde tan chicos…
–No somos tan chicos… Ya tenemos edad para esperar que haya más compromiso; algo más o menos estable. Pero cada día parece más difícil que piensen en vos y no estén pendientes de sí mismos.
–Tenés razón. Me acuerdo que hace dos años viviste algo parecido; le pusiste todas las fichas y no funcionó.
–¡Es que yo creo en todo lo que me dicen! Que “van a estar siempre”, que “lo más importante sos vos”... Y de a poco vas encontrando engaños, algunas mentiras... ¡Y descubrís que te estaban usando!
–Me gustaría decirte que con nosotros fue distinto, pero vos y yo somos parecidos en esto de idealizar. “Romántico incurable”, dice siempre tu mamá.
–Ser romántico es bueno, pa. El problema es confiar y que te engañen, una y otra vez.
–Tenés razón. Es lo que nos desespera a los padres: que engañen a nuestros hijos.
–Contame cómo era en tu época, cuando tenías 20, como yo ahora.
–No muy distinto. A esa edad me enganché hasta el cuello. Sentí que por fin encontraba lo que había buscado por tanto tiempo. Estaba contento porque por primera vez podía pensar que existía un futuro perfecto. (¡Ja, solamente a esa edad uno piensa así!). Pero después, por supuesto, se vino todo abajo. Como vos, fui descubriendo pequeños engaños, algunas trampitas, y al final quedé hecho trapo. Yo, mi idealismo y mi futuro perfecto. Creo que ya te lo había contado.
–Sí, me contaste, lo que no me acordaba es que había sido tan importante. Y esa no fue la única vez.
–¡Hubo varias! Hasta que un día me di cuenta de que no tenía sentido seguir esperando “lo perfecto” y maduré. Bueno, madurar es una forma de decir: entendí que debía cambiar las expectativas. Y a partir de entonces decidimos (con tu mamá) no depender tanto de los candidatos, de las promesas incumplidas, de los proyectos que nunca se hicieron.
–¿Yo ya había nacido?
–Sí, claro, tenías 3 años. Te llevábamos a todas las marchas, a los debates: no te perdías una, siempre sobre mis hombros.
–¡O sea que desde entonces ando buscando dirigentes que no me desilusionen!
–Parece que sí.
–Decime la verdad: ¿voy a encontrar alguna vez un partido o un movimiento político que me represente?
–Bueno…
–¿Que respete las instituciones, que piense en el pueblo, que no nos use?
–En fin…
–¿Que nos dé esperanza en el futuro?
–Dame otro abrazo.
* Médico

