Derrumbar mitos y desnudar zonceras
Es falso que el kirchnerismo haya rescatado de las sombras a Gramsci.
El político y escritor Arturo Jauretche publicó en 1968 su Manual de zonceras argentinas , famoso texto a través del cual expone públicamente un reducido muestrario de improntas "culturales" que tenemos quienes habitamos este país. A su juicio, estos conceptos, que nos impiden crecer, son introducidos en la conciencia de todos los ciudadanos desde la mismísima educación primaria, sostenidos y difundidos por la prensa. Esta reflexión sobre el rol de los medios es casi gramsciana, debido a la importancia que este les da en modelar la cultura de una sociedad. De tal modo, queda demostrada la falsedad de uno de los mitos creados por el kirchnerismo, que con su obsesión de controlar a los medios de difusión y al sistema educativo para neutralizar críticas, falsificar estadísticas e intentar eternizarse en el poder, se atribuyó haber descubierto y rescatado de las penumbras al teórico marxista Antonio Gramsci. Jauretche también desnudó a nuestro país como enfermo de antinomias desde su mismísimo nacimiento; monárquico o antimonárquico, unitario o federal, rosista o sarmientista, peronista o antiperonista, pro Messi o anti Messi, son sólo algunas muestras de las tantas categorías antitéticas de nuestra breve historia como nación. Cada una de ellas se atribuyó y sigue atribuyendo para sí la omnipotencia de sentirse dueña de la verdad absoluta; así nos fue; así nos va. Final para un segundo mito: el de la profunda "grieta" que divide a los argentinos, que estiman a esta como un fenómeno novedoso. Falso: la grieta siempre existió; lo único que van cambiado son las épocas y la tecnología, sólo que la irrupción de las redes sociales viralizó los enfrentamientos, haciéndolos más visibles y violentos.Entre las nuevas zonceras que vamos acumulando los argentinos en nuestro largo glosario, y que podrían constituirse en un apéndice del libro de Jauretche, el expresidente Eduardo Duhalde –quien había cuestionado el disparate de Carlos Menem sobre que nuestras naves podrían subir y bajar de la estratosfera en una hora y media, tiempo necesario para llegar a Oriente– no tuvo mejor idea que expresar en enero de 2002 su propio dislate: que Argentina "es un país condenado al éxito".Este pensamiento mágico, meramente voluntarista y que soslaya el indispensable esfuerzo para alcanzar determinados objetivos, sumado a aquel otro incorporado por los Kirchner de que "el Estado lo puede todo", son más propios de Gabriel García Márquez, maestro en mostrar lo irreal como posible, que con visión de estadista comprende lo que se requiere para la evolución de una nación.
Desde niños
Semejantes axiomas cerrados, incorporados a la “cultura argentina” que venimos consumiendo desde niños, nos hicieron mucho daño como sociedad, afectando el trabajo, inmovilizando a un sector importante de la población que aún sigue esperando el milagro del progreso sin esfuerzo, y eludió las cuatro condiciones básicas para lograr el desarrollo: trabajo, voluntad, disciplina y perseverancia.
No hay ningún país en la Tierra que pueda mejorar el nivel de vida de sus habitantes sólo rogando que caiga maná del cielo. Los casos de Alemania y Japón de la posguerra son ejemplos de cómo puede transformarse y crecer una nación cuando hay conciencia de lo que significa el sacrificio en el camino del progreso.
Otra zoncera que arrastramos es que no nos gusta oír la verdad. Es cierto que la verdad duele y que hay que cargar con ella como si fuera una cruz, pero lamentablemente no tiene remedio y en algún momento hay que asumirla. A los argentinos, nos cautiva el engaño, que nos prometan el oro y el moro, cosas imposibles de cumplir sin mediar esfuerzo alguno; queremos salarios del primer mundo, tarifas de servicios públicos subsidiadas, créditos con tasas negativas, jubilaciones sin aportes, menores alícuotas en el Impuesto a las Ganancias, planes para todos y todas, precios cuidados y, como si fuera poco, todo ello con superávit fiscal y sin inflación. Claro, cuando ya no se puede sostener la mentira, cosa que ocurre cíclicamente cada 10 años, nos encontramos con una verdad que nos agobia, y no asumimos cargar con las consecuencias de la irresponsabilidad de quienes, con el objetivo de “hacer política”, propusieron este engaño consentido por la mayoría de la sociedad.
El nuestro es un país difícil de gobernar; está cargado de una cultura histórica de mínimo esfuerzo y realismo mágico. Nos angustia el segundo puesto en la Copa América, pero nos tiene menos preocupados estar en la elite de países con mayor corrupción en el mundo, o ubicarnos debajo de la mitad de la tabla en salud, educación pública y seguridad. Y, mal que nos pese, esto condiciona la movilidad social y el futuro.
Podremos seguir superando recurrentes crisis económicas, pero si no logramos cambiar los aspectos negativos de nuestra cultura, los esfuerzos serán vanos y muchas las frustraciones. Como siempre, la clave es el ejemplo, y viene de arriba.
* Doctor en Ciencias Políticas, docente de la UNC y de la UCC

