Derechos humanos con justicia social
Importa ahora, en esta conmemoración de los derechos humanos, a casi 30 años de recuperada la democracia, elevar la mirada para constatar lo mucho que falta de justicia social para que la dignidad se integre a una vida en abundancia para todos. Luis Miguel Baronetto.
Las conmemoraciones sirven para señalar avances. En este caso, de la conciencia humana de buena parte del mundo, como reacción a las violaciones a los derechos humanos en la Segunda Guerra Mundial.
Puede ser engañosa si creemos, como buena porción del sentido común –que no siempre es el buen sentido–, que a partir de la fecha de su proclamación en 1948 los derechos humanos ya están vigentes.
Mejor es decir que señalan un horizonte hacia dónde caminar, lo que todavía necesitamos construir.
Esta conmemoración es, entonces, para memorizar lo que nos falta en cuanto a derechos humanos en la actualidad.
Los derechos humanos pertenecen a todos los seres humanos. Pero está a la vista que no son iguales para todos. Son los datos de la realidad.
Si desde la proclamación solemne en los grandes escenarios universales no se miran las realidades particulares, las palabras sobrevuelan en la abstracción sin adquirir formas concretas.
Pisar la realidad es mirar la dignidad de los muchos que habitan en los suelos carecientes. Esa dignidad llevada con orgullo es la que históricamente ha planteado el reclamo de justicia social.
Lo necesario. El indigno no reclama: se somete. Por eso hay indignos también en las cúspides de los poderes. Pero es otro tema.
Importa ahora, en esta conmemoración de los derechos humanos, a casi 30 años de recuperada la democracia, elevar la mirada para constatar lo mucho que falta de justicia social para que la dignidad se integre a una vida en abundancia para todos. Y abundancia no es lo excedente, sino lo necesario para quedar satisfechos.
De eso se trata la justicia social: de que las realidades de los no iguales se equiparen, para que la satisfacción sea de todos.
Esta es la tarea de la política en la convivencia social. De las palabras a la realidad, de las ideologías a la política. Si esta no sirve para satisfacer la vida de todos, es preciso buscar las “palabras” que sirvan para sustentarla.
Pero, sobre todo, hace falta que las conciencias de dignidad que se encuentran con tantas otras hasta tornarse en sentimiento colectivo puedan plasmarse en organización que reclama y propone como sociedad.
Contra la dignidad. Se empieza señalando lo que no satisface, lo que se manifiesta como injusto. Porque afecta la dignidad.
Son hoy las detenciones arbitrarias por la aplicación del Código de Faltas a los jóvenes y pobres.
Son las múltiples formas de trabajo informal (mal llamado “en negro”) que subsisten como resabio neoliberal, por conveniencia para regular el mercado laboral.
Son leyes nacionales que aún no se aprueban, como la que debe consolidar la posesión ancestral de la tierra a los campesinos e indígenas que hoy son víctimas de los violentos desalojos sojeros, como en Salta, Santiago del Estero y Formosa.
Son las agresiones al medio ambiente, con emprendimientos industriales y comerciales que deterioran la calidad de vida de conglomerados urbanos sin recursos y sin poder para contrarrestar decisiones políticas que siguen teniendo como centro la acumulación de ganancias para pocos.
No se trata de enumerar exhaustivamente los derechos ausentes en las vidas de nuestros pueblos.
Cada grupo, comunidad o sector podría hacer la suya, a modo de balance y diagnóstico en esta conmemoración.
Seguramente encontraremos avances importantes, entre nosotros, desde la valorización de las formas democráticas que han beneficiado a la convivencia social, los juicios al terrorismo de Estado –como ahora el de La Perla– y una mayor conciencia de los derechos individuales y sociales.
El desafío. Pero las mismas violencias padecidas a diario en núcleos humanos desechados y arrinconados en guetos a las orillas de la ciudad, como en barrio Ampliación Ferreyra de la capital provincial, o los cotidianos maltratos, abusos y agresiones a las mujeres, a los niños y a los ancianos, son manifestaciones de las políticas que faltan garantizar por parte del Estado para avanzar hacia una sociedad justa.
No alcanza con la migaja propagandizada hasta el hartazgo, con los dineros mezquinados a hospitales y escuelas.
Se trata de articular políticas, con vocación de servicio y recursos, que tengan como centro la preocupación por los seres humanos y no la ganancia circunstancial y fácil para los que se encierran en su egoísmo y usan en su provecho la política.
No existen los derechos humanos sin justicia social. Porque los derechos individuales adquieren dignidad cuando la satisfacción alcanza al conjunto de la sociedad, incluyendo a las mayorías empobrecidas.
Derechos humanos con desigualdad social es la interpelación cotidiana que debe herir nuestra sensibilidad si en nuestro corazón fluye la sangre humana y no la fiebre del oro que enferma y contamina.
La calidad institucional de la democracia, que se ha consolidado en estos largos años, tendrá contenido más allá de sus formas cuando sus instituciones sirvan eficazmente a la vigencia de la justicia social, empezando por los que más la necesitan. Ese es el desafío. Y la tarea.

