Temas del día:

Un derecho humano en riesgo

Ningún pueblo educado y formado en valores democráticos puede entender la coacción como el ejercicio de ningún derecho ni la defensa de una libertad que suponemos como auténtica. Carlos Miguel Galoppo.

06 de mayo de 2012 a las 12:01 a. m.
Carlos Miguel Galoppo*
Un derecho humano en riesgo

El 3 de este mes fue el Día Mundial de la Libertad de Prensa. La fecha fue instituida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en el año 1993, para fomentar los principios de la libertad de prensa en el mundo y reconocer a la prensa libre, plural e independiente como un componente esencial de las sociedades y culturas democráticas. En torno a esta conmemoración, medios e instituciones de todo el mundo se han hecho eco de las reflexiones de diferentes personalidades y han promovido y promueven campañas en defensa de la libertad de expresión.En nuestro país, ese día también sirvió para renovar y multiplicar un debate que ya lleva tiempo instalado en la conciencia colectiva de los argentinos, sobre la reivindicación de los principios de la libertad de expresión y el rol de la prensa libre, plural e independiente como un componente esencial de las sociedades y culturas democráticas y, por lo mismo, como un derecho humano fundamental.Quienes desempeñamos el rol de difusores de información y, en mi caso particular, desde una institución cuya misión es vigilar el cumplimiento de los derechos humanos por parte del Estado, no deberíamos mantenernos al margen de un debate que atraviesa todas las dimensiones de nuestra sociedad. Disenso y tolerancia. La libertad de expresión es un derecho humano trascendental, esencial para nuestra constitución como personas, como individuos y como sujetos cívicos. Intrínsecamente, tenemos la necesidad y nos corresponde el derecho de expresar nuestras necesidades y opiniones. Ningún progreso técnico, científico o ideológico hubiese sido posible sin la libertad de comunicar y hacer circular las ideas.La dinámica del progreso social requiere una dialéctica originada en el disenso. La síntesis de la democracia sólo se logra en un contexto de tolerancia donde las ideas y expresiones necesariamente no son compartidas pero sí deben ser respetadas. Es posible que en esa dialéctica radique el problema de la libertad de expresión. Al requerir pluralidad y tolerancia, es posible entonces alegar su ejercicio como justificación para la descalificación, la amenaza, el bloqueo o la censura de ideas distintas. El derecho a la libertad de expresión tiene dos dimensiones: la libre circulación de información a través de los medios y el acceso de todas las personas a la información. También debe existir un equilibrio, para que el derecho de unos no avasalle el de otros, profanando el ejercicio pleno de libertades, sobre el que se fundamentan las democracias, independientemente de las ideologías sobre las que se sustentan los gobiernos. Lamentablemente, un clima de intolerancia se extiende por el país, como un síntoma o una sensación de regreso a tiempos oscuros para la Argentina. Ronda el fantasma de una cultura autoritaria, que pretende imponer una forma única de admitir e interpretar la realidad, acorde con un pensamiento ideal que pretende ser hegemónico. Límites. Quienes nos preocupamos por la libertad de expresión siempre nos preguntamos también por sus límites. Un límite natural, y un síntoma de madurez cívica, es ejercerla en plenitud hasta donde no vulnere el ejercicio de esta por parte de otros. Pero la incitación a la censura como defensa de la libertad es una contradicción que no resiste ningún análisis, y ningún pueblo educado y formado en valores democráticos puede entender la coacción como el ejercicio de ningún derecho ni la defensa de una libertad que suponemos como auténtica. Es, más bien, una manifestación del autoritarismo de sectores que, por algún motivo, ven en la disidencia una amenaza para su existencia.Podríamos dedicar párrafos enteros al intento de encontrar una explicación sociológica a este fenómeno en la Argentina, tratando de encontrar las causas de estas manifestaciones como propias de los habitantes de una nación que sufre los estragos del autoritarismo y la violencia prácticamente desde su fundación institucional, y que en muchos momentos de su historia ha confundido por enemigo al adversario y ha visto su aniquilación como la instancia de solución definitiva para la definición de un modelo ideológico para el país.Pero nada de esto conduce a una instancia superadora. La dialéctica, sobre todo en una democracia, necesita de la oposición, la confrontación, el debate. El reconocimiento del otro como diferente es una instancia necesaria de la construcción de una identidad política o ideológica.En la diferenciación de lo otro, es cómo una idea o un modelo se constituye como una alternativa y una opción que puede ser elegida libremente. Esto es intrínseco a la dinámica democrática. Sin oposición, se es un todo muy parecido a un totalitarismo. Sin adversario y sin instancia de debate, ese todo termina agotándose en sí mismo, porque no existe la posibilidad de una instancia superadora. Podemos decir, por fortuna, que eso todavía no ha sucedido. Hemos atravesado numerosas circunstancias similares a la actual, pero seguimos debatiendo un modelo de país. Probablemente, entonces, este sea el momento propicio para profundizar nuestras reflexiones sobre la vigencia de las libertades y los derechos y enriquecer ese debate formulando propuestas y contemplando acciones que permitan el normal devenir de la dialéctica sin poner en riesgo la continuidad democrática.

*Secretario de Comunicación de Defensoría del Pueblo de la Provincia