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El deporte, un retrato del mundo

El cuerpo es el instrumento que le fue dado al hombre para entenderse con la naturaleza. Su poder y sus diferentes capacidades quedan expuestos en los Juegos: vencer un récord es correr un poco más la frontera de los límites físicos de la especie. Alejandro Mareco.

05 de agosto de 2012 a las 12:01 a. m.
El deporte, un retrato del mundo

Las calles del sábado cargan con cierto gris de ausencia. Es agosto y el frío es, al fin, lo que nos toca vivir ahora en esta parte del mundo. Mientras tanto, puertas adentro, hay pantallas que no dejan de mostrar a jóvenes en acción. En estos días, el deporte ocupa de nuevo la atención universal. El planeta está reunido en Londres y cada atleta va por su gloria personal y también por la de las sociedades a las que pertenecen. Es que, como decía Miguel de Unamuno, “un hombre es un pueblo”, y en cada destino individual también está proyectado un destino colectivo. Por eso, los Juegos, su espíritu, poco tuvo que ver con aquella bucólica frase: “Lo importante es competir”, con que supuestamente se pintaba el alma de la versión moderna de los Juegos Olímpicos. En realidad, el espíritu con el que las sociedades más poderosas encaraban los Juegos podría traducirse: “Ustedes vengan a competir, que nosotros nos quedamos con las medallas”. Es decir, para unos, lo importante es ganar y conceden a otros la gracia y el consuelo de participar, como sucede en tantos otros órdenes. La tensión por ganar llegó a su paroxismo en los años de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética arrasaban y se disputaban la supremacía del mundo, medalla a medalla. Y con las medallas, venía la promoción del sistema político, social y económico que enarbolaban. Hoy, no es casualidad que el que compite cabeza a cabeza con Estados Unidos sea China. En ocasiones puede suceder que por extraordinarias excepciones individuales o por cuestiones de raza, como sucedió con fondistas africanos, los países más sumergidos tengan la oportunidad de brillar en alguna disciplina. Pero, en general, son las sociedades más poderosas las que pelean por los lugares más destacados. Es que no sólo han tenido al menos hasta aquí la seguridad del desarrollo para contar con hijos saludables, sino que pudieron invertir recursos y tecnologías en la formación de atletas. Y eso significa mucho cuando lo que determina resultados son diferencias de décimas de segundos. Hay casos en los que, si no tienen en su tierra los atletas ganadores, echan mano a su vieja aureola colonial y asumen la tutoría de deportistas negros que compiten a favor de países que se ufanan de ser blancos. Ganar una medalla aporta a la sociedad a la que pertenece el atleta una dosis de autoestima y cohesión nacional. Argentina estuvo 52 años sin ganar una, hasta los Juegos de Atenas 2004. En esta edición, hasta aquí la canasta está vacía, pero no por eso hay que dejar de valorar el esfuerzo de nuestros representantes (como el tremendo partido que Juan Martín del Potro perdió con Roger Federer). Los Juegos Olímpicos dejan, además, una marca en el camino evolutivo de la humanidad. El cuerpo es el instrumento que le fue dado al hombre para entenderse con la naturaleza, y su poder y sus diferentes capacidades quedan expuestas en los Juegos: vencer un récord es correr un poco más la frontera de los límites físicos de la especie. Por lo demás, la gloria de los deportistas no se discute: un gran campeón no alcanza esa condición porque hay medios que juegan a su favor, porque tiene detrás un equipo de inventores de éxitos, o porque es hijo de tal, ahijado de cual o tiene relaciones con el productor de la película; o porque es bello, sensual, viste o sale bien en las fotos.