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Democracia made in China

Una controlada apertura y el aumento de las contradicciones sociales marcan el inicio del 18° Congreso del Partido Comunista Chino y el recambio generacional de su dirigencia. Nelson Gustavo Specchia.

22 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Nelson Gustavo Specchia*
Democracia made in China

Suelo comenzar mis clases sobre la nueva relevancia de Asia con una metáfora que le escuché a Henry Kissinger: "El poder mundial tiene una dirección geográfica, se mueve hacia el oeste". Hace unos 30 siglos, cuando Europa era apenas una sucesión de tribus primitivas, China ya era el centro del mundo. Sus reinos eran administrados por burocracias estables, a las que se accedía por concurso; la poesía y las artes tenían preeminencia; las clases altas vestían de seda, dominaban el alfabeto y las matemáticas; y Sun Tzu compilaba toda una enciclopedia estratégica – El arte de la guerra – cuya vigencia, por cierto, llega hasta nuestros días. Fuga de poder. A pesar de tamaña vanguardia civilizatoria, el poder no permaneció dentro del perímetro de la Muralla, sino que la atravesó en su marcha hacia el oeste: vagó por la India; los persas tuvieron su minuto de gloria; entreveró poder intelectual y militar en Grecia mientras Aristóteles enseñaba y Alejandro conquistaba todo lo conquistable. Siguió luego la marcha hacia el Poniente para asentarse en Roma durante edades enteras, en el Senado o en el trono pontificio. Hacia el oeste llegó a Carlos V, en cuyo imperio no se ponía el sol; y en la misma dirección estaba Londres y el dominio de los mares. Ya en nuestros tiempos, el poder cruzó el Atlán­tico para confirmar a los Estados Unidos como la potencia hegemónica. Pero la metáfora de Kissinger, leída hasta sus últimas consecuencias, conlleva la lógica de la temporalidad (detentar la primacía mundial es coyuntural, y cada vez por períodos más cortos), y esa marcha en dirección contraria a la rotación del globo no tendría razón de detenerse ahora. Así como en el siglo 20 cruzó el Atlántico, en el 21 puede cruzar el Pacífico, volviendo al lugar de donde partió hace tres mil años. Primera economía. Funcione la metáfora kissingeriana para ilustrar el cambio de manos del poder o no, los datos objetivos y las proyecciones de tendencia confirman el ascenso del gigante asiático, con el consecuente desplazamiento del control estadounidense. El presidente Barack Obama, metido en la campaña de reelección, tuvo que incluir a China en el discurso proselitista, al decir en Cincinnati, Ohio, que acababa de denunciar a Beijing ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), y que, en su segunda presidencia, pondrá límites a la "competencia desleal" de subsidios y exportaciones: "Los productos made in América significan algo", concluyó Obama, el populista.Pero no parecen ser más que recursos discursivos. Como ya lo analizó exhaustivamente el politólogo Fareed Zakaria, periodista de Newsweek , en su libro The Post American World , la mundialización del siglo 21 no será una nueva americanización. El cambio de testigo a través del Pacífico podría llegar tan pronto como 2020. Para entonces, a 40 años del inicio de la transformación ideada por Deng Xiaoping, la gran fábrica del globo habrá asentado sus principales variables: la ascendente clase media ya será dominante; los principales mercados proveedores serán América latina y África (desde donde importará, entre otras materias primas, metales raros, claves en la producción de tecnología); las investigaciones en energías renovables, comunicaciones, industria aeroespacial, nuevos materiales y biología molecular ya podrán ser transferidas a los impetuosos sectores industriales. Y habrá almacenado las mayores reservas de títulos públicos (incluso, por supuesto, casi toda la deuda externa estadounidense) en las arcas de sus bancos. Y en yuanes, la moneda fuerte del siglo. La caja negra. Esta postal del futuro cercano es avasallante, pero no puede soslayar el hecho de que la hiperestructurada burocracia china no tiene todas las riendas en la mano. La sociedad de la información (o sea, Internet, Facebook, Twitter y YouTube) soporta cada vez peor el cortafuegos de la censura. El poder en Beijing, frente a la celebración del 18° Congreso del Partido Comunista Chino, sigue respondiendo al modelo de la caja negra: se conoce lo que entra y se conoce luego lo que sale, aunque casi nadie llegará a saber qué pasó en su interior. Pero ese modelo no puede llevarse bien con una sociedad abierta y cruzada transversalmente por los flujos de información horizontal. Los recientes escándalos chinos que han ocupado la atención internacional así lo confirman: Xi Jinping, el número puesto para reemplazar a Hu Jintao en la presidencia, desapareció durante una semana, y saltaron todas las alarmas; las fricciones con Japón por las disputadas islas Diaoyu (o Senkaku); la defenestración de Bo Xilai y la condena a su esposa por asesinato de un británico; el apartamiento del secretario de Hu después de que el hijo se estrellara en su Ferrari... y la lista se acrecentará a medida que se acerque la jornada inaugural del congreso del partido. El sistema ideado por Deng –una democracia autoritaria, de partido único, y un capitalismo de Estado– se ha revelado exitoso para colocar a China en el primer plano mundial. Pero que logre mantenerse allí, en un entorno abierto y conectado, sin apelar a la represión violenta, aún está por verse.

*Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)