Del Autotrol a las Tejas
El progresismo de un gobierno o una sociedad se mide, precisamente, con la participación ciudadana como contrapoder a las presiones corporativas. Norma Morandini.
¡Pobre, Córdoba! Otrora altiva y orgullosa, hoy tan avergonzada. Si la democracia se mide por la participación ciudadana y su calidad, por el grado de transparencia de los actos de gobierno, se entiende que la palabra "vergüenza" se repita como quejas radiales ante la impotencia de ver caer bajo la piqueta ya no tan sólo un edificio emblemático de nuestra traumática historia, sino la idea misma de democracia.A la par, se confunde escandalosamente gobernar con hacer propaganda y la obligación de informar a la ciudadanía ha sido reemplazada por jingles publicitarios que buscan crear la ilusión de buenos gobernantes.Esas técnicas del mercadeo y simulacro, que tanto daño le han hecho a la política, han invertido totalmente los valores que sustentan una auténtica democracia. Frente al desprecio del clamor ciudadano, ahora debiéramos pedir que mientras las tejas caen bajo las topadoras, se callen los jingles del "Córdoba para todos" que nos taladran los oídos, la paciencia y la vergüenza. Sí, la vergüenza por la promiscuidad entre los negocios privados y un Estado que utiliza lo público como un botín. Vergüenza por confundir la información con la comunicación que cancela el derecho de la sociedad a ser informada. Un secretismo típico de los gobiernos antidemocráticos que inexplicablemente la Justicia cordobesa convalidó, al rechazar las demandas de amparo para obtener información de las organizaciones ciudadanas, tal como lo garantiza la ley provincial 8.803, de Acceso al Conocimiento de los Actos del Estado. Si como legisladora jamás conseguí que respondieran las indagaciones de la ciudadanía, amparada legalmente por esa ley de acceso a la información que obliga al Ejecutivo a informar sobre sus actos de gobierno, qué puede esperar el ciudadano de a pie, al que se desprecia con el secretismo típico del autoritarismo que decide a espaldas de la ciudadanía. ¿Ciudadanos o meros votantes? En mayo de 2009 organicé y promoví foros de ciudadanía para alertar sobre ese contrasentido de nombrar como Centro Cívico a una construcción que cancela todo los derechos, convencida de que sólo el control ciudadano puede impedir la política de los hechos consumados que, en materia de negociados inmobiliarios, han sido el modus operandi en los lugares en los que los negocios privados se asocian al dejar hacer de un Estado, ya no bobo por su inercia, sino cómplice por su desprecio al bien público. Así fue: cuando nos descuidamos, aparecieron las topadoras. Fue una distracción cívica amparada por esa tradición política de reducir a los ciudadanos a meros votantes o consumidores, nunca electores. Entiendo esa catarsis de impotencia que entrañen los llamados de los oyentes a las radios, pero mis colegas periodistas ya deberían saber que existe una íntima relación entre la calidad democrática y la calidad de la información. Y lo que determina la validez de información pública es precisamente el carácter colectivo de la información. Por confundir lo importante con lo interesante y espectacularizar la información, favorecemos el desinterés de la ciudadanía por la política. Una ciudad no son sólo sus edificios sino los derechos que tienen los ciudadanos a participar en lo que es de todos: las cuestiones públicas. No ignoro que las razones del dinero, como una droga material, anestesian y reducen la ciudadanía a meros consumidores; pero en la ciudad vivimos con los otros. Por eso, el lugar de la política y del ejercicio del poder. ¿Qué poder es éste que, en nombre del dinero y de los intereses de la especulación inmobiliaria, se apropia de lo que es un patrimonio histórico de los cordobeses? Y las respuestas están ahí, al alcance de nuestro entendimiento. Hoy, cuando escucho la indignación en las radios, no puedo menos que sentir tristeza frente a la constatación de la trampa, ese actuar en las sombras, favorecido por la distracción del verano, los recesos y el juego electoral que se ha convertido en un fin en sí mismo, nunca la oportunidad de que nos aboquemos a los problemas de la sociedad. Democracia Disneylandia. En lugar de preguntarnos a quién se va a votar, deberíamos exigir, como práctica de buen gobierno, que frente a los temas polémicos se instrumente la consulta permanente a la ciudadanía. El progresismo de un gobierno o una sociedad se mide, precisamente, con la participación ciudadana como contrapoder a las presiones corporativas.Ahí queda otra brutal paradoja: el derrumbe del Autotrol del Estadio Córdoba se realizó frente a las cámaras de la televisión, mientras que la destrucción de la Casa de las Tejas se hace a escondidas, sin tolerar el ojo púbico de la prensa. Tal vez porque se cree que así, como nuevos gritos de gol en paneles electrónicos, harán olvidar que alguna vez hubo un Autotrol, los espejitos de colores de los parques temáticos perpetuarán el simulacro de la democracia Disneylandia. Resta a los ciudadanos no distraerse y a la prensa expresar esa opinión pública, para iluminar el secretismo de los que presionan en los despachos. Antes, debemos preguntarnos si queremos tener edificios vidriados que ocultan negocios oscuros o ciudadanos respetados en sus derechos, los únicos que pueden redimir a nuestra Córdoba, tan avergonzada por ver enterrados sus derechos debajo de los escombros.
*Senadora nacional (Frente Cívico).

