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Debes creer en la primavera

En esta tierra se refugian los últimos esplendores de la naturaleza. Si somos capaces de pensar en latinoamericano, quizá la más fecunda de las primaveras aún esté por estallar.

21 de septiembre de 2014 a las 12:02 a. m.
Debes creer en la primavera

Lo susurra Bill Evans en el piano: “Debes creer en la primavera”, y no hace falta la razón para saberlo así: no sólo se ve, se escucha, se siente en el aire, sino también fronteras adentro de la piel. La primavera estalla en todos los sentidos de los que habitamos este lado del mundo. Es simple: uno vive en este sur adonde está llegando la tibia caricia de todos los años, pero también con la calidez llega la sensación de la renovación de la vida. Una sensación tan antigua como la naturaleza misma, mucho más antigua que el hombre como testigo del cosmos. Cuántas cosas nos pasan sólo por ser hijos del cosmos: por empezar, la vida. En los días originales en los que el tiempo no se percibía con la linealidad que le dio la historia, sino que era circular a la manera de las cosas del universo, los hombres primeros, después de agonizar en invierno junto con el mundo, se entregaban a la primavera en una orgía vital tan intensa que todo era fecundado otra vez. A solas con nuestra naturaleza más íntima, seguimos siendo aquellos hombres. Los colores de la primavera cuelgan sobre las veredas, su aliento aligera el peso de los pasos y desabriga pieles: la vitalidad se desnuda al sol. Mirarla, olerla, respirarla, oírla... la primavera es explosivamente bella en los sentidos más urgentes. Los sentidos nos dan el placer de espiarla en las sensaciones, pero no somos ajenos sino que pertenecemos, somos la misma naturaleza que nos contiene. Es un poder que conmueve célula por célula, que nos refresca el parentesco universal que une a los seres vivos sobre esta tierra, hombres, animales y plantas. Nos sorprende en cualquier circunstancia, y a cualquier edad. Es el tiempo de la luz, del comienzo de la abundancia del sol que contagia una manera intensa de estar despierto, de estar vivo. Podríamos decir que en estos días en que nos toca un poco de sol, quizá deberíamos detenernos por un instante a pensar en nosotros y entender la fecundidad que nos toca. Y este humor del aire y las hormonas nos aflora en conciencia de la piel la pertenencia latinoamericana. “Entre tantas cosas que están en juego, si uno las mira de una manera muy global, muy genérica, el mundo está confrontado con el problema de tener que encontrar una solución de compatibilizar la tecnología con el humanismo. Los anglosajones son excelentes en tecnología, pero no saben para qué. Los latinoamericanos, si elevamos nuestra capacidad tecnológica, tendremos una capacidad decisiva de ser una presencia humanista de la que el mundo necesita desesperadamente para que la vida tenga sentido”, nos decía hace unos años el brasileño Helio Jaguaribe, uno de los pensadores más importantes de América latina. Eran días en los que nuestro continente cultural amanecía con otros modos de andar en la aventura del siglo 21, quitándonos las vendas que nos pusieron para no dejarnos ver que era mucho más lo que nos reunía que lo que tanto nos fragmentó. Esto que hemos empezado a construir poco a poco no es sólo para cuidar mejor a nuestros pueblos –al fin, uno solo–, sino también a la salud del hombre. En esta tierra americana, se refugian los últimos esplendores, las últimas exuberancias de la naturaleza, la abundancia sobreviviente capaz de darle a la vida en el planeta otra oportunidad. Si la preservamos de la codicia de los poderosos, si somos capaces de darnos un destino común, de pensar en latinoamericano y de proyectarnos con un sentido de humanidad, quizá la más fecunda de las primaveras aún esté por estallar.