De polímatas, delirios y otras enfermedades del poder
Como titulares de derechos y deberes que nos otorga la ciudadanía, debemos exigir planes, estrategias y equipos para solucionar los problemas que afectan a nuestro país y que trascienden lo económico.
El término "polímata" fue acuñado por el arquitecto renacentista León Alberti (1404-1472). Etimológicamente, la polimatía implica sabiduría y manejo de diversos campos de la cultura y el arte, y se basa en considerar a algunos hombres como seres todopoderosos, con capacidades ilimitadas. Para que una persona alcance semejante nivel de erudición, es indispensable conocer las herramientas intelectuales para relacionar diferentes materias, profundizar ideas, elaborar teorías y aprender a ser crítico con uno mismo, con lo que se lee o con lo que se escucha. No es cuestión de memorizar frases para deslumbrar a un auditorio, sino de saber reflexionar en el marco de una realidad compleja.Algunos de los polímatas reconocidos mundialmente fueron Aristóteles, Santo Tomás, Leonardo Da Vinci, Copérnico, Descartes, Benjamin Franklin, Erasmo de Rotterdam, Newton y Kant.Otro aspecto característico de la mayoría de estos polímatas fue la humildad, la entrega generosa y una vida casi ascética, en la cual los placeres materiales fueron secundarios.Si bien los argentinos tenemos a los dos mejores futbolistas de la historia y a un Papa, aún no ha nacido por estas tierras un polímata. De todas maneras, hay una tendencia enfermiza a la "polimatía", aunque sin sustento. Muchos personajes, particularmente vinculados con la política y la economía, creen saberlo todo y por ello se sienten eternos, indispensables y capaces de opinar sobre cualquier materia cual si fueran expertos. Lo único que consiguen es quedar en ridículo.Basta observar la rotación y los enroques que se hacen de ministros y secretarios en todos los niveles del Estado, para preguntarnos: ¿alguien puede ser erudito en seguridad, turismo, economía, ciencia, salud, tecnología y ambiente a la vez?En verdad, el objetivo está lejos de confiar una cartera a quien conoce de manera profunda la problemática específica, sino que sea "del palo" y fácil de manipular. Personas capaces y con independencia de pensamiento pueden hacer "sombra". De todas maneras, ¿para qué querríamos equipos idóneos, si el "jefe" lo puede todo?Es el resultado de un cóctel en el que se mezcla la cultura caudillesca vernácula con el personalismo y la arrogancia del poder. Cuesta entender esta conducta de quienes conducen, ya que la imagen de quien coordina a nivel global depende de la suma de las buenas gestiones de las diferentes áreas de gobierno.
Frases memorables
Analicemos algunas frases de la presidenta Cristina Fernández y del expresidente Carlos Menem, de las cuales puede inferirse lo que provoca el exceso de poder y el personalismo.
Cristina: “Amo construir, debo ser la reencarnación de un arquitecto egipcio”; “la verdad, me siento un poco Napoleón”; “la diabetes es una enfermedad de gente de determinado poder adquisitivo”; “hay que consumir carne de cerdo porque tiene mejores grasas que la bovina y además mejora la actividad sexual”, “sólo hay que tenerle miedo a Dios, y a mí un poquito”; “Australia tiene menos de la mitad de las reservas que tenemos nosotros con un PBI mucho más alto y nadie pone en discusión su solvencia fiscal”; “¿de qué cepo al dólar me están hablando?”; “si la inflación fuera del 25 por ciento, el país estallaría”.
Menem: “Leo mucho a Sócrates. En mi biblioteca tengo la colección completa de sus obras” (Sócrates nunca escribió un libro); “en 1995 vamos a ir al Riachuelo a pasear en barco, a tomar mate, a bañarnos y a pescar”; “se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual esas naves van a salir de la atmósfera, van a remontar a la estratosfera y desde ahí elegir el lugar donde quieran ir, de tal forma que en una hora y media podamos, desde Argentina, estar en Japón, en Corea o en cualquier parte”; “la convertibilidad se mantendrá por los siglos de los siglos”.
En honor a la honestidad, este tipo de expresiones –en las que se mezclan campos muy diversos del conocimiento– han estado y siguen estando en boca de muchos dirigentes, oficialistas y opositores, y los ejemplos permitirían escribir varios tomos de lomo grueso. Claro que toman más trascendencia cuando provienen de lo más alto del poder.
Para la elección presidencial de 2015, ya se vislumbran en los medios nuevos aprendices de polímatas. La cartelera es numerosa, pero las propuestas que trasciendan el discurso electoralista son escasas.
Manejan excelentes diagnósticos, pero evaden y se enriedan cuando de prescripción se trata. La discusión la reducen a personas, no a equipos; de ideas, ni hablar. Lo único que importa es el éxito electoral; después, veremos.
El ciudadano lo percibe, pero es tal el grado de confusión de un país sin memoria, que cuando llega el momento de elegir en un contexto de bombardeo publicitario y seducción mediática, se termina aceptando más de lo mismo.
Después viene el arrepentimiento y la crítica a los “otros”, que son quienes eligieron a “semejantes administradores”. Yo, argentino.
Como titulares de derechos y deberes que nos otorga la ciudadanía, debemos exigir planes, estrategias y equipos para solucionar los graves problemas que afectan a nuestro país y que trascienden ampliamente lo económico.
De lo contrario, a no quejarnos, a aceptar lo que nos impongan de manera improvisada y a esperar el próximo turno.
*Docente de la UNC, UCC y CUP

