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De partido municipal a partido nacional

15 de julio de 2017 a las 12:01 a. m.
Gustavo Viramonte*
De partido municipal a partido nacional

La crisis de los partidos políticos tradicionales de la Argentina, que ya terminó con la centenaria Unión Cívica Radical de Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen, ahora también sepultó al movimiento justicialista de Juan Domingo Perón.

Lo cierto es que la fuerza política colectiva por excelencia es hoy la opinión pública, que –gracias a los modernos medios de comunicación, en especial las redes sociales y las aplicaciones– se expresa en forma rápida y transparente.

No obstante, para que la democracia representativa que consagra nuestra Constitución funcione de forma correcta resulta necesaria la existencia de partidos políticos, como medio de canalizar orgánicamente la diversidad de opiniones de la sociedad.

Claro que ahora se necesitan partidos políticos modernos. En este sentido, la evolución que un partido urbano, circunscripto al “maxiquiosco” de la Ciudad de Buenos Aires –como lo caricaturiza un gran, pero equivocado analista político nacional–, lo ha convertido en el único partido nacional.

En cambio, el cristinismo, preponderante hasta hace poco, no pasa hoy de ser una expresión minoritaria, circunscripta al partido de La Matanza.

Cambiemos, liderado por el PRO, se ha constituido en el único partido moderno, que utiliza ­todos los recursos que la tecnología le proporciona. Maneja día a día las estadísticas, los sondeos y las encuestas de opinión, y prescinde de los viejos métodos de punteros, perimidos y propios de aficionados.

El PRO lo hace en forma profesional y resulta un aparato invencible, al menos en lo que a ganar elecciones se refiere. De hecho, basta constatar que nunca perdió una elección. Primero, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, dos veces, y luego la provincia de Buenos Aires y el Gobierno nacional.

Vaticino que en las próximas elecciones de octubre la mayoría silenciosa de la sociedad, harta de la grosera corrupción de la década anterior, de los piqueteros, de paros inconducentes, de escraches organizados, de gremialistas carentes de representatividad, y satisfecha por la voluntad política del Gobierno de terminar con las mafias, de allanar La Salada, de atacar el narcotráfico, se inclinará por Cambiemos.

Es la oportunidad de consolidar la unidad que expresa el preámbulo de nuestra Constitución Nacional, lo que dio buenos resultados cada vez que se intentó.

La sociedad argentina apostará sin duda al futuro y no a la decadencia del pasado reciente. La maquinaria electoral del PRO, sumada al no despreciable activo de manejar los distritos electorales más importantes del país (la Nación, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y a la ausencia de una oposición creíble pronostican un triunfo holgado en las próximas elecciones legislativas.

Será tarea de los sectores autodenominados “progresistas” actualizar sus propuestas a la realidad del siglo 21, para posibilitar la alternancia necesaria del sistema democrático.

La sociedad argentina no quiere volver al pasado ni a una nueva frustración.

El cambio –mal que les pese a los fanáticos nostálgicos– vino para quedarse.

El Gobierno tiene ahora el aval suficiente para demostrar que se puede y la gran responsabilidad de concretarlo con valentía. A la oposición, ayudarlo sin egoísmo, ni intereses mezquinos y pensando en el bien común.

* Abogado