De magos y de apatías
Una parábola sobre la inutilidad de los intentos de entusiasmar con propuestas impostadas a jóvenes desilusionados y desanimados.
El mago llegó temprano a la aldea.
Prestidigitador de oficio, había sido convocado para combatir lo que ya era una verdadera epidemia. La mayoría de los adolescentes del pueblo mostraban un profundo desinterés por lo que les rodeaba, una mezcla de desilusión, apatía y desconsuelo.
No parecían tristes o miedosos: sólo indiferentes.
Los que todavía conversaban pedían ver el horizonte. Los demás, silenciosos, ya pensaban en alejarse de la aldea; como personas mayores que, después una larga vida, sienten haber perdido la esperanza y huyen.
Las familias lo intentaban todo: diversiones, regalos, promesas, rezos y hasta pócimas caseras, pero el ánimo no cambiaba.
En poco tiempo se sumaron los niños y niñas del pueblo, con idénticos síntomas. Sus mínimos gestos recordaban a náufragos que, pasado un tiempo, sienten que nunca serán rescatados.
El bullicio infantil se fue apagando. Dejaron de escucharse discusiones, planteos y preguntas. Las cenas familiares transcurrían tensas y en las aulas atronaba el silencio.
...
El alcalde en persona recibió al mago y describió en detalle la angustia de los adultos. El ilusionista anotó puntillosamente cada frase en una libreta.
Cuando parecía haber concluido, el funcionario levantó su mano; faltaba una aclaración. Con pausado pudor, explicó que los estatutos de la aldea, escritos siglos atrás, establecían una regla implacable para quien, convocado para resolver circunstancias parecidas, no lograra revertir el problema: el olvido eterno.
La palidez del prestidigitador pareció anunciar el fracaso de aquella tratativa. Se derrumbaba otra esperanza de solución para la apatía.
Sin embargo, el ilusionista superó la sorpresa y eligió preguntar por la recompensa en caso de tener éxito. El monto borró toda duda. Aceptó con la inmodestia de quien no registra –u olvida– antiguos desaciertos, viejos errores.
Decidido, tomó una hoja de su libreta y enlistó lo necesario. El alcalde se apuró a regresar a su oficina para compartir la buena nueva con sus colaboradores.
...
El hipnotismo grupal, usualmente efectivo, no resultó. Los chicos ignoraron la aparatosa puesta en escena.
El siguiente intento fue una serie de ejercicios gimnásticos guiados de manera histriónica por el ilusionista, quien prometía recuperar el entusiasmo a quienes completaran los complejos movimientos. Ninguno de los asistentes mostró interés; daba igual.
¿Qué espera quien nada espera?, se preguntaba el mago, perplejo pero aún confiado en sus impostadas dotes.
Propuso entonces escalar un monte cercano; la cima funcionaría de metáfora, pensó. Empujados por los padres, algunos chicos se agruparon; pocos lo acompañaron y, a mitad de camino, el mago caminaba solo.
Sus últimos intentos fueron pruebas de ilusionismo; actos que intentaban ser cómicos, malabares presuntamente seductores. Vencido, se despidió con una encendida arenga que no logró iluminar ninguna de las miradas vacías de chicos y chicas.
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Sin chistar, subió los escalones. La condena fue que el nombre del mago no se pronunciara nunca más en el pueblo.
Así, el mago fue olvidado junto con otras personas convocadas para revertir el desánimo juvenil. Falsos profetas, autores de libros de autoayuda, entusiastas coachers, serenos pastores espirituales y hasta entrenados consteladores sufrieron el mismo destino.
En la aldea se llora amargamente por quienes partieron buscando mejor destino, mientras que con firmeza piden al alcalde que –de una vez– ejerza su autoridad sin intermediarios.
Aclaran que no es la intención del alcalde, por el momento, extender la regla del olvido absoluto a funcionarios y asesores.
* Médico

